La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El Papa Francisco pide a los jóvenes que «no se dejen robar la esperanza que nos da Jesús»

El Papa Francisco presidió ayer la Misa del Domingo de Ramos en la Plaza de San Padro. En su homilía recordó que «esta asamblea litúrgica era preludio de la Pascua del Señor, a la que nos estamos preparando con la penitencia y las obras de caridad, desde el comienzo de Cuaresma». Y añadió que «Jesús entra a Jerusalén para dar cumplimiento al misterio de su muerte y resurrección». 1_0_673973

El Santo Padre se centró en tres temas fundamentalmente: alegría – un cristiano no puede ser jamás un ser triste: la alegría nace de haber encontrado a Jesús –, cruz – es con la cruz que Dios ha vencido el mal, jóvenes – desde hace 28 años el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. «Vosotros los jóvenes tenéis una parte importante en la celebración de la fe». En sus intensas palabras, el Papa invitó también a acompañar con fe y devoción a nuestro Salvador en su entrada a la ciudad santa, pidiendo la gracia de seguirlo hasta la cruz, para ser partícipes de su resurrección.

Francisco destacó que «Jesús nos mira con la misericordia de Dios a todos nosotros, que mira nuestras enfermedades, nuestros pecados. Es grande el amor de Jesús. Y así entra a Jerusalén con este amor y nos mira a todos». «Jesús es Dios, pero se abajó a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en el camino. Y así hoy lo recibimos».

«Ésta es la primera palabra que os quisiera decir: ¡alegría!, pero nace por haber encontrado a una Persona: Jesús que está en medio de nosotros», enfatizó el Santo Padre, invitando a no desalentarse ante el mal, cuando «viene el enemigo, viene el diablo, disfrazado de ángel tantas veces e insidiosamente nos dice su palabra ¡No lo escuchéis! ¡Sigamos a Jesús!»

«¡Y por favor no os dejéis robar la esperanza! ¡No os dejéis robar la esperanza, aquella que nos da Jesús! exclamó Francisco, para poner de relieve que la gente que recibe a Jesús es gente humilde y sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más: tiene ese sentido de la fe que dice: éste es el Salvador”, recordando así lo que Benedicto XVI decía a los cardenales: Ustedes son príncipes, pero de un Rey crucificado. «Ese es el trono de Jesús”.

Lamentando la sed de poder y de dinero que es fuente de tantos sufrimientos para la humanidad, Francisco recordó que el dinero nadie puede llevárselo consigo, debe dejarlo y añadió: «mi abuelita nos decía a los niños: el sudario no tiene bolsillos».

Concluyó dirigiéndose a los jóvenes, a quienes animó a decir al mundo: “¡Es bueno seguir a Jesús; es bueno caminar con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de sí mismos a las periferias del mundo y de la existencia para llevar a Jesús! Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes».

Texto completo de la homilía del Papa

1. Jesús entra en Jerusalén.
La muchedumbre de los discípulos lo acompañan festivamente, se extienden los
mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de
alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo
y gloria en lo alto» (Lc 19,38).
Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios, se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma. Éste es Jesús. Éste es su corazón que nos mira a todos nosotros, que mira nuestras enfermedades, nuestros pecados. Es grande el amor de Jesús. Y así entra a Jerusalén con este amor y nos mira a todos .
Es una bella escena, llena de luz, la luz del amor de Jesús, la de su corazón de alegría, de fiesta.

Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también
nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano,
presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano,
también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios,
pero se abajó a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que
nos ilumina en el camino. Y así hoy lo recibimos. Ésta es la primera palabra que
les quisiera decir: ¡alegría!

No sean nunca hombres, mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca se dejen vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino nace por haber encontrado a una Persona, Jesús, que está en medio de nosotros; de saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables…, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el
diablo, disfrazado de ángel tantas veces e insidiosamente nos dice su palabra
¡No lo escuchen! ¡Sigamos a Jesús!…

Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y por favor no se dejen robar la esperanza! ¡No se dejen robar la esperanza! Aquella que nos da Jesús.

2. Segunda palabra: ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver
en Jesús algo más: tiene ese sentido de la fe que dice: “éste es el Salvador”.
Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los
reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado,
insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6);
entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su
realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un
madero.

Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: ¡su trono regio es el madero de la cruz!. Pienso en lo que Benedicto XVI decía a los cardenales: Ustedes son príncipes, pero de un Rey crucificado. Ese es el trono de Jesús”. Jesús toma sobre sí…. ¿Por qué la Cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que luego nadie puede llevarse consigo, debe dejarlo. Mi abuelita nos decía a los niños: el sudario no tiene bolsillos ¡Amor al dinero, poder, corrupción, divisiones, crímenes contra la vida humana y
contra la creación! Y también – cada uno de nosotros lo sabe y lo conoce –
nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo
y a toda la creación. Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la
fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Éste es el bien
que Jesús nos hace a todos nosotros sobre el trono de la Cruz . La Cruz de
Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la
alegría de ser salvados y de hacer un poquito de lo que hizo él ese día de su
muerte.

3. Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el
Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra:
jóvenes. Queridos jóvenes, los he visto en la procesión, cuando entraban los
imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; los imagino
mientras aclaman su nombre y expresan la alegría de estar con él. Ustedes tienen
una parte importante en la celebración de la fe. Nos traen la alegría de la fe y
nos dicen que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre ¡un corazón
joven incluso a los setenta, ochenta años! ¡Corazón joven! Con Cristo el corazón
nunca envejece. Pero todos sabemos, y ustedes lo saben bien, que el Rey a quien
seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz
y que nos enseña a servir, a amar. Y ustedes no se avergüenzan de su cruz. Más
aún, la abrazan porque han comprendido que la verdadera alegría está en el don
de sí mismo, en el don de sí mismos, de salir de sí mismos y que Dios ha
triunfado sobre el mal precisamente con el amor. Llevan la cruz peregrina a
través de todos los continentes, por las vías del mundo. La llevan respondiendo
a la invitación de Jesús: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos» (Mt
28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La
llevan para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la
enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la
reconciliación y la paz. Queridos amigos, también yo me pongo en camino con
ustedes, a partir de hoy, sobre las huellas del beato Juan Pablo II y Benedicto
XVI. Ahora estamos ya cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la
cruz de Cristo. Aguardo con alegría el próximo mes de julio, en Río de Janeiro.
Les doy cita en aquella gran ciudad de Brasil. Prepárense bien, sobre todo
espiritualmente en sus comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe
para el mundo entero. Los jóvenes deben decir al mundo: “¡Es bueno seguir a
Jesús; es bueno caminar con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir
de sí mismos, de las periferias del mundo y de la existencia para llevar a
Jesús! Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes

Vivamos la alegría de caminar con Jesús, de estar con él, llevando su cruz, con amor, con un espíritu siempre joven.

Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Amén.