La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Jesucristo, sacrificio de propiciación

Miguel Ángel Ortega. Profesor de Biología y Matemáticas. –San Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos 3, 23 ss: “Todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación”.

Nos recuerda el Papa emérito, Benedicto XVI, en el segundo tomo de su obra Jesús de Nazaret: “Hilasterion, término griego para designar la expresión sacrificio de propiciación, era el nombre de la cubierta del Arca de la Alianza. En el día de la Expiación- Yom Hakkippurim- este lugar sagrado era rociado con la sangre del novillo inmolado como víctima de expiación, cuya vida se ofrece así a Dios en lugar de la de los hombres pecadores merecedores de la muerte”.

Sigue comentando el gran teólogo Ratzinger: “la idea de fondo es que la sangre del sacrificio, en la que han sido puestos todos los pecados de los hombres, es purificada al tocar la divinidad misma y, así, mediante el contacto con Dios, también los hombres, representados por esta sangre, vuelven a ser puros”.

Detallando la insuficiencia de este concepto (aunque forme parte de la gran pedagogía divina de la Historia de la Salvación), nuestro querido Papa emérito recordaba: “Si Pablo aplica la palabra Hilasterion a Jesús, designándolo de la misma manera que la cubierta del Arca de la Alianza, y por tanto como el lugar de la presencia del Dios vivo, entonces la teología veterotestamentaria del culto queda “abolida”, y elevada al mismo tiempo a una altura totalmente nueva. Jesús mismo es la presencia del Dios vivo. En Él, Dios y el hombre, Dios y el mundo están en contacto. En Él se cumple lo que el rito del Día de la Expiación quería expresar: en la entrega de sí mismo en la cruz, Jesús deposita, por decirlo así, todo el pecado del mundo en el amor de Dios, y en él lo limpia. Unirse a la cruz, entrar en comunión con Cristo, significa entrar en el ámbito de la transformación y la expiación”.

Y es en esta última palabra del “Mozart de la teología” sobre la que quiero hacer humildemente una aportación a modo de reflexión: en la medida en que yo asuma la cruz de los acontecimientos dolorosos de mi vida me crucifico con Cristo y entro en plena comunión con Él. De alguna forma colaboro misteriosamente, por pura Gracia suya, en la expiación de un pequeño trocito del proceloso mal del mundo.

Completo en mí la pasión del Señor Jesucristo. Humildemente participo en la Redención por pura Gracia, porque esa Salvación solo puede ser actualizada por su agente verdadero y único: Cristo mismo, en comunión intratrinitaria con el Padre y el Espíritu. Muchos dones nos regala El Señor y no es éste el menor de ellos. No, no caerán en saco roto nuestros padecimientos a condición de que los pongamos en el altar de su Divina Misericordia.

Y hay una forma de recorrer este camino aún más rápido: hacer esa ofrenda de nuestra vida en, con, para y por nuestra Madre, la Santísima Virgen María. Porque ella es molde de las gracias divinas: nos entregó al Dios hecho hombre en el misterio de la Encarnación haciendo de su cuerpo el Arca de la Nueva Alianza. Mediante ella, y sin menoscabo de la plena comunión con su Hijo, ofreceremos con inmenso fruto nuestras cruces por la victoria definitiva del Reino.