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Encíclicas del Beato Juan Pablo II: Redemptoris mater

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Es más que conocido y sabido que el Beato Juan Pablo II era profundamente mariano y que sentía un amor por la Madre de Dios no fuera de lo común sino, más concretamente, dentro de lo más común de los creyentes católicos. Sin embargo, siendo como era un intelectual de gran talla sabía decir las cosas, también en este tema, de una forma especial y nos ponía sobre la pista de muchas realidades en las que, simplemente, no caíamos los simples creyentes.   ELEUTERIO

Algo así hace con su Encíclica Redemptoris mater, dada a la luz pública el 25 de marzo del año 1987. Lo hace desde el comienzo de la misma cuando dice (1) que “La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque  ‘al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!’ (Gál 4, 4-6)”.

La Madre de Dios es, además, instrumento espiritual en manos de Dios que juega un papel muy importante en el misterio de su Hijo Jesús, Hijo de Dios y hermano nuestro. Por eso (8) “María es introducida definitivamente en el misterio de Cristo a través de este acontecimiento: la anunciación del ángel. Acontece en Nazaret, en circunstancias concretas de la historia de Israel, el primer pueblo destinatario de las promesas de Dios. El mensajero divino dice a la Virgen: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’ (Lc 1, 28). María  ‘se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo’ (Lc 1, 29). Qué significarían aquellas extraordinarias palabras y, en concreto, la expresión ‘llena de gracia’ (Kejaritoméne)”.

Y luego, María, da su visto bueno, su fiat, a lo que hace ver el Ángel Gabriel. Ella, la Madre, manifiesta un acuerdo total con la voluntad de Dios porque a ella se debe desde que nació y desde que decidió que sería, para siempre, hija del Creador con conciencia de serlo.

En efecto (13), “en la Anunciación María se ha abandonado en Dios completamente, manifestando  ‘la obediencia de la fe’ a aquel que le hablaba a través de su mensajero y prestando  ‘el homenaje del entendimiento y de la voluntad’. Ha respondido, por tanto, con todo su  ‘yo’ humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con  ‘la gracia de Dios que previene y socorre’ y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo”.

Por eso la Virgen María, Madre del Hijo de Dios que daría a luz a la Iglesia para que su misión continuara llevándose a cabo por sus apóstoles y, luego, por los sucesores de los mismos y por el mismo vicario de Cristo (Pedro el primero de ellos) debía estar, tenía que estar, estuvo y está, en el centro de la Iglesia que peregrina hacia el definitivo Reino de Dios. Por eso  (35) “La Virgen Madre está constantemente presente en este camino de fe del Pueblo de Dios hacia la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico del Magníficat que, salido de la fe profunda de María en la visitación, no deja de vibrar en el corazón de la Iglesia a través de los siglos. Lo prueba su recitación diaria en la liturgia de las Vísperas y en otros muchos momentos de devoción tanto personal como comunitaria.

‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abraham y su descendencia por siempre (Lc 1, 46-55)”..

María, pues, aquella joven que dijo sí sometiéndose gozosa y voluntariamente a la voluntad de Dios, supo estar donde le correspondía estar tras la muerte de Jesús, su hijo. Fue centro de la Iglesia naciente y, desde entonces, centro de la que peregrina.

 

Y es que María es mediadora y de su mediación esperamos la comprensión de Dios a nuestras flaquezas y el perdón de Cristo a nuestras caídas. Lo bien cierto es que (39) “En el caso de María se trata de una mediación especial y excepcional, basada sobre su  ‘plenitud de gracia’, que se traducirá en la plena disponibilidad de la  ‘esclava del Señor’. Jesucristo, como respuesta a esta disponibilidad interior de su Madre, la preparaba cada vez más a ser para los hombres  ‘madre en el orden de la gracia’. Esto indican, al menos de manera indirecta, algunos detalles anotados por los Sinópticos (cf. Lc 11, 28; 8, 20-21; Mc 3, 32-35; Mt 12, 47-50) y más aún por el Evangelio de Juan (cf. 2, 1-12; 19, 25-27), que ya he puesto de relieve. A este respecto, son particularmente elocuentes las palabras, pronunciadas por Jesús en la Cruz, relativas a María y a Juan”.

María, aquella casi niña que concibió por obra del Espíritu Santo, está a nuestro lado porque una madre nunca abandona a sus hijos. Y ella, en nuestro mundo, nos ampara y en nuestro porvenir sueña como mejor sabe quien supo decir sí a Dios.