La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El adiós del peregrino que emprende su última etapa

fotonoticia_20130228175212_660_322_330La imagen de Benedicto XVI saludando desde el balcón central del palacio papal de Castel Gandolfo, a la multitud concentrada en la estrecha plaza hacia la cual se abre la fachada del edificio, ha sido la última que el mundo ha podido contemplar de este Papa que, desde la ocho en punto de la tarde, ha dejado de serlo para consagrarse por entero a la oración como postrer servicio a la Iglesia.

Aunque en su rostro no reflejaba la emoción del histórico momento, era evidente, por sus palabras, que su corazón desbordaba de agradecimiento a cuantos le despedían –en realidades mundo entero que pudo seguir en directo el acontecimiento- a los que dejó un recuerdo que será imperecedero: “A partir de hora solo soy un peregrino más que emprende la última etapa de su peregrinación”. La emoción se trasladó a la multitud que sí se desbordó en lágrimas y aplausos como ya ocurriera el miércoles durante la audiencia general de despedida.

Eran poco más de las cinco y media de la tarde y apenas habían transcurrido veinte minutos desde que despegara del helipuerto del Vaticano el helicóptero de las Fuerzas Aéreas Italianas que lo condujo hasta el de Castel Gandolfo. El corte viaje se prolongó unos minutos más de lo previsto porque el Papa quiso sobrevolar por última vez Roma y disfrutar de su paisaje aéreo que después le haría exclamar en su despedida: “¡He visto las bellezas del Creador!” en este breve viaje. A partir de ahora y durante dos meses, solo será el oratorio, la biblioteca y los jardines del palacio los que lo acompañarán en su buscada soledad antes de que se recluya en el convento vaticano donde ha decidido recorrer esa última etapa de su peregrinación terrena.

Mientras, fuera de su vista, se desarrollará el cónclave que designará al sucesor que hará el número 266 de los papas desde que Jesucristo designó a San Pedro como la piedra sobre la que edificó su Iglesia y al cual el ya emérito Benedicto XVI ha prometido “reverencia y obediencia”. Muchos se han preguntado estos días cómo será esa convivencia entre un Papa que ha dejado de serlo y el nuevo que alumbre el Espíritu Santo. Vana cuestión puesto que Joseph Ratzinger será entonces un monje consagrado a la oración y al estudio que, si bien no dejará de estar informado de cuanto ocurra fuera de los muros del convento -será acaso una de las labores de su fiel secretario que lo acompañará hasta el final-, no podrá interferir, por razón de su prometida obediencia, en la labor de su sucesor.

Ahora es el momento de unirse a su oración por el bien de la Iglesia y de la humanidad así como de releer los documentos que nos deja como legado que, en su momento, nadie duda que serán reconocidos como la aportación de un Doctor de la Iglesia, sin atrevernos a pronosticar que la de un santo de la talla de su admirado San Agustín. La inevitable pena que siente hoy la Cristiandad por la orfandad que supone su retirada, se ve paliada, sin embargo, por la alegría de saberlo activo en esa tarea que todo cristiano debe asumir como seña imperecedera de identidad: la oración.

A las 8 de la noche, la Guardia Suiza, encargada de custodiar al Santo Padre, se
retiró de la entrada principal, cerrando la puerta del Palacio de Castel Gandolfo, dandose así inicio a la Sede Vacante. El pontificado de Benedicto XVI ha durado 2.873 días después de que se presentara ante los fieles, en el balcón principal de la basílica de San Pedro, como «un humilde trabajador de la viña del Señor».

Las últimas palabras de despedida

Queridos amigos: soy feliz de estar con vosotros, rodeado por la belleza de la Creación y de vuestra simpatía, que me complace. Gracias por vuestra amistad y afecto. Vosotros sabéis, que el día de hoy es distinto al de otras veces precedentes. Ya no soy Sumo Pontífice de la Iglesia Católica (hasta las ocho aún lo seré, luego ya no). Soy simplemente un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinación en esta tierra.
Pero quisiera una vez más, con mi corazón, amor y oración, con mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores trabajar por el bien común y el bien de la Iglesia y de la humanidad.
Me siento muy apoyado por vuestra simpatía. ¡Vayamos juntos hacia delante con el Señor para el bien de la Iglesia y del mundo! Os imparto con todo mi corazón mi bendición. Gracias y buenas noches»