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«Sandblasting», explotación y silicosis: La otra cara de la moda


magdalenadelamoMagdalena del Amo, periodista.- Con el fin de conseguir un mayor share, los telediarios nos obligan a tragar contenidos frívolos, léase los desfiles de Victoria Secret, las pasarelas de Cibeles, París o Milán, y otros eventos relacionados con la moda, un sector que mueve miles de millones al año. Belleza y moda van siempre a la par, pero no todo es glamour.

La moda tiene una cara oculta y vergonzante de la que no se informa en los grandes medios; de la que no se habla, salvo cuando ocurre lo peor y mueren cientos de personas. Entonces, la conciencia adormecida se nos rebela; ponemos el grito en el cielo, publicamos titulares, debatimos, analizamos causas y consecuencias, saturamos unos días con la noticia, y luego volvemos a hibernar la realidad de la explotación humana del Tercer Mundo, que agoniza bajo el látigo de los negreros de la industria textil. Si echamos una ojeada a cualquiera de las etiquetas de nuestras prendas de ropa, o si miramos los históricos de las marcas de boutiques y grandes almacenes, no es difícil comprobar el origen de su fabricación.

Nada que decir si los trabajadores de los talleres que proveen a las grandes firmas occidentales, realizasen su trabajo en las debidas condiciones de seguridad, higiene, jornada laboral, salario, seguro médico, conciliación de la vida laboral, etc. Lo mismo que se exige en los países desarrollados. Pero la triste realidad es que si bien estos criterios están presentes en el Derecho Internacional, la corrupción de los órganos de control es tan descomunal, que los obreros/as de estos países se ven condenados a trabajar jornadas interminables por unos cuantos céntimos y en condiciones infrahumanas.

Los derechos laborales y la seguridad en el trabajo en los países desarrollados no vinieron llovidos del cielo. Muy al contrario, el dolor y la muerte estuvieron presentes en el inicio del despertar hacia amaneceres más justos. El incendio del 25 de marzo de 1911 en la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist, en el barrio de Manhattan de Nueva York, marcó un hito en la historia de los derechos laborales. Un cortocircuito debido a la defectuosa instalación eléctrica causó un incendio en el que perdieron la vida 146 mujeres inmigrantes, de edades comprendidas entre los 14 y los 48 años, por quemaduras, inhalación de humo, derrumbes o al saltar desde los pisos altos. La masacre se agudizó por estar cerradas todas las salidas. Este desastre provocó cambios legislativos importantes en las normas de seguridad y salud laborales e industriales y la creación del Sindicato internacional de mujeres trabajadoras textiles.

Un siglo después de los hechos citados, si bien la situación en el Primer Mundo ha mejorado notablemente, no se puede decir lo mismo de los países en vías de desarrollo, donde el textil tiene su gallina de los huevos de oro. En sus inmensos talleres trabajan cientos de hombres, mujeres y niños en condiciones infrahumanas, sin las mínimas normas de seguridad. Lo sabemos; lo saben los grandes medios de comunicación cuyo silencio los convierte en cómplices. Solo nos acordamos de esta vergüenza cuando  ocurren tragedias como la del 28 de noviembre de 2012 en Bangladesh, en concreto en la fábrica Tazreen Fashions, proveedor de Faded Glory de Walmart, el segundo comprador de ropa después de H&M en el país asiático. También aparecieron logos de otras empresas, entre ellas Ace y C&A. Y como en el caso de Nueva York, el origen fue también un cortocircuito por el mal estado del cableado, y tampoco había salidas de emergencia, lo que causó la muerte de un centenar de trabajadores. Desde el 2005 son ya más de 700 los muertos en las fábricas de Bangladesh. La “International Labor Rights Forum” (ILRF), que lucha por los derechos de los trabajadores pidió una investigación y planes de seguridad para las empresas textiles. Los responsables de Walmart se lavaron las manos alegando haber rescindido los contratos con esa fábrica, con la que, a pesar de todo, uno de sus proveedores contrataba violando sus políticas.

Hay que decir que empresas como Inditex o Adolfo Domínguez –por citar dos españolas—están cada vez más concienciadas y desarrollan programas para mejorar la seguridad y hacer las jornadas y los salarios más justos. El problema es que los programas son voluntarios y no vinculantes, sin ningún tipo de compromiso contractual que involucre a los trabajadores en la lucha por sus derechos, lo que convierte la intención en un mero brindis al sol.

EL SANDBLASTING: UNA MODA CAUSANTE DE MUERTE

Si ya de por sí los trabajadores del textil de los países africanos y asiáticos están sometidos a turnos de hasta doce horas al día, en instalaciones lúgubres y deficientes, además de mal alimentados, existen técnicas de tratamiento de tejidos que además de hacer más penosa la jornada, tienen consecuencias graves para su salud.

Una de estas técnicas es el sandblasting, que se emplea desde hace veinte años en los países productores de pantalones vaqueros, para blanquearlos y darles el aspecto de desgastados. La operación se realiza de forma manual y sin protección, aplicando un chorro de arena a presión. Los trabajadores realizan largas jornadas en estancias llenas de polvo, con escasa o nula ventilación, sin protección, inhalando durante todo el día polvo de sílice, lo que los lleva a padecer continuos ataques de tos, problemas respiratorios, y a enfermar de silicosis. Estos enfermos acaban falleciendo al no poder recibir tratamiento médico. Es un crimen como quiera que se mire. Y todo, por la absurda moda de los pantalones de “look” desgastado que tanto nos gustan.

Turquía lanzó la voz de alarma hace diez años cuando los médicos del país  remarcaron el abundante número de enfermos de silicosis entre los trabajadores de la industria textil. En Bangladesh, donde más se emplea esta técnica de blanqueo, los médicos son reticentes a la hora de establecer la vinculación entre silicosis e inhalación de polvo de sílice. Conocedores del problema, varias marcas internacionales, como Zara, H&M, Lee, Diesel o Levi´s, han prohibido en sus cadenas de producción la técnica del sandblasting. Sin embargo, no se han tomado las medidas preventivas y de seguridad para que la prohibición resulte efectiva, y el sandblasting se sigue practicado.

Ante estas injusticias, algunos lo justifican arguyendo que por lo menos “esta gente” tiene un plato de comida que llevarse a la boca y unos cuantos euros. Incluso aplauden las medallas y galardones que se les concede a algunos de estos empresarios emblemáticos “creadores de riqueza”.

La organización internacional “Campaña ropa limpia” propone una relación estrecha entre las empresas que fabrican fuera y los sindicatos locales y organizaciones de defensa de los derechos laborales. Los gobiernos de los países productores deberían prohibir el empleo de esta técnica, y, por su parte, los países del Norte no deberían permitir la importación de ropa tratada por el método sandblasting. Estos compromisos son extensibles, claro está, al resto de irregularidades que caracterizan este vergonzoso comercio. ¿Y el consumidor? ¿Qué tiene que decir el consumidor de todo esto? ¿Somos conscientes de que miles de personas están siendo vilmente explotadas? ¿Queremos seguir llevando vaqueros desgastados a sabiendas de que la persona que les dio el toque final quizá haya muerto de silicosis? ¿Queremos seguir luciendo moda impregnada de dolor y sangre? ¿Merece la pena? ¿Nos lo permite nuestra conciencia? Deberíamos reflexionar sobre esto.