La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Memoria del holocausto. ¿Condenamos el nazismo en su amplitud?

Magdalemagdalenadelamona del Amo, periodista.-

Acabamos de celebrar el “Día de la Memoria del Holocausto”, un periodo histórico en el que el Estado se arrogó el derecho sobre la vida de las personas. Más de seis millones de seres humanos fueron asesinados en hornos crematorios y a otros se les condenó a morir de hambre y frío en los inhóspitos centros de salud del Reich; muchos miles fueron esterilizados y vejados en lo más profundo de su dignidad. Todos estamos de acuerdo en que nunca más deben repetirse los crímenes nazis, pero, ¿estamos vacunados? ¿Condenamos realmente los crímenes del nazismo en su amplitud? De facto, sí, pero, ¿también de iure? Hoy, las modernas sociedades del bienestar han legalizado algunos de los horrores nazis. Díganme si no qué es el aborto, la eugenesia y la eutanasia sino prácticas implementadas en la Alemania nacionalsocialista. No está de más una reflexión de esta vergüenza de un pasado, no tan remoto.

Coincide la celebración de este recuerdo con las palabras del ministro de Economía de Japón, Taro Aso, proponiendo la muerte de los viejos para no ser una carga para el erario público. Esperemos que ningún político aguzado recoja la idea y la transforme en un producto vendible para una sociedad utilitarista, deficitaria de dinero y, mucho más, de valores. Más allá de los delirios esotéricos del Führer –alimentados por las sociedades Tule, Vril y Golden Dawn—, la precariedad económica fue la causa que propició que Alemania y otras naciones pusiesen en práctica planes de acción para eliminar “lo inservible” de la sociedad, una sociedad que llevaba siglos paganizándose. Así, Alemania fue el crisol de los horrores soñados por los eugenistas y eutanasistas de todo el mundo. Sin embargo, no fueron los nazis los únicos interesados en la pureza de la raza y en la eliminación de los imperfectos por una razón economicista. Antes del advenimiento de Hitler al poder, en la República de Weimar ya existían leyes de exterminio, muy bien vistas por cierta élite científica y por los responsables del dinero público, que podían utilizar en proyectos más rentables las partidas presupuestarias destinadas a gasto social para minusválidos y mayores. Pero no solo eran los alemanes quienes veían con buenos ojos el control de la población a través del aborto, la eugenesia, la eutanasia y la eliminación de imperfectos y dementes.

Fue en foros universitarios y científicos de Estados Unidos y el Reino Unido donde se empezaron a debatir y donde primero se pusieron en práctica estas ideas. La primera ley sobre eugenesia se promulgó en 1907 en el estado de Indiana. Hitler sentía admiración por los estudios eugenesistas de Estados Unidos en los que se basaron las leyes nazis. Margaret Sanger, fundadora de la IPPF, fue invitada a Alemania a dictar conferencias apoyando las ideas de Hitler. Durante el periodo de Depresión, en varios estados de la nación de Roosevelt se practicó la esterilización como medida de “consideración” hacia los pobres, y se propuso como una manera de reducir el gasto social. En Iowa y en Connecticut se implantaron planes restrictivos que prohibían contraer matrimonio a los considerados inferiores. El modelo se basaba en una ley escrita por el norteamericano Harry Hamilton Laughlin. Los puntos que plantea son escalofriantes, así como los colectivos a los que afecta:

1) Débiles mentales.

2) Enfermos mentales (incluyendo a los psicópatas).

3) Criminales (incluyendo a los delincuentes e incontrolables).

4) Epilépticos.

5) Alcohólicos (incluyendo a los drogadictos).

6) Enfermos (incluyendo a los tuberculosos, sifilíticos, leprosos y otros con enfermedades crónicas, contagiosas y legalmente marginables).

7) Ciegos (incluyendo a los sordos).

8) Deformes (incluyendo a los lisiados).

9) Dependientes (incluyendo a los huérfanos, incapacitados, los que viven en la calle, vagabundos y pobres).

En este texto se inspiró la ley de Virginia, que más tarde serviría de base a la ley alemana de esterilización. El Tercer Reich concedió doctorados honoris causa a Harry Laughlin y a los norteamericanos Madison Grant y Leon Whitney, conocidos por su exacerbado racismo y por pertenecer al movimiento eugenesista. Las cartas de felicitación que acompañaban a los títulos fueron escritas por el propio Hitler.

