La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Domingo de Ramos

Pedro Luis Llera. Profesor de lengua y literatura española en el Colegio CEU San Pablo de Murcia.- , Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor». (Flp. 2)  pedroluisllera

 

¡Qué poca gente se arrodilla ya ante el Altísimo en el momento de la consagración! ¡Qué falta de fe! Que Dios nos perdone. El Señor se hace presente en el pan y en el vino consagrados por el sacerdote y ¡Cuánta gente se queda de pie y tan alegres! ¿No se dan cuenta de que ahí está presente en cuerpo, alma y divinidad nuestro Señor Jesucristo? ¿Es que no lo ven?

Es verdad: muchos no pueden verlo porque les faltan los ojos de la fe. Pero está ahí: lo podemos ver y tocar. Se nos entrega como alimento para la vida eterna, porque Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el único que puede limpiarnos de nuestros pecados y salvarnos. Y ello, no por nuestros merecimientos, sino por puro amor, porque el Señor nos ama y murió en la cruz para librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.

Si la gente que no va a misa pudiera ver al Señor realmente presente en la Eucaristía… Si los descreídos pudieran contemplar el milagro que acontece en  cada misa… El mismo Dios que creó cuanto existe; el mismo Señor que nos ha dado la vida y nos la sigue dando a cada instante; el principio y el fin del Universo, de la Historia, de mi propia vida; el mismo Jesús de Nazaret que predicó y pateó Palestina; el mismo que murió crucificado; el mismo que resucitó y vive para siempre a la derecha del Padre: ese es quien se nos hace presente en la misa para llenarnos de amor, de esperanza y de fe; para curar nuestra heridas y para regalarnos su divina presencia, anticipo de la contemplación de su gloria en la patria celestial.

Algunos se quejan de los curas: de si hablan bien o si predican mal… ¿Qué importa? Lo importante es que las manos consagradas de los sacerdotes nos hacen presentes a nuestro Salvador y Señor, al Rey de la Gloria. ¡Benditas las manos que nos acercan al Señor y nos alimentan con semejante manjar celestial!

Pero el mundo no quiere saber nada de Cristo. Vivimos la clamorosa apostasía de una España enferma de hedonismo nihilista y de relativismo agudo. España ha vendido su alma al diablo del liberalismo materialista. Dios no existe y si existe, podemos prescindir de él. Vivamos como si Dios no existiera (y si existe, ¿a quién le importa?). Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Disfrutemos de la vida, que pronto seremos pasto de los gusanos. La felicidad son la vacaciones, el turismo, los coches, las casas, las juergas, las macro-fiestas, el botellón, las drogas. “El hombre está por encima del bien y del mal”. “Dios ha muerto”. Por lo tanto, el único dios en el que cree Occidente es Dionisos. Vivimos en unas sociedades decadentes, donde todo vicio tiene su apologeta y su cohorte de sacerdotes con su masa de incondicionales discípulos. ¿Y las virtudes? ¿Qué es eso de “las virtudes”? Seguramente algo de curas que nos quieren amargar la vida con sus prohibiciones y sus infiernos. “El infierno” nos existe (“y si existe, estará vacío”, dijo no sé quién).

Y luego nos extraña que la primera causa de muerte no natural en España sea el suicidio. O de que seamos el primer país consumidor de cocaína del mundo. O de que haya más de seis millones de parados. O nos llama la atención que haya tanta corrupción, tantos ladrones, tantos desalmados que violan a niños, tanta prostitución, tantas redes de pornografía infantil, tanta basura… La sociedad liberal rechaza reconocer la soberanía de Dios. La España liberal se niega a aceptar a Cristo como Rey. Es el hombre el único rey de sí mismo. Soy yo quien decido lo que está bien y lo que está mal. Y es el consenso de las mayorías el que dictamina lo que se debe hacer y lo que no. Es la mayoría la que ha rechazado los Mandamientos de la Ley de Dios. Es la mayoría la que aprueba matar a inocentes no nacidos. Es la mayoría la que ha aceptado que cualquier cosa es una familia o que una familia es cualquier cosa. Es la mayoría la que ha concluido que el amor eterno es un sueño imposible y que la solución está en el divorcio. Es la mayoría la que grita a todas horas: “¡Crucifícale, crucifícale!”.

No hay nada nuevo bajo el sol. En 1925, Pío XI lo explicaba con claridad meridiana en su Encíclica “Quas primas”:

“Mientras indagábamos las causas principales de las calamidades que oprimían y angustiaban al género humano, recordamos haber dicho claramente que tan grande inundación de males se extendía por el mundo porque la mayor parte de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su santa Ley en la práctica de su vida, en la familia y en las cosas públicas; y que no podía haber esperanza cierta de paz duradera entre los pueblos mientras que los individuos y las naciones negasen y renegasen el imperio de Cristo Salvador; que era necesario buscar la paz de Cristo en el Reino de Cristo, que no se puede tender más eficazmente a la renovación y aseguramiento de la paz que procurando la restauración del Reino de Nuestro Señor».

 

España muere porque ha renunciado a su alma. España nace para defender la cruz frente al Islam invasor y para extender la fe en el Resucitado por todo el mundo. España fue grande mientras nuestros misioneros llevaban el bautismo al Nuevo Mundo recién descubierto y mientras defendimos nuestra fe, nuestra Iglesia y a nuestro Papa frente a los herejes luteranos y calvinistas. España nació bajo el signo de la Cruz de Cristo y a los pies de Nuestra Madre Santísima, la Virgen María. Tierra de místicos y santos, nuestra misión en la Historia ha sido siempre buscar la mayor gloria de Dios anunciando el Evangelio de Jesucristo, en comunión con la Santa Madre Iglesia y con el Sucesor de Pedro. ¿Habrá mayor felicidad y mayor grandeza que ser siervos de Nuestro Señor?

Pero las ideas liberales, y más tarde las socialistas y comunistas, convencieron a los españoles de que servir a Dios era propio de esclavos. Que la libertad nos permitiría dar rienda suelta a las pasiones y a los deseos que los Mandamientos de la Ley de Dios nos prohibían. Nos convencieron de que “reprimir” los deseos carnales estaba mal y que eso eran cosas de curas oscurantistas. Que la “luz” de la razón nos traería el progreso y la felicidad y que cuando nos libráramos de las cadenas de la ignorancia y la superchería eclesial, el paraíso terrenal sería una realidad en este mundo, porque otro no existe. Nos creímos que valía todo, que ya nada era pecado y nos sentimos liberados y aliviados. Y el “Paraíso terrenal” de la diosa Razón se convirtió pronto en pesadilla. La historia del siglo XIX y del XX ya la conocen: guerras mundiales, guerras civiles, bombas atómicas, totalitarismos criminales, campos de exterminio, crisis, paro, …

 

«Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve”.

 

No habrá paz ni justicia mientras las personas y las naciones no aceptemos a Cristo como Rey. Un Rey que nos enseña que los últimos deben ser los primeros y que los gobernantes deben ser los servidores de todos; un Rey que nos enseña que su grandeza pasa por la Cruz. Su reino no es de este mundo. Pero Cristo es el único Rey ante quien debe doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos. Sólo Él tiene palabras de vida eterna. Por eso, convertíos y creed en la Buena Noticia: la dignidad del ser humano, el Amor, la Verdad, la Belleza, el Bien; nuestra felicidad pasa por reconocer y proclamar a los cuatro vientos que Jesús es el Señor; que nuestro Rey ha vencido al pecado y a la muerte y que con su sangre ha pagado nuestro rescate para la vida eterna.

¡Viva Cristo Rey!

Pedro L. Llera