La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Con los ojos de la fe y la esperanza

Permítanseme unas iniciales consideraciones que pueden parecer demasiado abstractas. Existe la realidad, de verdad. En esa realidad de verdad estamos nosotros mismos, a ella pertenecemos. Y podemos con nuestro conocimiento captar su verdad. Nuestra captación de la realidad es tan necesariamente limitada como lo somos nosotros mismos. Pero nuestro conocimiento no, por ser siempre limitado, está impedido de ser verdadero. Ni por limitado deja de ser verdadero, cuando lo es, ni por verdadero deja de ser limitado. Ni la limitación de mi conocimiento lo hace falso ni su verdad lo hace absoluto. No deja de ser verdadero un conocimiento por el hecho de que no pueda serlo de toda la Realidad-Verdad.

Nuestra mirada cognoscitiva sobre la realidad no sólo es limitada, sino que puede estar empañada, proyectar su turbiedad sobre la realidad y verla deformada. O puede estar intensamente iluminada, proyectar más radiante luz sobre la realidad y captarla más nítida y profundamente. A este respecto cabe recordar cómo Benedicto XVI señalaba en la primera de sus encíclicas la necesidad que la misma razón tiene de verse éticamente purificada para poder llevar a cabo su propia tarea natural (Deus caritas est, nn.28-29). Y alguna vez me he atrevido a afirmar que en realidad nunca ha habido pura razón porque nunca ha habido razón pura, esto es, nunca la razón ha funcionado como mera, pura razón, sino o como razón elevada (en el estado genesíaco de salida de las manos de Dios y destinada a la participación en la vida divina) o como razón caída (que es el estado de todos los nacidos con el pecado original).

Sabido es que en la inicial visión científica de la realidad ésta se concebía regida por un inflexible determinismo. La realidad se consideraba sometida a leyes naturales físicas inexorables que no dejaban margen a ningún “verso libre”. Sobre la base de esta convicción determinista se daba asimismo por supuesto que a partir del conocimiento del estado de la realidad material en un determinado momento era posible predecir cualquier estado futuro así como conocer cualquier estado pasado siempre que nos fueran conocidos las valores de los correspondientes factores determinados-determinantes. La pretensión de constituir una ciencia del mundo humano con el rigor con que la Física era la ciencia del mundo material se encontraba con la dificultad de la libertad de cada uno de los “átomos humanos”. No obstante lo cual, del comportamiento libre de miles de “elementos” humanos resultaban efectos regulares que hacían posible también formular sólidas leyes (estadísticas)  en aplicación de las cuales sería asimismo posible predecir con rigor científico (con esa probabilidad que se acerca a la certeza) el comportamiento de grandes masas humanas, por más que cada individuo resultara impredecible por “culpa” de su libertad.  El caso es que a partir de 1927 la Física reconocerá que también en el mundo de la materia, donde no cabía la libertad, es necesario aceptar una característica indeterminación. Para el físico riguroso, esa indeterminación se sitúa no propiamente en la realidad misma, sino en nuestro acceso experimental a ella. Es nuestra observación de la realidad la que la altera a la vez que resulta afectada por una incertidumbre insuperable (principio de incertidumbre de Heisenberg).

Del este principio de incertidumbre, nos interesa, para nuestro propósito, subrayar el hecho de que nuestro modo de mirar la realidad la altera. El hecho de que nuestro conocimiento de la realidad la integra y modifica ha sido reconocido (aunque no debidamente tenido en cuenta) desde siempre en relación con el mundo de lo humano, de los seres y asuntos humanos.  El que ahora ese efecto, tan creativo como a veces perturbador, de nuestra mirada se afirme en relación con el mundo subatómico no hace sino confirmar lo acertado de la sabiduría ancestral que afirma la fuerza de nuestra mirada-actitud sobre las cosas en general. Si según Heisenberg, “lo que pasa depende de nuestro modo de observarlo y del hecho de que lo observemos”1, podemos decir, con más razón, respecto de nuestro conocimiento de la realidad humana: lo que pensamos que ocurre en la realidad forma parte de esa realidad que pensamos y al pensarla modificamos.

