La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Unas palabras sobre el Papa

 Julia MerodioPor Julia Merodio, escritora.-    

El Papa con la humildad y la gallardía que le caracterizan, cede su cargo dando las gracias y pidiendo perdón. Se necesita tener un alma muy grande cuando, por falta de fuerza se es capaz de humillarse dejando siempre en alto a los demás.

No sé si soy una persona adecuada para hablar sobre la dimisión del Papa, pero quiero dar mi pequeña aportación sobre todo eso que voy escuchando y leyendo desde diferentes fuentes. Es verdad que, como dice el Papa su decisión es de suma importancia para la vida de la Iglesia, pero yo creo que una decisión no es buena ni mala, nosotros la hacemos buena o mala situándola en el contexto o sacándola de él.

No hace demasiado tiempo que nos rasgábamos las vestiduras porque Juan Pablo II seguía adelante lleno de sufrimiento; sin casi poder caminar, sin casi poder hablar… Y todo eran críticas, trataban a la iglesia de inhumana, todo el mundo estaba de acuerdo con que renunciase a su cargo. Y ahora que tenemos el caso contrario, que alguien que se siente sin fuerzas para seguir adelante, decide dejar paso a otra persona más fuerte, haciendo todo con la sensatez y la humanidad que le caracterizan y las criticas y el desprestigio llueven por todas las partes, en especial por algunos medios muy opinables.

Parecen imponernos que lo queramos o no, tenemos que afirmar que hay una razón oculta, algo que eche por tierra la bondad, la humildad, la valía… del Santo Padre.

Pues miren señores no es así. El Papa es una persona de una conducta intachable y una transparencia absoluta y –el Espíritu Santo y él- han decidido dar este paso que será sin duda todo lo mejor para la Iglesia de Jesucristo. Porque todos lo hemos visto: durante todo su pontificado ha vivido tan unido a Cristo, ha mirado tanto el rostro de Jesús que ha aprendido de Él a dar la cara, a ser valiente, a tomar cualquier decisión por dura que pueda resultarle.

Como Jesús, el Papa ha hecho de su existencia una entrega que hoy rubrica, sella y ofrece.

Como Jesús, el Papa, perdonó equivocaciones que, ya casi estaban enquistadas. Y como hombre, pidió perdón por todos los pecados de la Iglesia, hecho insólito en cualquier estamento de poder. Él no se arredró ante nada ni ante nadie y con la fidelidad que lo caracterizaba afrontó cada situación que se le presentaba con la cabeza bien alta, aunque su corazón sangrase.

Como Jesús, fue palabra entregada a todos, sin importarle los kilómetros que marcasen la distancia, ni los destinatarios a los que llegase el mensaje.

Y todo esto, le era posible, por el largo tiempo que dedicaba a la escucha del Padre en la soledad y el silencio.

El Papa ha vivido en su existencia el “ofertorio”. Se ofreció a los demás con su cercanía, su dedicación y su amor.

El Papa ha ofrecido al Señor, todas sus capacidades y todos sus dones y creo que nadie podrá tener duda de que eran grandiosos y abundantes.

El Papa ha sabido poner en las manos del Padre:

  • Su disponibilidad.
  • Su tiempo.
  • Su capacidad de trabajo.
  • Sus esfuerzos.
  • Su servicio.
  • Su alegría…
  • Sus callados sufrimientos…

Por eso ahora cuando ha decidido retirarse lo ha hecho de manera parca y sencilla, no necesitaba dar explicaciones, todos lo hemos visto y comprobado.     

El Papa es una persona de corazón. Quien haya seguido un poco de cerca al Papa habrá comprobado que lo que digo es cierto. El Papa es una persona con corazón.

Sus reflexiones, sus cartas apostólicas, sus encíclicas, discursos homilías, mensajes… han ido desmontando a todos los que opinaban negativamente sobre él al llegar al pontificado, para demostrarles que el Papa es una persona con un gran corazón

Todos hemos podido comprobar que el Papa era una persona profunda, cercana, entrañable, comprensiva…, se emocionaba con facilidad, aunque nunca dejaba de ir al fondo de las cosas y de los acontecimientos.

El corazón del Papa dejaba ver con sus actuaciones, su equilibrio, su coherencia, su lucidez, su espiritualidad, su cercanía con el Señor… En el corazón del Papa se palpaba su profundidad, su  sabiduría, su santidad, a la cual sólo se llega por pura gracia, adquirida en el silencio y la humildad de escuchar a Dios.

Por eso, desde este amor de Dios, es desde donde el Papa fue consiguiendo ser alguien querido y admirado por todos, sin importar de que ideología partían ni de que religiosidad.