En Estados Unidos se promovió la segregación en algunos estados. En California, miles de mujeres fueron esterilizadas sin su consentimiento por el método de ligadura de trompas. Eran mujeres jóvenes sanas cuyo único defecto era ser inmigrantes. El biólogo Paul Popenoe publicó un informe sobre el programa californiano de esterilización masiva. El informe fue traducido al alemán y ampliamente divulgado para demostrar que en otros lugares ya estaban practicando políticas de esterilización. A Popenoe se le rindieron honores académicos en Alemania, y terminada la guerra, en universidades estadounidenses.

Suecia también puso en práctica, antes de la Segunda Guerra Mundial, sus programas utilitaristas de eliminación de imperfectos. Promovió políticas de control de natalidad y fue la primera nación que permitió el aborto. En 1922 se promulga en ese país la primera ley eugenésica de Europa para eliminar a los deficientes mentales. En 1923, esta misma ley se aprobaría en Noruega; en 1928 en uno de los cantones suizos; y en 1929 en Dinamarca.

También se pusieron en marcha programas de esterilización. Los rusos asimismo pusieron en práctica su programa de purificación de la raza, llevado a cabo por el Comisario del Pueblo en Salud Pública entre 1918 y 1930, Nikolai Semashko. Así se expresaba sobre el particular: “Perseguimos objetivos verdaderamente eugenésicos; esbozamos movimientos auténticamente eugenésicos. No, naturalmente, en el sentido de los eugenesistas burgueses […] no es ese higienismo el que buscamos. Nosotros aspiramos al saneamiento verdadero de los obreros y campesinos, de la población de los trabajadores, es decir, de la inmensa mayoría de la población, al saneamiento verdadero de la raza”.

En 1935 la revista The Spectator, vinculada a los servicios secretos británicos, puso en marcha una campaña defendiendo la eutanasia en la que participaban un reverendo de la Iglesia anglicana, el Presidente del Real Colegio de Médicos y el Presidente del Comité de Higiene. Pero la oposición de la Iglesia católica impidió que estas leyes prosperasen. España también hizo sus pinitos eugenésicos. En 1928, gobernando el general Primo de Rivera, se organizó el “Primer Curso Eugenésico Español”. Cuando ya se estaba celebrando, el General lo prohibió por inmoral y por ser contrario a la institución familiar. (Fernanda Núñez, Las peligrosas relaciones de las ciencias biomédicas con el nazismo. http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/139/13900411.pdf).

En 1920 el jurista Karl Binding, amigo de Nietzsche, y el profesor de Psiquiatría de la Universidad de Friburgo, Alfred Hoche, publicaron en Leipzig una obra fundamental sobre la eutanasia que luego se practicaría durante el Tercer Reich, que contiene todos los argumentos en pro, esgrimidos hasta hoy por los movimientos antivida, principalmente los que aluden a la utilidad social y a la compasión. El libro se titula El permiso para destruir la vida indigna.

Hitler encontró el terreno abonado para la implementación de su plan a gran escala; incluso contó con cierta aprobación de la población civil, pues al pueblo se le llegó a convencer de que los que no eran perfectos no tenían derecho a la vida y había que eliminarlos, bien en el útero materno o una vez nacidos; y el mismo destino debían correr los adultos con defectos. Al pueblo alemán se le convenció de que en otros países avanzados ya se estaban aplicando estas medidas, y así era en realidad, como ya hemos expresado. De hecho, un póster de propaganda del Tercer Reich, de 1936, muestra una mujer con un niño en los brazos, y detrás de ella un hombre sujetando un escudo con el nombre de la ley de esterilización obligatoria promulgada en Alemania en 1933. Alrededor se muestran las banderas de los países que, o bien tenían leyes similares o estaban intentando crearlas (EE.UU, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, Hungría, Inglaterra, Suiza, Polonia, Lituania, Letonia y Japón). Sobre las imágenes se leía el título “no estamos solos”.