Pero es más. Nuestra posición ante la realidad no es sólo cognoscitiva sino afectiva. Y nuestra actitud, determinada por nuestra concreta visión afectiva de la realidad, no sólo colorea la realidad que de hecho captamos, sino que nos dispone y empuja para actuar sobre ella y modificarla de este u otro concreto modo. Nuestro conocimiento resulta así “performativo”,  pues no es mero conocer sino un hacer. Ese hacer la realidad empieza por ser un configurarla al menos en cuanto la imagen que de ésta podemos alcanzar está inevitablemente conformada, construida, desde o por nuestras propias estructuras cognoscitivas. Pero ese hacer va más allá, hasta nuestro “trabajar la tierra”, actuar sobre la realidad, defendernos de ella, dominarla, utilizarla. Aquí podría también traerse el antiguo dicho de que quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur: lo que se recibe (en este caso, se conoce) se recibe según el modo, la forma del recipiente (en este caso, de quien conoce). Y añadir: lo que se hace se hace según se “recibe”, esto es, se percibe y se entiende la realidad sobre la que se actúa.

La entera historia de la humanidad está cuajada de hombres y mujeres que superaron las más adversas circunstancias al mirar y afrontar la realidad desde una positiva, combativa, creativa actitud, en virtud de una fuerza interior que no es un elemento dado en su simple contextura psicosomática, sino que es de orden, en último término, moral, fuerza alumbrada y sostenida por unas motivaciones que, a su vez, son el precipitado de un talante fraguado a lo largo de toda una vida o de un creador impulso –cual un humano big-bang— del amor. Y quien dice motivaciones para vencer las situaciones más adversas dice sencillamente esperanza. En su admirable encíclica Spe salvi nos decía Benedicto XVI: “el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Spe salvi, 1). Tener esperanza es tener una meta segura que da sentido a nuestro presente caminar hacia ella.

Esta fuerza de nuestra visión-actitud ante la realidad la encontramos en el plano de lo que pueda considerarse meramente humano. Y está afirmada en dichos  que expresan firmes convicciones populares. Querer es poder. Y el querer supone un empeño positivo ante lo conocido. No ignoramos que estamos en un “mal tiempo”, pero decidimos ponerle “buena cara”. El enfrentarse valientemente a la adversidad y superarla o el cobarde huir y morir aplastado por ella tiene sin duda que ver con el conocimiento que tenemos y la espontanea evaluación que hacemos de nuestras posibilidades y de nuestras fuerzas, de que las conozcamos y las pongamos en acción o las ignoremos y neguemos y nos rindamos. Según una imagen muy conocida esas diversas actitudes y reacciones-actuaciones serían la de quien ve medio llena y la de quien ve medio vacía la misma botella, posiciones que se corresponden respectivamente, según la más general estimación, con la de quien tenemos por optimista y con la de quien consideramos pesimista. También es un hecho admitido que frente a una enfermedad, y para curarla o para, al menos, atenuar sus daños no ya morales sino aun orgánicos,  es decisiva la actitud que adopte ante ella la persona que la padece. Esa diversa actitud se atribuye muchas veces a la manera de ser de cada uno y que sería difícil determinar en qué consiste. Pero esa diversa manera de ser supone, en todo caso, tener-vermotivos para esperar el remedio de los males que se sufren y superar la adversa situación que se padece. Esos motivos son los que alimentan o son sin más la esperanza. Y la esperanza, a su vez, conecta con la percepción y luz de un sentido.

Siendo todo esto así, no puede extrañar que motivos y esperanza para afrontar una crisis y superarla los tengan de manera especial y “por definición” quienes se ven asistidos por la fe en Dios en cuanto ésta es luz que da sentido a la vida en todas sus manifestaciones y vertientes, incluidas las del sufrimiento y la muerte, así como fuerza (gracia) parta afrontarlas. Fe y esperanza son términos, señala también Benedicto XVI, que para la fe bíblica resultan en muchos casos perfectamente intercambiables (Spe salvi, 2). Y la fe, nos enseña, “no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y esta realidad presente constituye para nosotros una prueba de lo que aún no se ve. Ésta atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro « todavía-no ». El hecho de que este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras” (Spe salvi, 7).

