La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Orar la Semana Santa (I)

 Julia MerodioPor Julia Merodio, escritora.-

 

Domingo de Ramos.- Comienza la semana grande del año, comienza: La Semana Santa con la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, el único triunfo que Jesús se permitió en su vida. Todos estamos llamados a recorrer nuestro camino en la vida. Es el signo de la naturaleza humana. Un camino que emprendemos el día de nuestro nacimiento y por el que necesitaremos transitar hasta el final. Un camino con sus avatares, sus encrucijadas y sus interrogantes y que, en la Sagrada Escritura, tiene su propio significado. En ella vemos el camino como lugar espiritual, en el que Dios acompaña al ser humano para liberarlo de las dificultades que se presentan. Es más, el camino tiene todavía un significado más profundo que Jesús no duda en proponerlo:: Yo soy el Camino.

La entrada, de Jesús en Jerusalén, fue un día grande en su vida. Jesús es alabado, enaltecido, glorificado… Posiblemente no fuera demasiadas las personas que lo aclamasen, pero ahí estaban los que para ellos significaba mucho en sus vidas. Tampoco el número debió extrañarle mucho a Jesús, Él mismo había dicho “muchos son los llamados y pocos los escogidos…”

Posiblemente, el hecho resulte distinto para los que medimos con mente humana; para nosotros estarían junto a Jesús en aquella subida, “los buenos” para Dios estaban, los que él había dado su gracia para poder estar.

Acabamos de recibir la primera lección necesaria: Dios elige por puro don, ayuda a responder por puro don. Todo es gracia y por lo tanto, también la Semana Santa es una gracia, un don que Dios nos regala un año más. Unos la acogerán, otros no. Y nosotros:

  • ¿La acogeremos?
  • ¿Cómo pensamos vivirla?
  • ¿Será de verdad santa, toda la semana?

EMPEZAMOS A CAMINAR

Mi propuesta para este año es la de orar la semana Santa con las llagas de Jesús. Pero sin olvidar esas llagas visibles y esas invisibles; esas perceptibles y esas imperceptibles… que acompañan nuestra vida y la de nuestros hermanos.

Como os decía al comienzo, las llagas de Cristo no son para recordarlas en una determinada época, olvidándolas el resto del año; las llagas de Cristo hemos de recordarlas siempre, porque como las nuestras, no aparecen y desaparecen, ellas permanecen. Es más, puede ser que en la llaga se haya calmado el dolor; puede ser que el daño haya sido sanado; incluso han podido cerrarse y sellarse… pero la cicatriz permanecerá siempre. Y ahí están; delatando en sus cicatrices: nuestro desamor, nuestra superficialidad y nuestro egoísmo.

Solamente tenemos que mirar a la Cruz para ver a Jesús clavado, retorciéndose de dolor y sin poder moverse… ¡Es tan grande y tan pesado el madero! Necesariamente tenía que ser así si tenía que aguantar el peso de un joven de 33 años.

 Lunes Santo. Día de Estar. Jesús está clavado en la Cruz. También nosotros estamos clavados a  nuestras cruces: grandes, pequeñas; pesadas, triviales; visibles, invisibles; cruces que nos vienen y cruces que nos buscamos… Cruces, cruces… Acaba de aparecer el Sacramento del Estar.

En las cruces, siempre hay que estar. Nadie puede deshacerse de una cruz cuando quiere y como quiere; y más, si en ella lo han clavado con clavos de grandes dimensiones. ¡Cuánto daríamos por bajarnos de nuestras cruces! Sin embargo las personas grandes, las que tienen el corazón magnánimo ellas, no bajan, ellas están, ellas permanecen… ¿No os acordáis de, esas palabras de, nuestro querido Juan Pablo II? Dijo para que todos lo oyesen: “Si Él no bajó de la Cruz, ¡Cómo voy a bajarme yo!”

A cualquier vida humana llegan situaciones donde se nos pide estar, ayudar, socorrer, arrimar el hombro, resistir, acoger el sufrimiento… y estar, donde hay que estar, sin desfallecer. Ofrecer nuestras manos, nuestros pies y utilizarlos a favor de los demás.

Pero resulta significativo que, eso que parece tan sencillo y que hizo, Jesús, con tanta normalidad, fuese precisamente, lo que exasperó a los que eran incapaces de hacerlo.

