La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La grandeza de la humildad

César Valdeolmillos. Periodista.-  

“Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder y pude ver sus miserias.

 Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas”

Eva Perón

Presidenta de Argentina

 

 

Hace años que, al observar el olvido en que estaban cayendo nuestras raíces cristianas, nuestro vivir de espaldas a la fe y consecuentemente la creciente secularización de Europa, dije que llegaría el momento en el que, aquellos a los que fuimos a evangelizar hace 500 años, habrían de venir a evangelizarnos a nosotros. No me equivoqué en mis previsiones. Como vanguardia y ante la crisis de vocaciones religiosas imperante en el viejo continente, habíamos visto ya en las calles de nuestras ciudades, las caras de un gran número de religiosas y sacerdotes procedentes de Hispanoamérica. Ahora ese proceso, ha adquirido carácter institucional, con la elección del cardenal arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, como obispo de Roma y Papa del mundo católico. El camino ha sido largo, pero esperanzador. En la Historia de la Iglesia, han transcurrido más de 500 años para que la silla de Pedro sea ocupada por un Papa del nuevo continente. Con sencillez, el Papa Francisco, sobre la reciente elección del sucesor de Pedro, dijo: “Mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo”.  cesar_valdeolmillos

Era urgente y así lo había advertido Benedicto XVI, que la Iglesia trabajase para recuperar el terreno perdido y volver a conectar con la sociedad.

El reto es muy amplio y afecta a ámbitos tan diversos como la familia, la política, el mundo del trabajo, la educación, las finanzas, los medios de comunicación o la conciencia social e individual de ser católicos. El Papa Francisco tendrá que seguir remando en esa dirección; volver a hacer accesible la fe y demostrar que el reconocimiento de nuestra afirmación religiosa, no está reñida con la razón.

El nombre que adopta un Papa electo, tiene una profunda significación. Jorge Mario Bergoglio, adoptó simplemente el nombre de Francisco, en memoria de San Francisco de Asís. Siempre fue un sacerdote jesuita con alma franciscana. La decisión que tomó al adoptar su nombre, nos proporcionaba las claves de cuales iban a ser las señas de identidad de su pontificado. La humildad, la sencillez y la austeridad, en clara adopción de lo que hace 2000 años nos dijo Aquel al que estaba sucediendo. “Vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.”

Las emocionantes imágenes que el mundo ha contemplado en las que aparecen dos Papas juntos fundidos en un fraternal y cariñoso abrazo, profesándose un mutuo respeto, son el símbolo de una iglesia viva, que nacida del amor y la humildad, mira con esperanza hacia el futuro.

Respeto demostrado por Benedicto XVI al ceder al Papa Francisco el reclinatorio preferente para orar en la capilla de Castelgandolfo, correspondido con la humildad de un “somos hermanos”, para rezar juntos por los problemas de la Iglesia y del mundo.

Respeto y humildad mutuos, manifestado en el sillón reservado para el Papa Francisco en la biblioteca en la que habrían de conversar en estricta confidencialidad, que este cedió a su antecesor.

Al contrario que cualquier politicastro del tres al cuarto, que lo primero que hace es subirse al coche de alta gama, el Papa Francisco se negó a utilizar el automóvil del Santo Padre y se subió a un microbús, al día siguiente de su elección.

Al contrario que cualquier politicastro del tres al cuarto, que lo primero que busca es la notoriedad, la exhibición, el aplauso y la fotografía, Benedicto XVI vive en Castelgandolfo oculto para el mundo y el Papa Francisco, hizo su primera salida fuera del Vaticano, para ir a rezar a la basílica de Santa María la Mayor, a las ocho de la mañana, utilizando un Volkswagen negro de la Gendarmería vaticana en lugar del coche oficial y entró en ella por una puerta secundaria para no llamar la atención.

Al contrario que cualquier politicastro del tres al cuarto, que lo primero que hubiera hecho es mandar al conductor a recoger el equipaje, el Papa lo hizo personalmente y él mismo fue a la oficina de administración de la Casa del Clero, a pagar su factura. Todo un mensaje de humildad sobre el modo de comportarse y un ejemplo a seguir por eclesiásticos de todo el mundo y por quienes ostentan el poder terrenal.

La mayor parte de la gente no podía imaginar que el nuevo Papa estaba moviéndose en medio del tráfico de Roma, como un ciudadano cualquiera.

Mientras que Francisco había dado instrucciones concretas para que la Misa de Inicio de su Pontificado fuese lo más austera y sencilla posible, muchos de los mandatarios presentes en tan solemne acto, hacían gala de la ostentación que mostraban sus aparatosos uniformes, con sus charreteras, sus entorchados, sus bandas, sus medallas y condecoraciones, en un impúdico alarde de infantil egolatría y arrogancia terrenal. ¡Cómo si el hábito hiciese al monje!

Me pregunto ¿Qué pensaría el Papa de tan obscena provocación para aquellos que a diario mueren por hambre y por sed, por falta de médicos y medicinas? ¿Para los que son explotados en el trabajo o sexualmente desde su infancia? ¿Para los que aún continúan siendo esclavos de los poderosos? ¿Para los que han perdido toda esperanza de encontrar un trabajo? ¿Para los que se han quedado sin techo que los cobije? ¿Para los que están pagando los ajustes de esta crisis que han causado los despilfarros, las fechorías y los latrocinios de esos enanos de la política que hacen agresiva exhibición de tal pompa y magnificencia?

De aquella estúpida muestra de engreimiento ¿Qué pensaría aquel que cuando Juan Pablo II lo nombró cardenal, en vez de comprarse una nueva vestimenta, como suele ser habitual en estos casos, ordenó arreglar la que usaba su antecesor?

De aquel impertinente escaparate de superflua pomposidad ¿Qué pensaría aquel que, en la medida de lo posible, prefería siempre vestir la raída sotana negra de sacerdote o el arrugado abrigo negro de su antecesor que le había arreglado en Buenos Aires una modista gruñona, en lugar de mostrar la púrpura de cardenal?

Sin embargo esa modestia, esa humildad, no fue obstáculo para que en el transcurso de una homilía, mirase de frente a los ojos del Presidente de Argentina y le dijese sin pestañear, que la pobreza es una inmoralidad.

El afecto y la dedicación que el Papa Francisco profesa a los desfavorecidos, se transforma en valerosa energía para intercambiar mensajes muy duros con el Gobierno, denunciando el ataque que a la familia supone el matrimonio entre personas del mismo sexo, la pobreza y el aborto, o dar a conocer una carta de repudio en la que afirme que la intención del gobierno de Kirchner con proyectos de Ley de esta índole, no se enmarca en el contexto de «una simple lucha política; sino que son la pretensión destructiva al plan de Dios» al atacar con ellos  «el bien inalterable del matrimonio y la familia».

Al contrario que la generalidad de los iletrados que rigen los destinos del mundo, que se inflan como pavos reales cuando hablan sin escuchar y solo son capaces de emitir afirmaciones que son una ofensa al buen juicio y sentido común de los mortales, el Papa Francisco, es «una persona silenciosa, que escucha el doble de lo que habla y percibe mucho más de lo que escucha».

Con la llegada a la silla de Pedro de este párroco de los que no cuentan para los suficientes, se podría decir que el anuncio ritual de «Habemus Papam!», una antigua palabra egipcia que significa «padre», es hoy más cierto que nunca.