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Encíclicas del Beato Juan Pablo II: Fides et ratio

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Las relaciones entre Fe y la Razón han sido, para algunos, muy controvertidas. Tanto lo han sido que hay pensadores que creen que es imposible que pueda haberlas entre las mismas y tienen por bueno y verdad que nunca podrá haberlas.  ELEUTERIO

El Beato Juan Pablo II sabía que eso no era así. Lo demostró cuando dio a la luz pública, un 14 de septiembre de 1998 su carta Encíclica “Fides et Ratio” que responde, precisamente, al hecho de que Fe y Razón no son enemigos irreconciliables sino todo lo contrario: del todo conciliables sin ser contrarios.

El número 5 de Fides et Ratio (FR) dice esto:

“La Iglesia, por su parte, aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la existencia personal. Ella ve en la filosofía el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen.”

Por lo tanto, todas aquellas prevenciones acerca de lo que la Iglesia católica cree acerca de la razón deberían caer por su propio peso. Atribuye a la filosofía la posibilidad, al menos el intento, de conocer lo que es fundamental para la vida del propio ser humano. Es más, no sólo así lo entiende y cree sino que tiene por verdad que la filosofía es esencial para conocer mejor el Evangelio.

Sin embargo, con el paso de los siglos y, sobre todo, a partir de la llamada “Ilustración” se ha producido un alejamiento entre la Fe y la Razón. Así, “En el ámbito de la investigación científica se ha ido imponiendo una mentalidad positivista que, no sólo se ha alejado de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, ha olvidado toda relación con la visión metafísica y moral. Consecuencia de esto es que algunos científicos, carentes de toda referencia ética, tienen el peligro de no poner ya en el centro de su interés la persona y la globalidad de su vida. Más aún, algunos de ellos, conscientes de las potencialidades inherentes al progreso técnico, parece que ceden, no sólo a la lógica del mercado, sino también a la tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo. (FR 45).

Por lo tanto, en tanto en cuanto se ha posibilitado una separación entre Fe y Razón porque aquellas personas que han decantado su pensamiento, en exclusiva, hacia un pensamiento científico sin dar cabida a la creencia, se ha ido abriendo una brecha cada vez mayor entre una y otra. Sin embargo, para la Esposa de Cristo y, más aún, para el Beato Juan Pablo II, tal separación no es ni entendible ni defendible. Por eso dice “Deseo reafirmar decididamente que el estudio de la filosofía tiene un carácter fundamental e imprescindible en la estructura de los estudios teológicos y en la formación de los candidatos al sacerdocio. No es casual que el curriculum de los estudios teológicos vaya precedido por un período de tiempo en el cual está previsto una especial dedicación al estudio de la filosofía”  (FR 62).

En realidad, la Iglesia católica ha entendido siempre que razón y fe no son, sino, realidades de una mayor que es Dios y, por eso mismo ha procurado que el conocimiento de la filosofía no decayera en aquellos ámbitos donde han de formarse los pastores que llevan a la grey de Dios hacia su definitivo Reino. Aunque esto no quiere decir que haya habido sometimiento de la Fe a la Razón porque “Para estar en consonancia con la palabra de Dios es necesario, ante todo, que la filosofía encuentre de nuevo su dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último y global de la vida. Esta primera exigencia, pensándolo bien, es para la filosofía un estímulo utilísimo para adecuarse a su misma naturaleza. En efecto, haciéndolo así, la filosofía no sólo será la instancia crítica decisiva que señala a las diversas ramas del saber científico su fundamento y su límite, sino que se pondrá también como última instancia de unificación del saber y del obrar humano, impulsándolos a avanzar hacia un objetivo y un sentido definitivos” (FR, 81)

Cabe, pues, que la filosofía encuentre, por si lo ha perdido, el sentido primordial de su propio ser y que no es otro que abarcar, en su conocimiento, a todo el ser humano que tiene, como sabemos, una dimensión espiritual sin la cual no puede considerarse perfectamente humano al estar formado por cuerpo y alma.

Por otra parte, el Beato Juan Pablo II sabía que hay muchos, digamos, sectores implicados en la relación entre Fe y Razón. Por eso pedía, con carácter general después de dirigirse, por ejemplo,  a filósofos o a  científicos, diciendo que pedía “A todos que fijen su atención en el hombre, que Cristo salvó en el misterio de su amor, y en su permanente búsqueda de verdad y de sentido. Diversos sistemas filosóficos, engañándolo, lo han convencido de que es dueño absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en esto. Sólo la opción de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será determinante para su realización. Solamente en este horizonte de la verdad comprenderá la realización plena de su libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí mismo” (FR 107).

Queda, seguramente, un camino largo por recorrer para que las relaciones entre la Fe y la Razón sean, como tienen que ser, sencillas por necesarias.