Todo lo anterior es válido no sólo en referencia a cada uno de nosotros en particular, sino también y, cabría decir que de modo especial, para todos grupalmente en cuanto constituimos una comunidad, una sociedad. En conformidad con todo lo anterior, todos, individual y comunitariamente, podemos y debemos, aunque sea “por la cuenta que nos tiene”, sobreponernos al desánimo y adoptar ante las circunstancias adversas una actitud positiva, esperanzada, combativa e incluso alegremente confiada ante cualquier adversidad. Todo lo cual exige empezar por conocer y reconocer que tenemos enfrente un mal. Y esto vale respecto de cualquier mal, también, pues, frente a un mal material colectivo (mezclado además con muchos males morales en sus raíces) como es la actual crisis.

La fe y la esperanza no hacen desaparecer por ensalmo los condicionamientos de nuestra naturaleza, de nuestro temperamento, ni tampoco nos obligan a rehusar la ayuda que puedan prestarnos “técnicas” orientadas a adoptar una postura afectivo-volente positiva ante la realidad, pero no nos permitirán caer en el buenismo voluntarista de artificiales, postizos e ineficaces trucos de “autoayuda”. La fe y la esperanza, en cuanto fuente auténtica de sentido, son de verdad, en cualquier tipo de persona, como demuestra la experiencia y reconocen los más escépticos, la fuerza más poderosa y el impulso más decisivo para superarnos  –que quiere decir también entregarnos al bien de los demás–  y no dejarnos derrotar por el mal, sino de “vencer el mal con el bien” según la enérgica exhortación de S. Pablo (Rm 12, 24)2. Si tan eficaz fue electoralmente una vez el entusiasta constante yes, we can” (¡sí, nosotros podemos!) ¿qué decir de la eficacia “performativa” de la fe y la esperanza que dicen: “por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5,5)?

De la crisis no saldremos en absoluto o saldremos muy gravemente maltrechos (cuando podríamos salir renovados, mejorados) si nos limitamos a lamentarla y a lanzar toda clase de denuestos contra “los políticos”, contra los que se nos señalan como sus corruptos criminales causantes. Ciertamente, no se trata de pasar por alto esas culpas y renunciar a “pedir cuentas”. Sin duda, la positiva actitud con que debemos afrontar la crisis no nos dispensa de llevar a cabo la imprescindible primera tarea de eliminar por completo la suciedad acumulada, la de apartar a los corruptos e ineptos de las altas responsabilidades que traicionaron en su propio beneficio y de pedirles “cuenta penal” de los delitos en que hayan incurrido. Pero es evidente que con solo esto tampoco se supera el mal. Hay que empeñarse en la fundamental inaplazable tarea de hacer, cada uno de nosotros, el bien con que vencer el mal, tal vez, el “pequeño” bien que estará al alcance de la mayoría o el gran bien que algunos están por sus circunstancias en las condiciones y en la obligación de realizar, sin rehusar el sacrificio que esto exija, sin quedarnos paralizados a la espera egoísta de que sean otros los que nos saquen todas las castañas del fuego.

Si a este modo de enfrentarse a la crisis y de contribuir positivamente a superarla hemos de sentirnos seriamente obligados todos, no es soberbia presunción afirmar que de modo especial lo estamos quienes contamos con la luz y la fuerza de la fe, de la esperanza, de la gracia. No podemos dejar de mirar, estamos obligados a mirar, en profundidad y verla crisis con los ojos de la fe y de la esperanza, para juzgar con el mayor acierto y actuar con la más decidida entrega…

Teófilo González Vila.

 

1 W. Heisenberg, La imagen de la naturaleza en la física actual, Seix Barral, Barcelona, 1957, apud Fernández-Rañada, Antonio, Los científicos y Dios, Ediciones Nobel, Oviedo, 2002, pp. 129.138. Cf. etiam Ordóñez J., Navarro V. y Sánchez Ron, J.M., Historia de la Ciencia, Espasa Calpe, 2003, pp. 525-532.

 

2“No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien” (Rm 12, 24) era el lema y  tema del mensaje de Juan Pablo II para la XXXVIII Jornada Mundial de la Paz (2005).http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/messages/peace/documents/hf_jp-ii_mes_20041216_xxxviii-world-day-for-peace_sp.html