La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El arrepentimiento

Julia MerodioPor Julia Merodio, escritora.- A pesar de llevar tantos años escribiendo, he detectado que nunca me he parado a reflexionar sobre el arrepentimiento, un tema realmente importante en nuestra vida y del que se habla poco. Mientras que convertirse es un cambio de vida para volver a Dios, arrepentirse  es el pesar de haber hecho algo mal. Actitud impensable en el entorno que nos rodea, donde la gente cree hacerlo todo bien pero que realmente precede a la conversión.

Por eso, mientras muchos entienden el arrepentimiento como “un salir del pecado” la definición bíblica de la palabra arrepentirse da un paso más, significando “cambio de mente” cuestión indispensable para poder cambiar de conducta.

Si tuviésemos que buscar un tema que debiera estar de plena actualidad sería este: el arrepentimiento. Al situarnos ante las circunstancias que nos rodean encontramos desórdenes, desconcierto, errores, culpas, injusticias… un sinfín de actitudes que nos abocan a la inquietud y al sufrimiento; son actitudes que creemos nos vienen de fuera, pero que ciertamente, debiéramos darnos cuenta de que todo ello no proviene del exterior sino del interior de cada persona.

De ahí que debiésemos plantearnos que la causa de estas irregularidades se halla en problemas originados por seres humanos que, en mayor o menor medida, se debe a que vivimos alejados de la fuente de la verdad, los principios y la vida, pero que difícilmente lo constatamos porque nadie cree obrar mal y, mucho menos, tener que arrepentirse.

Ante esta situación todos buscamos un cambio, una solución, un aflorar de lo turbio que se va escondiendo… y comentamos sobre ello y todos creemos tener la solución adecuada, pero nos conformamos con hablar mucho, sin hacer nada. ¿Cómo van a cambiar las cosas si en lugar de que se reconozca la conducta equivocada, la gente está abstraída en buscar los mejores abogados para defender lo que no tiene defensa?

Nadie piensa personalmente, que su conducta es errónea, nadie piensa que lo que ha hecho está mal, nadie siente pesar por su proceder erróneo… de ahí que nadie tenga necesidad de arrepentirse y mucho menos de pedir perdón ¿de qué va a arrepentirse y pedir perdón una persona que cree que todo lo ha hecho bien?

Día tras día se presentan ante nosotros un buen número de personas descubiertas de sus infracciones que siguen aferradas a su debilidad y su tropiezo; personas que no solamente tratan de ocultarlo y disimularlo sino que, además, tratan de justificarlo. Y vemos -con indignación- altercados en la calle, y vemos –con estupor- echarse porquería a la cara entre partidos, pero no vemos a nadie que se atreva a denunciarles correcta y personalmente su equivocación; aunque también seamos conscientes de que no sólo no escucharían sino que además, tratarían con dureza al que se atreviese a plantearles su error.

Pero todo esto no solamente acontece a la gente importante y con poder también, aunque en menor medida y de manera mucho menos irrelevante nos salpica igualmente a nosotros que, lo mismo que ellos tratamos de justificarnos siendo incapaces de pedir perdón.

Todos somos humanos y por lo tanto pecadores. Todos tenemos que pasar por el proceso del arrepentimiento porque ello nos llevará a la liberación de las cargas de la vida, de la tristeza, del dolor interno, del remordimiento.

Tres elementos distinguen la verdad del arrepentimiento.

  • Intelectual.-      Reconocimiento de haber obrado mal.
  • Afectivo.-      Pesar por el daño causado.
  • Activo.-  Cambio de conducta, proceso de      conversión.

Tres elementos que no aparecen por ningún rincón de nuestra vida, hoy la gente no tienen tiempo de pararse a pensar en esas cosas. Hoy nos da miedo pronunciar la palabra pecado hemos perdido la conciencia de ello. Pablo VI ya lo decía de manera admirable en su pontificado “El mundo ha perdido la conciencia de pecado y camina hacía el abismo” Aquí lo tenemos, profetizó y no fallo. Hoy ya nada es pecado, es más hasta la palabra define a una persona como obsoleta y anticuada. Pero el pecado se sigue cometiendo y hemos de tener presente que, el que comete pecado no sólo ofende a Dios sino que también infringe las leyes.

El pecado es parte de nuestra condición humana. Cuando pecamos no sólo estamos hablando de ofender a Dios, sino de vivir en constante conflicto con nosotros mismos, encontrando así infinidad de dificultades para regenerar nuestra vida.

De ahí que, la Palabra de Dios, nos lo presente con admirable naturalidad y nos lo haga saber desde el comienzo de la creación plasmándolo ya en el primer libro de la Biblia: donde con mucho acierto se nos muestra como en el Edén la naturaleza humana ya se degrada.

Esto es lo que nos ha llevado a vivir un estado de “desorden” tanto en un orden físico como espiritual. El ser humano, creado semejante a Dios, ha cambiado totalmente, se ha separado de su creador, lo ha sacado de su vida y ha decidido endiosarse y ser él mismo su propio dios. La prueba la tenemos palpable, hemos entrado en una especie de conflicto permanente y tenemos dificultades de todo  tipo para seguir con sosiego nuestra existencia.

Queriendo anular el pecado nos hemos hecho esclavos de él.  Lo que nos ha llevado a damnificar nuestra vida, a perjudicar nuestra salud, a relacionarnos con el egoísmo, a buscar nuestro placer y a encerrarnos en nosotros mismos para no escuchar reproches. Y aunque es verdad que, cuando nos hemos visto al borde del abismo hemos prometido cambiar, nos hemos dado cuenta más tarde, de que ese cambio no llegaba.

Nos habíamos olvidado de que no puede haber vida sin Dios porque Él es la fuente de la vida.