Sin embargo, hallaron una fácil solución: clavarlo en una Cruz. Y no dejaron las cosas a la improvisación, se cercioraron muy a fondo para realizarlo bien, a conciencia… no podían permitirse fallos y buscaron los clavos más grandes y más fuertes que había en el lugar. El trabajo fue satisfactorio; al clavar la mano de Jesús y ver el resultado, quedaron tranquilos, esa mano ya no sería productiva.

Esto es lo que vamos a interiorizar en nuestra oración de hoy. A ella va a ir dirigida nuestra mirada. Vamos a fijarnos en:

El triunfo ya estaba logrado y tu mano inutilizada. Tras ser atravesada por aquel enorme clavo ya no podrías bendecir, ni socorrer, ni curar, ni ayudar, ni acercarnos al Padre… Ahora ya harías bastante con utilizarla para sostener el peso de tu cuerpo, aguantar el dolor y desangrarte por ese enorme agujero.

¡Qué poco te conocían! ¡Qué poco sabían de Ti! Ellos eran incapaces de pensar, que Tú seguirías descolgando tu mano para ayudar a cuantos llegasen a Ti, cansados y agobiados.

Todos tenemos experiencia de ello. ¿Quién no ha sentido alguna vez, en su vida, la mano llagada de Cristo, acariciando su alma? Esa mano que se mete en los rincones más escondidos del corazón. Allá donde hay un ser humano sufriendo, muriendo, soportando, aguantando… ¿Quién no se ha tropezado en aquel túnel oscuro y tenebroso, por el que estaba pasando, la mano de Cristo que como una ráfaga de luz le ha mostrado la salida?

Pero también hemos de saber que Jesús necesita otras manos para sustituir a la suya clavada. Necesita nuestras manos, para que hagan los trabajos que hacían las suyas.

Jesús nos pide hoy que aprendamos a ESTAR, a estar allá donde alguien reclame nuestro servicio. Y ¿Dónde necesitamos nosotros estar en este Lunes Santo?

  • Quizá tengamos que estar con nuestros hijos, que por tener vacaciones se van a quedar solos en casa. Quizá tengan la suficiente edad para creer que no nos necesitan, pero nosotros sabemos que aunque no hagamos nada necesitamos ESTAR, necesitamos que sientan nuestra presencia, que nos sientan a su lado.
  • Quizá tengamos que ir a ver a nuestros padres ancianos, a los que hace tiempo que no hemos visitado. Puede ser que todavía se valgan por sí solos, pero necesitamos ESTAR regalarles nuestra presencia y mostrarles nuestro amor.
  • Tal vez tengamos que ESTAR en ese hospital donde nos están tratando; o visitando a ese paciente que no tiene a nadie que se ocupe de él; o conversando con ese que, lleva un fardo pesado a la espalda, sin que nadie le ayude a llevarlo.
  • Quizá podamos ir a regalar nuestro tiempo a esa asociación que ayuda a los desfavorecidos y ESTAR para que se sientan tenidos en cuenta, acogidos, dignificados…

Después de haber orado con La Llaga de la Mano Derecha de Jesús, sólo nos queda caer de rodillas para decirle:

Señor:

Aquí tienes mis manos. Te las ofrezco para: ayudar, para servir, para compartir, para levantar al caído… para hacer esas funciones que la tuya no puede hacer.

Quiero, Señor, que cuando llegue a tu presencia, mis manos no estén solamente limpias, sino también llenas, llenas de prestar servicios a los demás, como estaban las tuyas cuando las clavaron.

Y, así, en este silencio volvamos a mirar la mano derecha de Cristo, clavada en la Cruz. Miremos la llaga que ha quedado, miremos la misericordia que, mezclada con sangre, se derrama por ella.

Luego, sin perder el clima de oración, miremos nuestra mano derecha y demos a Dios gracias por ella, quizá nunca nos hayamos parado a ver el don tan grande que Dios nos hizo al regalárnosla.

Para terminar podemos orar con la lectura que nos ofrece la liturgia, tomada del Profeta Isaías: 42, 1 – 7

 Martes Santo. Día de Ser.- Estoy segura que todos sabéis que el Martes Santo es el día en que se suele celebrar la Misa Crismal, un acontecimiento al que no se suele dar demasiada propaganda, pero de la que todo el mundo debería conocer el valor que encierra.

La eucaristía, oficiada por el Sr. Obispo, reúne a todos los sacerdotes de la diócesis, o del arciprestazgo, o de la orden religiosa… para bendecir en ella, los santos óleos que se utilizarán durante todo el año siguiente para la administración de los Sacramentos.