El racismo hacia las etnias consideradas inferiores y los postulados maltusianos configuraron la ideología de Adolf Hitler. Su modelo fue Norteamérica y así lo dejó escrito en su Mein Kampf: “… hay en nuestra época un país donde pueden observarse al menos algunas tímidas tentativas inspiradas por una mejor concepción del papel del Estado [en materia de eugenesia]. No es, naturalmente, nuestra república alemana el modelo; son los Estados Unidos de América, que se esfuerzan en obedecer, al menos en parte, los consejos de la razón. Al negar la entrada en su territorio a los inmigrantes con mala salud y el derecho a la nacionalización a los representantes de determinadas razas, se acercan un poco a la concepción racista del papel del Estado”.

El programa de eutanasia destinado a purificar la raza germánica fue idea de médicos y científicos alemanes inspirados por algunos teóricos norteamericanos, lo mismo que otros instrumentos de tortura. La primera cámara de gas fue diseñada por profesores de Psiquiatría de universidades alemanas. Para probarlas, elegían a determinados pacientes y observaban cómo morían. Pronto se unieron a ellos algunos pediatras, que empezaron a vaciar los centros de niños discapacitados. En contra de lo que se cree normalmente, las cámaras de gas no fueron construidas para los judíos, sino para eliminar a los alemanes defectuosos. Pero una vez eliminados los minusválidos de todo tipo y condición, continuó la dinámica con gitanos, polacos, rusos y judíos.

El presidente de la “Asociación Americana de Investigación Eugenista”, Matias Goethe, le escribió una carta a Eugene Grosney, presidente de la “Fundación para el Mejoramiento Humano” felicitándole por el largo alcance de sus ideas, con estas alabanzas: “Seguramente le interesará saber que su trabajo ha formado una parte muy importante en la conformación de las opiniones del grupo de los intelectuales que están apoyando a Hitler en este programa que hace época. Percibí en todos lados que sus opiniones han sido tremendamente estimuladas por el pensamiento americano, y particularmente por el trabajo de la ´Fundación para el Mejoramiento Humano`. Quiero, querido amigo, que tenga presente este pensamiento el resto de su vida, que usted realmente ha puesto en movimiento a un gran gobierno de sesenta millones de personas”.

¡Dan miedo estas palabras! Dan miedo porque, lejos de pertenecer a un pasado que no debería volver a repetirse, es presente rabioso si tenemos en cuenta las modernas leyes de los países avanzados. El aborto es legal en casi todo el mundo, y donde no lo es, se aborta burlando la ley. La eutanasia, revestida de compasión con el sufriente, se está haciendo de uso común y lo mismo el suicidio asistido, amparándose en el deseo de morir del enfermo deprimido.

El secretario de la “Sociedad Eugenista Americana”, Leon Whitney hizo esta declaración en 1934: “Muchos hombres y mujeres visionarios, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, han estado trabajando asiduamente desde tiempo atrás para lograr algo muy parecido a lo que ahora Hitler ha hecho obligatorio”.

Un representante del “Comité Americano para la Salud Materna” visitó Alemania en 1935. En su informe dice: “Los líderes del movimiento alemán de esterilización declaran repetidamente que su legislación pudo ser formulada solo después de un estudio cuidadoso del experimento de California. […] Dicen que hubiera sido imposible emprender una tarea que involucraba a alrededor de un millón de personas sin haber revisado atentamente experiencias previas de otras partes del mundo”.

La pretensión del nazismo era crear una aristocracia biológica. Para ello, genetistas, psiquiatras y políticos decidían quien tenía derecho a vivir y quien no. La frase de Rudolph Hess resume la idea macabra del Tercer Reich: “El nazismo es biología aplicada”. El plan se estableció como una cuestión de Estado, y para implementarlo se promulgaron leyes que aún hoy nos estremecen. Así, el 14 de julio de 1933, nada más llegar Hitler al poder, se promulgó la “Ley para la prevención de nacimientos con taras hereditarias”, basada en una ley de esterilización voluntaria de 1922, que permitía esterilizaciones forzosas de personas consideradas biológicamente inferiores, asesinatos, deportaciones y un sinfín de barbaridades. La diferencia entre esta ley y las promulgadas en los países democráticos citados —todas absolutamente condenables— radicaba en que en aquellos la ley restringía los casos en los que debía aplicarse, mientras que en el Tercer Reich se dio licencia a los médicos para poner en práctica los planes de exterminio sin excepciones.

