La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

¿De qué se ríen esos que van a la cárcel?

Manuel Cruz.- Se preguntaba un presentador de telediario por qué se reían esos personajes que la jueza Alaya -atención al significado de su apellido…- enviaba a la cárcel por su implicación en el caso del negocio de los Eres fraudulentos de Andalucía. No entendía bien nuestro buen compañero que, en realidad, esa risa era el disfraz habitual de quien ha conseguido engañar o, simplemente, desviar la atención de su secreto, a pesar de las sospechas de la magistrada les costase ir con las esposas puestas camino de prisión. Ya veremos cuánto les dura la guasa si bien, una vez perdidos, a estos personajes se les suele quedar en el rostro la huella de la desvergüenza en forma de risa burlona. “Si, si, yo iré a la cárcel pero ¿quién se ha divertido más? Que me quiten lo bailao, so salá…”

En mi tierra -también soy andaluz, qué le vamos a hacer- se suele decir que peor que un señorico de derechas es otro de izquierdas. El de derechas , es decir, el de siempre, es propietario de fincas, se pone gomina en el pelo, bebe fino y mira a los demás por encima del hombro incluso cuando se arruina; el de izquierdas nunca se sabe cómo consigue el dinero que se le supone, va con zamarra, camisa sin corbata, no se afeita, fuma como carretero y le encanta exhibirse en lugares públicos con compañías más o menos dudosas. La diferencia está en la hipocresía: al señorico de siempre no le hace falta ser hipócrita porque le basta con ser lo que es, aunque esté arruinado; el de la otra acera, el nuevo rico que no renuncia a su rojerío, tiene que aparentar que el dinero no lo ha cambiado aunque se lo gaste en copas, cocaína  y sexo de cualquier origen.

El de derechas, en fin, se tapa el rostro cuando es detenido por algún delito; el de izquierdas, ya lo ven: se ríe en las barbas de los fotógrafos como si no hubiese hecho nada o, peor aún, como si su supuesto delito estuviese plenamente justificado. Suele ocurrir, además, que el de derechas, una v ez sorprendido in fraganti, es despreciado por los de su propia clase mientras que el de izquierdas es aclamado como un héroe si alguna vez cae en manos de la Justicia.

¿Se acuerdan de Sánchez Gordillo, ese Luis Candelas del siglo XXI que un día tuvo la ocurrencia de robar en un supermercado para unos pobres que no existían? Un justiciero, ya lo vieron. Pero, en realidad ¿tiene todo esto algo de extraño? Aquí, en nuestro país, la izquierda se puede permitir cualquier atropello de la ley en la seguridad de que siempre encontrará el apoyo visible de gente a la que no se le cae la cara de vergüenza. ¿Qué pasa con la llamada “plataforma antidesahucios? Se puede permitir la persecución de los diputados del PP en total impunidad a sabiendas de que toda coacción política para votar una ley es un delito. ¿Y qué me dicen de los dirigentes de la Junta de Andalucía que, a estas alturas, todavía mantienen que se enteraron por la prensa de los “negocios” de sus subordinados y que fueron ellos los primeros en denunciarlos… después de leer los periódicos, claro?

Digámoslo sin rodeos: la corrupción es insoportable si afecta a alguien de “derechas” y perfectamente comprensible y hasta meritoria si los sospechosos son de “izquierdas”. Nada más denigrante en este sentido que ver las peleas de gallos entre contertulios afines a uno u otro partido defender a sus suyos y arremeter contra el contrario. Pero en esto también habría que diferenciar entre la cara dura de quienes aun defienden a Zapatero -la sonrisa personificada, ¿se acuerdan?- y la candidez de quienes acusan a Bárcenas para hacerse perdonar sus simpatías por Rajoy. Y, en medio de todo, algunos jueces que quieren asumir el mismo papel de justiciero de Sánchez Gordillo, en el colmo de la hipocresía.

Pero, en fin, esto es España y, como siempre ocurre, en esta España también hay gente con sentido de la Justicia, como esta delicada jueza sevillana de apellido Alaya, una bella palabra de orígen sánscrito que, para sorpresa de algunos sonrientes facinerosos tiene un significado insospechado: algo así como “reserva de la conciencia”. ¡Conciencia! ¿Qué palabra es esa? ¿No estamos ya en el siglo XXI o es que nos persigue el pasado?