Los sacerdotes, asistentes a ella, llevan un recipiente donde recogen la cantidad que van a necesitar y ese óleo sellará los Sacramentos que en la parroquia se impartan en ese periodo de tiempo.

Ciertamente es una Eucaristía abierta, a cuantos quieren compartirla, y que merece la pena celebrarla y compartirla porque deja una huella significativa en el alma.

Ese santo crisma, por el que todos hemos sido ungidos, es el que nos ayuda a SER:

  • Cristianos.
  • Creyentes.
  • Seguidores de Cristo.
  • Adoradores…. (Cada uno conocerá su situación concreta)

Por eso este día, de martes Santo, va a tener para nosotros dos connotaciones importantes:

  • Día de Ser: Seguidores y apóstoles ungidos por el Óleo Santo.
  • Y Día de orar, fijándonos en:

Evidentemente, todo sabemos que Jesús tenía “mano izquierda” y que la uso con demasiada frecuencia.

Pero no la usó, precisamente para evitar que lo crucificasen, ni para salvarse de la Cruz. Jesús uso la mano izquierda para perdonar, para defender a la adúltera, para hacer bajar a Zaqueo de aquel árbol, donde se había subido, para poner en pie al mendigo del camino, para sanar al paralítico de la camilla… para salvar, a unos y otros, de tantas situaciones incómodas como se les iban presentando en la vida, logrando sacarlos de la rebeldía y la desesperación, que producen esas realidades duras que te dejan tambaleando.

Pero, a muchos de sus conciudadanos, no les gustaba demasiado la mano izquierda de Dios, por lo que deciden aferrarla al madero, lo mismo que habían hecho con la derecha.

La Mano Izquierda de Jesús quedó sujeta sin más paliativos a ese madero que tenían preparado.

Los descomunales golpes, para introducir el enorme clavo, perforaban el alma de los allí presentes sin poderlo evitar. En aquellos golpes estaban significados tantos desamores como se van sucediendo en nuestra vida, en nuestro entorno, en nuestra ambiente, en nuestra manera de vivir…

Por eso, hoy, día de martes Santo, vamos a mirar, la mano izquierda de Jesús, clavada en la Cruz. Vamos a poner en ella nuestros rencores, nuestras aversiones, nuestras hostilidades… Hagámoslo despacio, viendo rostros, pronunciando nombres… Sacando de dentro lo que nos daña.

Después quedemos en silencio y vayamos comprobando que, cuando ponemos en manos del Señor todos esos desajustes que nos habitan, notamos brillar en nuestro corazón la gracia de su acogida.

Pero Jesús sabe, mejor que nadie, que también hay mucho bueno dentro de cada uno de nosotros, lo que pasa es que cuando menos lo esperamos somos capaces de estropearlo debido a nuestra fragilidad, nuestras deficiencias y nuestra inconstancia.

Por eso, así, de manera orante, en este día que hemos elegido como día de SER, vamos a observar ante el Señor, si:

  • Somos capaces de afrontar nuestra realidad haciéndola fecunda. Observando si, eso que parecía negativo, nos ha ido servido para trabajar nuestra debilidad y eso que veíamos positivo nos ha ayudado a crecer más en cercanía al Señor.
  • Tomando conciencia de que, eso que nos revuelve por dentro y nos deja anclado en la negatividad, no puede adueñarse de nosotros. Nuestro ser ha de abrirse a la gracia de la acogida que nos devuelve al amor redentor; ese amor que fortifica todo nuestro SER.

Después, mirando el dolor que produce, sentir la mano clavada de Jesús, pidamos por todos aquellos que tienen clavadas sus manos y no pueden hacer nada, porque alguien les ha quitado la dignidad, los bienes, la ayuda… todo eso que les corresponde como hijos de Dios.

Sentiremos dolor porque nosotros también tenemos parte en todos esos dolores, de una forma o de otra, y pondremos junto al Señor nuestra cobardía y nuestro miedo a la hora de entregarnos del todo.

Pidiéndole, de manera especial, que su Mano Izquierda nos devuelva la dignidad y nos ayude a madurar nuestro SER. Terminando nuestra oración, con la lectura que nos ofrece la liturgia, tomada del Salmo 70:

A Ti, Señor, me acojo; no quede defraudado para siempre;

       Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo”