La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Hay que fijar prioridades, en la vida personal y colectiva

José Mª Martí Sánchez. Licenciado en Derecho.-  

1. Urgencia por ordenar la vida y actuación humana

 

En nuestro mundo la prioridad es sin duda ordenar la vida del hombre, establecer la jerarquía entre sus posibilidades y recobrar la confianza en la verdad. El hombre “es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal Alemán, 22 septiembre 2011).  josemariamartisanchez

 

En los jóvenes la confusión es creciente. La técnica multiplica los estímulos y la superficialidad. Su curiosidad les expone más al ambiente, y carecen frecuentemente del contrapeso de adultos cercanos y responsables. En consecuencia, “los jóvenes necesitan (y me atrevo a decir que lo solicitan a gritos, muchas veces silenciosos) balizas de comportamiento, referentes, valores que den sentido a una vida con la que muchos no saben qué hacer” (J. Elzo).

 

La labor de gobierno, servir a la justicia en la legislación, ha perdido también el norte: “nunca ha sido fácil… y hoy, con la abundancia de nuestros conocimientos y de nuestras capacidades, dicha cuestión se ha hecho todavía más difícil” (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal Alemán, 22 septiembre 2011). En España se refleja en decisiones erráticas u omisiones en materia de protección de la vida, familia y educación. En momentos de austeridad tampoco quedan claros los criterios para priorizar gastos y fácilmente se cede al chantaje de los poderes fácticos. Este riesgo existe asimismo en la administración de justicia y, por desgracia, hemos visto dejación de autoridad lacerante en el combate contra la corrupción y el terrorismo. El cumplimiento de las penas, establecidas por los órganos competentes en un procedimiento con garantías, sin interferencias, es cuestión de justicia no de conveniencia.

 

En este terreno, se olvida una afirmación de Rerum novarum: “en la tutela de estos derechos de los individuos, se debe tener especial consideración para con los débiles y pobres. La clase rica, poderosa ya de por sí, tiene menos necesidad de ser protegida por los poderes públicos”. Tal sensibilidad debe formar parte del compromiso de la autoridad.

 

Centesimus annus profundiza en la causa del caos y la irresponsabilidad: una mentalidad pragmática que no procede “según criterios de justicia y moralidad”. Sus palabras, dichas respecto a la organización política, son también de aplicación a otros ámbitos. Tal mentalidad genera “desconfianza y apatía” porque sus respuestas no se ajustan a las necesidades reales. La encíclica insiste en una línea de acción —personal o colectiva— inspirada en “una equilibrada jerarquía de valores y, en última instancia, según una exacta comprensión de la dignidad y de los derechos de la persona” (nº 47). El valor, para que sirva como referente vital, tiene que estar respaldado por un absoluto que le dé consistencia. En este horizonte encuentra su lugar adecuado y su defensa frente a la veleidad o el oportunismo.

 

2. La fe como luz en medio de la cultura

 

El Año de la Fe debe ser un empeño por construir, desde dentro, una comunidad de principios sólidos. De la fe depende la derrota del relativismo asfixiante. La fe es la que tiene que abrir un “edificio de cemento armado, sin ventanas”, en expresión de Benedicto XVI (Discurso al Parlamento Federal Alemán, 22 septiembre 2011), a la luz de Cristo que, como hombre perfecto, actúe de modelo y testigo de nuestra vocación (Redemptor hominis, 8).

 

¿Pero cómo incidirá la fe en la vida del hombre? A través de la cultura.

 

El hombre es sobre todo cultura: “No es posible comprender al hombre, considerándolo unilateralmente a partir del sector de la economía, ni es posible definirlo simplemente tomando como base su pertenencia a una clase social. Al hombre se le comprende de manera más exhaustiva si es visto en la esfera de la cultura a través de la lengua, la historia y las actitudes que asume ante los acontecimientos fundamentales de la existencia, como son nacer, amar, trabajar, morir” (Centesimus annus, 24). Aquí es donde tiene que arraigar la Buen Noticia.

 

Por falta de cultura o por su corrosión —a impulsos del racionalismo ensoberbecido de la ideología, del desfondamiento instintivista del Mayo del 68 o del hedonismo desesperanzado contemporáneo—, andan hoy el hombre y la sociedad perdidos.

 

Para sacarlos de su postración, la fe tiene que hacerse cultura. Así la fe alcanza su madurez, su virtualidad transformadora. “Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada y fielmente vivida” (Juan Pablo II, Discurso fundacional del Consejo pontificio para la cultura, 1982). Para ser creíble, la fe debe operar un cambio, crear un estilo de vida nuevo: “la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna” (Centesimus annus, 57).

 

3. La misión prioritaria y salvadora de la Iglesia, centrada en Jesús

 

La razón de ser o criterio predominante de la Iglesia es el anuncio de Jesús crucificado (Evangelii nuntiandi, 14). Francisco lo ha recordado: “si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia” (Homilía, 14 marzo 2013). El signo de compartir y la sencillez, en la relación con el mundo, es imprescindible, pues Jesús pasó haciendo el bien (Hch 10.38, y cf. Ma 7. 31-37), más deben estar insertados en la evangelización. Esta es la clave de explicación del obrar cristiano; de Cristo, comunicado y acogido, deriva la salvación integral de la persona.

 

Ahora que comienza un nuevo periodo para la Iglesia conviene recapacitar sobre estas cosas. De un lado, sobre el marasmo individual y social y, de otro, sobre la misión de la Iglesia. De ella hoy nos cautiva el cambio de imagen en su dirección, algunos detalles llamativos, etc. Pero esto no puede distraernos de lo fundamental: que la Iglesia es “sacramento de salvación universal” (Lumen gentium, 48) y que esto es lo importante: “Jesucristo propagado y comunicado” (Bosuet). ¡Ojalá no nos falten fuerzas ni determinación, en este nuevo Pontificado, para esta hermosa tarea! Dependerá de ello que el nuevo milenio comience con esperanza.

 

Cuando, en medio de las dificultades o vicisitudes del acontecer histórico, guía la mano dulce y firme del Señor se sabe que se llegará a lo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó” y que “Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2.9). Este panorama es el que de nuevo puede levantar el espíritu y estructurar nuestra vida: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6.68). Nosotros debemos contribuir a que la propuesta cristiana sea audible y no se extinga su fuerza.

 

Acabamos, como empezamos, con los jóvenes que deben liderar el cambio cultural. Juan Pablo II, les recordó que, en las preguntas que surgen de su interior, lo decisivo no va al “qué”. “La pregunta de fondo es «quién»: hacia «quién» ir, a «quién» seguir, a «quién» confiar la propia vida” (Homilía, 20 agosto 2000, 3). Para eso la Iglesia tiene respuesta.