La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Encíclicas del Beato Juan Pablo II: Ut unum sint

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Desde que Cristo envió a sus discípulos a evangelizar el mundo, entonces, conocido, pendía como espada de Damocles la posibilidad de una división dentro de la Iglesia que había fundado y de la que había dado las llaves a Pedro. Y, claro, la división se acabó produciendo, seguramente, desde el mismo principio.   ELEUTERIO

Rogaba, porque sabía lo que iba a pasar, el Hijo de Dios en la Última Cena por la unión de todos los hijos de Dios.

Pues a tal tema tan importante dedicó el Beato Juan Pablo II una carta encíclica muy importante de título “Ut unum sint” y subtítulo muy significativo: “Sobre el compromiso ecuménico” porque sabía, el Papa polaco, que no se trataba de un tema baladí sino de uno en el que la voluntad de unión debía regir el actuar de la Iglesia católica. Era, entonces, el 25 de mayo de 1995.

 

 

Muy pronto lo dice la Enciclíca. En concreto en el número 1 de la misma:

 

“Ut unum sint! La llamada a la unidad de los cristianos, que el Concilio Ecuménico Vaticano II ha renovado con tan vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez mayor en el corazón de los creyentes, especialmente al aproximarse el Año Dos mil que será para ellos un Jubileo sacro, memoria de la Encarnación del Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvar al hombre.”

Tiene, pues, la Iglesia católica, la grave misión de hace posible la unidad de todos los discípulos de Cristo. Por eso, en el número 5 dice que “Junto con todos los discípulos de Cristo, la Iglesia católica basa en el designio de Dios su compromiso ecuménico de congregar a todos en la unidad.”

Cabe, pues, hacer todo lo posible para que la rota unidad torne a tiempos en los cuales todos los hijos de Dios cristianos andaban por el camino hacia el definitivo Reino del Creador de una misma forma y manera. Y todo esto será posible si, como se dice en el número 47, que “El diálogo no se desarrolla sólo en relación a la doctrina, sino que abarca toda la persona: es también un diálogo de amor. El Concilio afirmó: ‘Es necesario que los católicos reconozcan con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común, que se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de la sangre: Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras”, porque, en realidad, no se puede hacer, ni se debe hacer, otra cosa que no sea reconocer que el otro es hermano nuestro y, así, poder proceder a el correspondiente acercamiento.

En tal aspecto, por parte de la Esposa de Cristo se ha hecho todo lo posible, y a veces casi lo imposible, para que unión de los cristianos se haga posible y sea una realidad cuanto antes. Pero (número 77) “Podemos ahora preguntarnos cuánto camino nos separa todavía del feliz día en que se alcance la plena unidad en la fe y podamos concelebrar en concordia la sagrada Eucaristía del Señor. El mejor conocimiento recíproco que ya se da entre nosotros, las convergencias doctrinales alcanzadas, que han tenido como consecuencia un crecimiento afectivo y efectivo de la comunión, no son suficientes para la conciencia de los cristianos que profesan la Iglesia una, santa, católica y apostólica. El fin último del movimiento ecuménico es el restablecimiento de la plena unidad visible de todos los bautizados”.

Hay, pues, una meta bastante sencilla de entender y que no es otra que la unidad perdida por unas cosas o por otras.

Sin embargo, no se puede esperar que la unidad perdida se rehabilite sin actuación por parte de aquellos sujetos activos de la misma. Muy al contrario ha de ser la verdad porque no es posible que se haga posible la misma sin la actuación activa, digamos, de todas las partes. A esto se refiere el número 87 de la “Ut unum sint” cuando advierte y dice que “En el camino que conduce hacia la plena unidad, el diálogo ecuménico se esfuerza en suscitar una recíproca ayuda fraterna a través de la cual las comunidades se comprometan a intercambiarse aquello que cada una necesita para crecer según el designio de Dios hacia la plenitud definitiva (cf. Ef4, 11-13). He afirmado cómo somos conscientes, en cuanto Iglesia católica, de haber recibido mucho del testimonio, de la búsqueda e incluso del modo como las otras Iglesias y Comunidades cristianas han puesto de relieve y vivido ciertos valores cristianos comunes. Entre los progresos alcanzados en los treinta últimos años, se debe destacar el fraterno y recíproco influjo. En la presente etapa, este dinamismo de enriquecimiento mutuo debe ser tomado seriamente en consideración. Basado en la comunión que existe ya gracias a los elementos eclesiales presentes en las Comunidades cristianas, no dejará de impulsar hacia la comunión plena y visible, meta ansiada del camino que estamos realizando. Es la expresión ecuménica de la ley evangélica del compartir. Esto me anima a repetir: ‘Hay que demostrar en cada cosa la diligencia de salir al encuentro de lo que nuestros hermanos cristianos, legítimamente, desean y esperan de nosotros, conociendo su modo de pensar y su sensibilidad.  Es preciso que los dones de cada uno se desarrollen para utilidad y beneficio de todos’”.

Y en tal actitud deberíamos estar todos aunque, pudiéramos pensar eso, no sea cosa nuestra por no ocupar los lugares eclesiales oportunos para hacer la unidad posible. Si nos miramos a nosotros mismos nos daremos cuenta que la unidad de los cristianos es tarea común. Difícil, pero común.