La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Orar la semana Santa (y IV)

Julia MerodioPor Julia Merodio, escritora.-

“Si ciegos al mirar, mis ojos no te ven,

 yo creo en Ti, Señor: Sostén mi fe”

 

Sábado Santo, Día de Callar.- Hemos llegado al Sábado Santo. Un día reservado al silencio:

  • Silencio de Dios.
  • Silencio de la Iglesia.
  • Silencio de la persona.

Día de callar y enmudecer; día de velar, de permanecer; día de oración, junto al sepulcro; día de meditación, de contemplación, de recogimiento.

Una jornada en la que, por nuestra cabeza y nuestro corazón han de recorrer la plegaria con los Salmos, oración utilizada por Jesús con asiduidad.

El ellos hallaremos esa fuerza de Dios, que llega en la hora del dolor, de la decepción, de la duda… en la hora de la muerte.

Como el salmista nosotros, también meteremos prisa a Dios: “Date prisa en socorrernos” necesitamos salir de esta situación a la que no vemos salida.

¡Son ya demasiados, sábados Santos, en nuestra vida humana! ¡Demasiados silencios, demasiadas esperas!

Y es que, cuando Dios calla, la persona se desinstala. Nuestro mundo no quiere saber estas cosas, parece que no le interesa lo del silencio de Dios, o lo que es peor prefiere que esté callado; él vive de espaldas a Él, quiere ir lejos de su presencia y solamente tenemos que echar un vistazo a nuestro derredor para contemplarlo.

La gente se ha ido de vacaciones y hoy es un día para “vivir a tope” pues tienen que apurar el poco tiempo que ya les queda de descanso. Tienen que vivir a tope, divertirse, comer… y guardar, esos “retazos de felicidad” para cuando vuelvan mañana a fin de empezar el lunes la vida cotidiana.

Estaba claro ¿para qué necesitaban a Dios? Para nada. Han vuelto como todos los demás.  Sin embargo ellos saben mejor que nadie, las veces que han tenido que tapar la boca a Dios, porque en su interior algo les interrogaba insistentemente.

Y han tenido que tapar a Dios la boca, porque su palabra: interpela, denuncia y compromete ¡Cuánto hubiesen dado porque Jesús se hubiera estado calladito en la Cruz! Sus palabras se meten demasiado dentro, llegan al corazón y eso el algo peligroso para los que no quieren ser interpelados, salvo por su “propios dioses”

Creo que esta situación no es de unos pocos; todos hemos pasado por ella de alguna manera. ¿Quién no se ha sentido olvidado por los demás, traicionado, vendido…? Por eso en este silencio que regenera diremos, desde lo profundo del corazón y de manera personal:

Señor:      

Ten piedad, compadécete de mí Señor, recibe mis lágrimas porque estoy abatido y mi alma se ha llenado de angustia. Nadie me toma en cuenta. Soy como algo sin valor.

Creía que tenía amigos y ahora me encuentro solo. Tan sólo me quedas Tú, Señor. Pero yo confío en Ti y te amo.

En tus manos pongo mi destino, mi vida, mi forma de conducirme porque creo en tu bondad y en tu misericordia.

Me has brindado tu perdón y al sentirme regenerado mi corazón ha saltado de gozo.

Gracias por alentar mi vida aún en las horas más amargas y duras.

Sigamos en oración. Acompañemos a la Madre en este día, de soledad fecunda. ¿Qué sentiría María en aquel momento?

Ella entendía mejor que nadie que este día de espera, no era un día de silencio vano, sino lleno de sentido, de admiración y asombro. Un silencio, contemplativo.

Sigue en oración. Acojamos nuestro propio silencio, valorémoslo y sigamos acompañando a María en su soledad, diciéndole desde lo profundo del corazón:

  • Madre quiero esperar contigo el momento de la Resurrección.
  • Quiero vivir a tu lado ese momento, en que despuntando el Alba, nos abra a la Vida plena.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN.- Día de GOZAR

 “Día feliz veré, creyendo en Ti,

en que yo habitaré, cerca de Ti.

Mi voz alabará, tu santo nombre allí,                                   

y mi alma gozará cerca de Ti”

Hemos llegado al momento, en que nuestra oración toma un giro sorprendente.  La Pasión de Cristo, que a veces, nos repele; porque, seguimos anclados en el primer Viernes Santo y la contemplamos: como destrucción y como desmoronamiento, por medio de la Resurrección pasa a ser revelación y afirmación del amor. Porque:

Resucitar es, dejarnos encontrar por el Señor para que marque nuestra vida.

Es caminar en la luz, en el encuentro, en la alegría, en  el gozo.

El que Jesús haya resucitado nos invita a recorrer un camino glorioso donde el gozo se hace presente. Nos lo demuestra esa mujer que ha ido, al encuentro de Jesús.

Poco antes de su muerte, ella, lo sorprendió en una comida en casa de Simón. Irrumpió en la sala y, ante el asombro de los comensales, bañó con perfume los pies del Maestro y los secó con sus cabellos. Es María, una pecadora conocida por todos y de cuya acción han quedado sorprendidos.

Pero el encuentro con Jesús, tras la Resurrección, la ha transformado. Ha aprendido muy de cerca que Jesús comprende como nadie. Ella ha experimentado que el amor de Cristo siempre restaura, siempre salva.

Por eso no puede quedarse encerrada con los discípulos cuando descubre que ha perdido lo único que le importaba en su vida.

De ahí que salga en la noche a buscar lo único que le importa. Vive sumida, en la noche del alma, esa noche profunda en la que entramos cuando vemos que ya nada tiene sentido.

Pero ella es valiente, va al sepulcro, a buscar un cadáver, un cadáver que la ha sumergido en un profundo hundimiento. Sus ojos cegados por las lágrimas, no son capaces de dejarle ver la realidad.

Llega, a la sepultura y se encuentra, no con un muerto, sino con una persona viva, que le dice: ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? Su dolor le impide tomar contacto con la realidad.

Es lo mismo que nos pasa a nosotros ¡Cuánta tiniebla nos inunda! ¡Qué falta de confianza engendra el mundo de hoy!

Estamos en un día en el que la angustia ha sido desterrada. Por eso viajemos a nuestro fondo, entremos dentro de nosotros mismos, rastreemos en nuestro corazón.

Después, dejemos que sea Jesús el que nos pregunte:

  • ¿Por qué lloras?
  • ¿A quién buscas?
  • ¿Qué te impide vivir en el gozo?

Respondamos a las preguntas durante el tiempo que sea necesario. Esperemos, hasta que sea Jesús, el que vaya respondiendo por nosotros. Luego acerquémonos a Él, y dejémosle enjugar nuestro llanto, dejémosle que nos ayude a buscar en la noche eso que tanto necesitamos y que nos hace vagar inquietos sin encontrarlo.

Pídele al Señor:

  • Que te ayude a resucitar con Él.
  • Que te ayude a salir de la noche
  • Que te libre de pasarte la vida buscando un cadáver.
  • Y que te dé fuerza para apartarte de las utopías y vivir la realidad de la Vida.

   ¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!