La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La renuncia de Benedicto XVI

Jesús Ortiz López. Doctor en Derecho Canónico.-  Esta decisión del Papa Ratzinger ha sorprendido a todos, como se ve en las declaraciones de los personajes públicos, pero sobre todo nos ha conmovido a quienes vivimos en comunión de fe y caridad con el Santo Padre como vicario de Jesucristo.  JESUSORTIZ

Ante todo esta renuncia me parece un solemne ejercicio de fe porque Benedicto XVI cree firmemente que la Iglesia está en manos del Espíritu Santo que la impulsa hacia su fin, en medio de las tormentas del mundo y de la fragilidad de sus fieles, como hemos visto con las traiciones en su propia casa y los pecados de algunos eclesiásticos; como decía san Agustín la Iglesia va caminando, “entre los consuelos de Dios y las persecuciones de los mundanos”. Así pues la Iglesia no quedará huérfana con esta renuncia.

Me parece también un sólido ejercicio de esperanza de Benedicto XVI que se mueve en una órbita superior distinta a las de algunos eclesiásticos y desde luego a las empresas humanas. Sabe que la salvación de los hombres viene de Jesucristo y no de las ideología humanas que intentan sustituir a Dios construyendo falsos paraísos terrenos.

A Benedicto XVI le mueve también la caridad, el amor de donación, pues entiende que con su renuncia cumple mejor la voluntad de Dios y el mandato de Jesucristo. Un amor el suyo que se dirige a los creyentes pues ha establecido el proceso para que la elección del sucesor sea ajustada al derecho, ordenada y con miras sobrenatural.

Benedicto XVI  entrega ahora una Iglesia más unida pues ha dinamizado los empeños ecuménicos del Vaticano II y tendido puentes a los disidentes; una Iglesia más santa pues en estos años ha puesto los medios para purificarla de los escándalos de un grupo reducido de ministros infieles a sus compromisos, aprobando también los mecanismos para una comunicación más ágil y transparente, y una economía eclesiástica más ordenada y saneada, que no enturbien su misión sobrenatural; una Iglesia más católica que ha llegado a nuevos países y a nuevos millones de files con sus convocatorias semanales, sus viajes -singularmente las JMJ dejando ya preparada la JMJ en Brasil-; sin olvidar los millones de ejemplares difundidos de sus escritos que ocupan durante meses las listas de libros más vendidos, como sabemos de “La infancia de Jesús”. Finalmente Benedicto XVI deja una Iglesia más apostólica como podemos comprobar al vivir intensamente este Año de la fe, en torno a la doctrina de Jesucristo tal como la vivieron y enseñaron los apóstoles y  primeros cristianos.

La renuncia se hará efectiva el próximo día 28 de febrero a las 20 horas y se pondrá en marcha los mecanismos establecidos para la elección del sucesor número 266 de Pedro, tanto en Código de Derecho Canónico, can 332 y siguientes, y en la “Universi Domini Gregis”. Su retiro temporal a Castelgandolfo significa, entre otras cosas, no querer interferir en las actividades de la Santa Sede ni de los señores cardenales. El destino elegido por Ratzinger en un convento es acorde con su espiritualidad y sintonía personal con san Benito-no en vano unió su nombre al del gran santo de Nursia-, y quizá también por el propósito de seguir escribiendo sobre Jesucristo, la Virgen María, y la Iglesia, sus amores en la tierra.

Esta difícil decisión del Papa atrae las oraciones de los fieles viendo, por encima de las noticias el corazón de Benedicto XVI que ha sufrido mucho durante estos siete largos años, no tanto por las persecuciones de los mundanos –que decía Agustín- cuanto por las infidelidades de los cercanos, y las visiones estrechas de algunos colaboradores. Hoy la Iglesia es más  de Dios y por eso todos damos gracias al Santo Padre, a la Virgen y a Jesucristo que cumple su promesa de permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos. En España tenemos además una deuda con Benedicto por habernos cuidado tanto en sus tres viajes y en la inolvidable JMJ de 2011; por ello empezamos un tiempo de intensa comunión con su persona e intenciones, de oraciones, y de fe para que el Espíritu Santo actúe en esta hora.

Junto a todo esto, la renuncia de Benedicto XVI me parece un ejercicio de libertad ligada en último término solo a Dios como hemos visto tantas veces en los santos,  que han sorprendido moviéndose con una soltura desacostumbrada ante los poderes del mundo. No extraña por ello que Joseph Ratzinger actúe ahora con una gran valentía que abre caminos nuevos en la Iglesia y se hace independiente de las costumbres y opiniones humanas.