La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El Papa, ante el rey del silencio…

Manuel Cruz

 Ante la perplejidad de los fieles católicos, algunos medios de comunicación desprovistos de las más mínima sensibilidad religiosa pero que hacen fortuna como “lobbistas” económicos y políticos, se han dedicado estos días previos al Cónclave, a dar “consejos” a los cardenales sobre qué tienen que hacer y qué tienen que decidir “para mantener a flote” a la Iglesia en estos tiempos turbulentos. Cuando finalmente sea elegido Papa entre alguno de los electores, esos mismos medios centrarán toda su atención en sus primeras palabras, sus primeros gestos, para endosarle la vitola de “ultra”, “conservador” o “progresista”, según se adecuen o no a sus gustos e intereses y le lloverán las críticas o los halagos. Y así seguirán, incansables, cada no de sus pasos con la ballesta puesta en su punto de mira.

Estamos preparados. Nunca comprenderán que la Iglesia está viva porque vive su fundador, Jesucristo, y que no hay  ni habrá tormenta que la haga zozobrar. Lo que preocupa y lo que quieren los católicos no es que el Papa sea de una “tendencia” o de otra sino de algo que esos medios no entienden ni entenderán porque les falta la sabiduría: que se ocupe con toda su alma y todo su ser  a predicar el Evangelio… y a ser Evangelio. Como hizo Jesucristo, como hicieron los apóstoles, como han hecho sus sucesores hasta el día de hoy.

¿Qué vivimos tiempos difíciles? Ya lo sabemos. Pero Dios no abandona su Iglesia, como nos ha recordado tantas veces Benedicto XVI. Otra cosa es que nos demos perfecta cuenta los católicos de que se nos quiere expulsar de la vida pública con el pretexto de que el Evangelio, nuestro mensaje, ha quedado digamos desplazado, obsoleto.

Desde que Nietzsche decretó la “muerte” de Dios, mucho ha avanzado el agnosticismo, ciertamente, como si Dios se hubiera dicho: “Vamos a ver qué hacen ahora los hombres sin mí”… Y, a pesar de que lo hemos visto con la manifestación más inimaginable de la crueldad humana en las peores guerras de la historia y la degradación de la dignidad y la vida de las personas, el mundo –el primer enemigo del alma- sigue su curso de alejamiento de Dios.

Por ello, toda la labor de un Papa, de toda la Iglesia, consiste en algo tan simple como recordar que Dios no ha muerto, que Jesucristo está vivo y que no ha dejado de amarnos ni un solo minuto. Así que, “conservador” o “progre”, el Papa que ya nos llega, escogido por la inspiración del Espíritu Santo, sabe muy bien que su principal misión es acercar a los hombres a Dios y a Dios a los hombres. Que los hombres escuchen su voz o cierren los oídos, es cosa de cada uno de nosotros.

Mucho se ha hablado en estos tiempos de los “silencios” de Dios como una especie de corroboración de su “muerte”. Pero no deja de resultar curioso que nunca se haya hablado de los auténticos silencios del demonio. Si la corrupción de la humanidad ha avanzado hasta los límites que conocemos es, sencillamente, porque el gran segundo enemigo del alma humana (queda la carne…), es el demonio, Satán, el rey de la mentira… y del silencio. Su gran “triunfo”, hasta ahora, ha consistido en que las gentes han decidido ignorarlo. Una vez que se ha “matado” a Dios, el demonio ha quedado en el olvido: ha dejado de existir también. Y el demonio, cuya misión consiste en destruir la fe –en Dios y en el propio diablo- se ha dedicado a extender su reino de la mentira sin barreras.

Salvo muy raras excepciones, hace años que la mayoría de los curas han dejado de hablar del demonio y, por lo tanto, del infierno. El gran triunfo de Satán consiste precisamente en eso: en que no se hable de él, de su reino de tinieblas. Cuando Dostoiewsky hizo exclamar a uno de los hermanos Karamazov que si Dios no existiera todo estaría permitido, le faltó añadir que sin Dios tampoco existiría el diablo y, por tanto, desaparecería de la humanidad hasta la noción de la culpa, del pecado, del castigo del peor de los crímenes.

Sin el diablo no hay lugar para las tentaciones, para hacer lo que en cada momento apetezca, sin necesidad alguna de arrepentimiento. ¿Arrepentirse de qué, si todo está permitido? Y, sin embargo, -¡que paradoja!- nos rasgamos las vestiduras cuando vemos a nuestro alrededor tanta corrupción, tanta miseria humana. ¿No es un contrasentido que la segunda preocupación de los españoles, después del paro, sea la corrupción? Si todo está permitido, ¿de qué asombrarse?

En el fondo, lo que ocurre es que no estamos demasiado convencidos de que ni Dios ni el diablo existen. Y que queremos, por encima de todo, que la gente sea honesta, que no engañe, que no robe, que no mate, que no se burle de nuestros sentimientos, ni siquiera de nuestros errores. Queremos limpieza a nuestro alrededor. Queremos también belleza, alegría, sinceridad, honradez, fidelidad a la palabra dada… En definitiva, añoramos a Dios y nos inquieta saber que hemos olvidado también al diablo.

Por todo ello, el Papa que esperamos los creyentes es un Papa que nos hable mucho de Dios y nos recuerde también al diablo, las postrimerías, el Juicio Final, el cielo, el infierno… Que, en definitiva, nos ponga al día de la Doctrina cristiana y nos desmenuce el Catecismo que, pese a ser tan reciente, parece ya olvidado. O sea, que nos hable de la esperanza cristiana. Lo demás son zarandajas, incluidos los “consejos” de nuestros amigos los agnósticos más o menos masones.