La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Encíclicas del Beato Juan Pablo II: Centesimus annus

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- El 15 de mayo de 1891 León XIII, Papa de la Iglesia católica por aquel entonces, dio a la luz pública una Carta Encíclica de título “Rerum novarum” que llevaba un subtítulo o, mejor, que iba referida a la situación de los obreros. La Esposa de Cristo también tenía y debía decir lo que correspondía al respecto de la misma pues la Iglesia fundada por Cristo, si bien no es de este mundo, sí está en éste.  ELEUTERIO

 

Decía León XIII, a tal respecto, que “debiendo Nos velar por la causa de la Iglesia y por la salvación común, creemos oportuno, venerables hermanos, y por las mismas razones, hacer, respecto de la situación de los obreros, lo que hemos acostumbrado, dirigiéndoos cartas sobre el poder político, sobre la libertad humana, sobre la cristiana constitución de los Estados y otras parecidas, que estimamos oportunas para refutar los sofismas de algunas opiniones”.

 

Pues bien una centuria después, el Beato Juan Pablo II quiso, digamos, actualizar la que publicara el entonces Papa y entregó al mundo “Centesimus annus” que, como es fácil deducir, iba referida, precisamente a la Rerum Novarum aquí citada. Era un 1 de mayo de 1991 día, el primero del quinto mes del año, en el que se celebra el que lo es del trabajador y, para más abundar, el de San José Obrero.

 

Decía, por eso, en el número 1 de la misma, que en “El centenario de la promulgación de la encíclica de mi predecesor León XIII, de venerada memoria, que comienza con las palabras Rerum novarum, marca una fecha de relevante importancia en la historia reciente de la Iglesia y también en mi pontificado. A ella, en efecto, le ha cabido el privilegio de ser conmemorada, con solemnes documentos, por los Sumos Pontífices, a partir de su cuadragésimo aniversario hasta el nonagésimo: se puede decir que su íter histórico ha sido recordado con otros escritos que, al mismo tiempo, la actualizaban”.

 

Cabía, pues, hacer lo posible para que la manifestación de la Iglesia católica acerca de la situación por la que pasaba, entonces y ahora, el trabajo y el trabajador, fuera tenida muy en cuenta. Y eso porque la Esposa de Cristo tiene una doctrina que transmitir y unos principios, también en este campo, de los que no puede prescindir. Por eso, “De la concepción cristiana de la persona se sigue necesariamente una justa visión de la sociedad. Según la Rerum novarum y la doctrina social de la Iglesia, la socialidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he llamado ‘subjetividad de la sociedad’ la cual, junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada por el socialismo real” (Ca, 13).

 

Sabía, tenía experiencia de ello, que el socialismo había dado al traste con muchos aspectos de la existencia misma de los trabajadores y que, precisamente por eso, debía ser, en buena lid, combatido.

 

Por otra parte, el Beato Juan Pablo II reconoce que existen situaciones a las que no puede dar solución el simple funcionamiento del mercado. Por eso entiende muy necesario que la lógica del mercado cambie en determinados aspectos y que aquellos seres humanos que no tienen cubiertas sus necesidades mínimas sean llevadas a una situación económica en la cual su pobreza se vea limitada. Dice, a tal respecto, que

 

“Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades. Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son ‘solventables’, con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son ‘vendibles’, esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y recursos. Por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad.” (Ca, 34)

 

Y se refiere el Beato Juan Pablo II a temas fundamentales para la comprensión de la economía, de aquellas “Cosas Nuevas” a las que se refería León XIII en su Encíclica. Entre ellas, en aquel entonces de 1991, a la caída de muchos muros económicos ocurrida en 1989, a lo que supone la propiedad privada y el destino universal de los bienes y, sobre todo, al conocimiento esencial de que el hombre es el camino de la Iglesia. Y todo ello teniendo muy en cuenta lo escrito hacía 100 años por un antecesor suyo.

 

Y termina con una luz grande:

“Esta encíclica de ahora ha querido mirar al pasado, pero sobre todo está orientada al futuro. Al igual que la Rerum novarum, se sitúa casi en los umbrales del nuevo siglo y, con la ayuda divina, se propone preparar su llegada” (Ca 62).

Y es que la Iglesia católica tiene, desde el presente de ahora mismo 8 (y entonces de entonces) que mirar hacia el futuro y poner en el mismo toda su esperanza.