Por lo tanto, el Papa tiene muy bien merecido el descanso. Porque él no escatimó esfuerzos a la hora de:

  • Complicarse la vida para que viviésemos mejor los demás.
  • Compartir su gozo, aunque a él no le aportase ningún beneficio.
  • Aceptar a cada uno, de los que llegaban a él, con su realidad; sin temor a ser  rechazado por no pensar como ellos.
  • Sembrar la paz y la tranquilidad, aún cuando todos los acontecimientos le fueran adversos.
  • Consolar a los demás, afrontando su situación personal y ayudándoles a buscar soluciones.
  • Escuchar a los jóvenes y menos jóvenes y a cuantos se acercaban a él, fuese cual fuese su realidad.
  • Ofrecer signos de resurrección a todos los que estaba privados de libertad, de justicia, de concordia, de paz… Por eso:

 Mirando al Papa se descubre en él:

  • Un hombre tremendamente enamorado de Dios y de      los hombres.
  • Signo de Jesucristo cabeza y pastor de la      Iglesia.
  • Capaz de proclamar la Palabra por doquier,      regalando el perdón y ofreciendo la salvación a cuantos llegaban a él.
  • Capaz de congregar en unidad al Pueblo de      Dios.
  • Capaz de entregar la vida por el bien de los      demás…

¡Hace falta una gran dosis de generosidad para darlo todo a una edad tan avanzada! Esto no es frecuente en el tiempo y el entorno en que nos toca vivir. Todo el mundo quiere jubilarse, todo el mundo quiere divertirse, todo el mundo quiere vivir bien… todos menos el Papa que se retirará a vivir en soledad y oración para ofrecer lo que le queda de vida a favor de la Iglesia.

Una realidad que solamente se puede llevar a cabo cuando se cree en Jesús, cuando uno se fía de Él, se adhiere a Él y hace de su vida una ofrenda de:

  • Amor.
  • Desprendimiento.
  • Entrega.
  • Y  servicio.

Y así lo ha hecho el Papa. Cuando llegó al pontificado era una persona ya mayor pero llena de esa fuerza y vigor, recibida de lo alto. Y, sin dudarlo, recibió esa llamada a la santidad a la que, desde lo profundo de su ser, dijo SÍ  ofreciéndose a servir, desinteresadamente, a todos sus hermanos.

Pero él, sabía bien, que para la misión que se le pedía necesitaría unas energías especiales.

¡Qué tacto tendría que tener cuando hablase! ¡Qué compasivo habría de ser en su trato con los demás! ¡Qué generoso en su escucha! ¡Qué fuerte en su silencio! ¡Qué valiente en sus decisiones! ¡Qué claro en sus designios!

Sabía que tendría que hacerse uno con Cristo, viviendo para los demás, orando con los demás y siendo el camino que los llevase al Padre.

Y así lo ha hecho. El Papa ha sido, durante todo su pontificado: la Buena Noticia que Jesús nos había anunciado.

Ha sido, a la vez: Mensaje y mensajero. Él un día preguntó al Señor, ¿dónde vives? Y escuchó de boca de Jesús ¡ven y lo verás!

Ha quedado demostrado: Ese día fue y vio.

Y con nuestros ojos hemos comprobado que no lo pensó dos veces salió de sus condicionamientos y se lanzó con valentía a vivir el proyecto que el Señor le acababa de brindar, un proyecto que se refleja ante nuestros ojos dejándonos atónitos de su inmensidad.

El Papa y María

Una última pincelada. En la vida del Papa no podía faltar la Madre. Por eso, tenía a María en un sitio muy privilegiado de su corazón. El Papa, sabía mejor que nadie, que María ayudó a la Iglesia naciente a crecer en su comienzo como ayudó a Jesús a crecer cuando era niño y que ella le ayudaría, protegiéndolo y fortaleciéndolo… porque en él estaba configurado su Hijo: Cristo.

María veía en el Santo Padre ese hijo predilecto y sentía por él una ternura especial y un amor profundo. Por eso lo miraba con esa mirada, con la que sólo es capaz de mirar una Madre como ella.

Lo miraba:

Con sus ojos misericordiosos.

Y  le daba:

  • Valentía para responder a ese enorme compromiso que había aceptado.
  • Ayudándole a ser otro Cristo en la tierra.

El Papa lo entendió perfectamente. Por eso pone como centro de su vida a Cristo y a María para desde ellos: servir a los demás, ayudarles, perdonarles, sanarles, liberarles, pacificarles…

— El Papa es la persona que sabe mirar a todos, con ojos nuevos, con los ojos de Cristo, para que todos se sientan tenidos en cuenta, queridos, valorados.

— El Papa siempre ha estado atento a los síntomas de desilusión que pudieran llegar a cualquier rincón de su Iglesia y allí ha estado buscando la manera de ayudar, ofreciendo su mano de forma sincera y su colaborando desinteresadamente, pidiendo por cualquier necesidad en público y  sin miramientos, demostrándonos con ello que todos estamos implicados en la misma tarea y que todo lo que hacemos es obra de Dios.

Nosotros lo hemos contemplado en directo porque hemos tenido la dicha de recibirlo en nuestra patria. Todavía tenemos fresca su imagen en nuestra retina, -durante la Jornada Mundial de la Juventud- su sonrisa al ver tantos jóvenes y sus palabras de ánimo en la adversidad. A su lado sentimos la dicha, la emoción, el entusiasmo. Lo vimos emocionar a niños, jóvenes, mayores… y no pudimos dejar de preguntarnos ¿qué tiene el Papa para que produzca estas sensaciones?  Hoy lo tenemos claro El Papa tenía a Dios. El Papa, no era otro Cristo en la tierra, como solíamos decir; el Papa era Cristo otra vez. Cristo único Pastor que ha cuidado muy de cerca de todos sus hijos.