La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Un Papa excepcional

Ángel López-Sidro López. Profesor Titular de Derecho Eclesiástico del Estado de la Universidad de Jaén.-  Benedicto XVI ha anunciado su renuncia como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica para finales de febrero. Tras ella se abrirá un periodo de sede vacante en el que se convocará el cónclave de los cardenales para elegir un nuevo Papa, como ha ocurrido siempre. Lo novedoso en este caso es que, si Dios lo permite, quien ha ocupado el cargo antes, que ya será otra vez solamente Joseph Ratzinger, seguirá vivo, aunque apartado de las altas funciones que le han ocupado durante los últimos años. angellopezsidro

 

Se han hecho comparaciones con el caso de Juan Pablo II que, como siempre, son odiosas. El antecesor de Benedicto XVI, de venerada memoria, fue un Papa titánico, en todos los sentidos, también, de forma sobresaliente, en el físico, aspecto que formó parte inseparable de su ministerio, tanto cuando aparecía como “el atleta de Dios” como cuando, al final de su vida, casi pudimos asistir a su agonía en directo, después de un progresivo proceso de envejecimiento y enfermedad. Juan Pablo II puso su privilegiada naturaleza y su espíritu deportista al servicio de su cargo, sabiendo adaptarse a los tiempos de plenitud física tanto como a los de deterioro: siempre enseñó con su cuerpo y su férrea voluntad, dando así el ciento por uno de los talentos que Dios le había concedido.

 

Benedicto XVI nunca ha sido un hombre físicamente fuerte, su constitución y capacidades son las de un estudioso de carácter tímido. Cuando accedió a la sede de Pedro ya había sufrido episodios cardiovasculares que le obligaban a una continua vigilancia. Su mayor cualidad, fuera de la santidad que a buen seguro comparte con Juan Pablo II, ha sido la profundidad de su pensamiento y la claridad para exponerlo. Se ha destacado por todos su inteligencia, pero no se puede reducir a una cuestión de cociente o de conocimientos. Joseph Ratzinger ha gozado de una brillantísima capacidad intelectual, que ha bruñido con el esfuerzo reflexivo e investigador más intenso, y la ha puesto al servicio de la Verdad, identificada con Dios, para estar más cerca de él. Como San Agustín, con quien se le ha comparado, cree para entender y entiende para creer mejor. Pero además, como un profesor universitario auténticamente maestro, ha desplegado su sabiduría para iluminar la mente y el corazón del mundo acerca de las verdades fundamentales, tanto a los cristianos como a los no creyentes, pues todos se han beneficiado y le han reconocido esa capacidad de enseñar de manera accesible y siempre en torno a las cuestiones, por espinosas que fueran, de más necesaria dilucidación en nuestro tiempo.

 

Aparte de lo anterior, hay muchos motivos para considerar que este Pontífice dejará una honda huella en la Historia –encíclicas, resolución de conflictos, diálogo interreligioso–. Pero además ahora nos deja su renuncia, hito rarísimo, que confirma el carácter de un hombre bueno donde se aúnan de forma extrema la sabiduría y la humildad. Fiel a su conciencia, y con la libertad de los hijos de Dios, deja un cargo que nunca quiso al límite de sus fuerzas humanas y habiendo cumplido sobradamente su función. Para quienes lo dudaban, después de Juan Pablo II ha habido otro Papa excepcional.