Cuando los especialistas en Derecho hacen análisis de ciertas leyes atentatorias contra el derecho natural, como es la actual ley del aborto española, se deshacen en argumentos basándose en interpretaciones y fundamentos del Derecho, que para los profanos con el sentido común no pervertido, no son más que palabrería para justificar lo injustificable. Hago este prolegómeno porque las leyes nazis tenían un alto nivel jurídico y estaban exquisitamente redactadas, de tal manera que la seguridad jurídica de los que asesinaban en nombre del Estado era total. No en vano, en su redacción habían participado el jurista Falk Ruttke, Arthur Gütt, médico y director de asuntos de salud pública, y el psiquiatra e importante líder del movimiento de higiene racial alemana, Ernst Rüdin.

Médicos y científicos respaldaron las leyes nazis porque no solo contribuirían a crear una sociedad racialmente perfecta, sino porque dispondrían de enormes sumas de marcos para investigación. Para justificar la promulgación de estas leyes se argumentaba además que las personas con alguna tara o enfermedad crónica o mental costaban al erario de la Seguridad Social muchos millones de marcos. Incluso había publicaciones especializadas, para convencer a la población de que el dinero beneficiaría a los ciudadanos alemanes si los fondos públicos no se malgastaran con los inválidos, los incurables y los viejos. Esta propuesta se inaugura con el caso del bebé Knauer, ciego, con retraso mental, al que le faltaba un brazo y una pierna, internado en la clínica pediátrica de la Universidad de Leipzig. Su propia abuela acudió al Führer para pedir que le dieran muerte, cosa que este aceptó de buen grado, y lo derivó a su médico personal, el doctor Karl Brandt, que más tarde sería condenado en el proceso de Nuremberg.

Hoy no se extermina a los niños con discapacidades o enfermedades incurables. A los que no son perfectos para vivir en un mundo frívolo como el nuestro, se los elimina en sus etapas de embrión y feto. La eugenesia es legal en España. En la mayor parte de las comunidades autónomas existe el programa de “cribado prenatal”, que consiste en detectar malformaciones en el feto, en cuyo caso a la embarazada se le propone el aborto. El genotipado de embriones es otra práctica común para conseguir embriones libres de taras hereditarias. Se manipulan asimismo para obtener “bebés medicamento”. Para que el público acepte estas aberraciones como algo positivo y un avance científico y social, primero hubo que desposeer al embrión de su dignidad de persona. Para estos modernos Mengeles, el embrión es un producto al que se puede manipular y destruir. Para mantener a la sociedad en la ignorancia se emplean eufemismos y términos confusos como “diagnóstico preimplantatorio”, “examen de ADN”, “cigoto” o “preembrión”. El término preembrión lo acuñó en 1984 la embrióloga británica A. McLaren, presionada por la comunidad científica, con el fin de evitar discusiones éticas. Hoy no se esteriliza obligatoriamente a los pobres, pero se les manipula para que no tengan hijos, dándoles anticonceptivos, píldoras abortivas y aborto.

Tras el caso “ejemplar” del eutanizado niño Knauer, Hitler puso en marcha un programa de exterminio de imperfectos. Así, en Octubre de 1939 el “Grupo de Trabajo del Reich para Sanatorios y Clínicas” da inicio al programa de eutanasia activa Aktion T4, en el que la decisión final sobre cada paciente era evaluada por un comité de cuatro médicos (Dr. Brandt, médico personal de Hitler; Dr. Conti Reichsärzteführer; Dr. Philipp Bouhler, jefe de la Cancillería de Hitler; y Dr. August Becker, químico y proveedor de las bombonas de gas monóxido de carbono), con sede en Berlín. Los seleccionados eran transportados por el personal del T4 a los sanatorios que servían como instalaciones centrales de gaseamiento; se les comunicaba a las víctimas que iban a someterse a una evaluación física y a tomar una ducha para desinfectarse; pero eran asesinados en cámaras de gas. A muchos niños inválidos se les dejó morir en el hospital Eglfing-Haar, retirándoles el agua y la comida, mientras estaba al frente de la dirección el médico Hermann Pfannmüller. A otros niños les quitaron la calefacción y murieron de

frío. El cinismo era tan atroz, que se llego a decir —y así consta en los expedientes—, que morían de “causas naturales”. Pfannmüller, más tarde, pondría en marcha el plan para dejar morir de inanición a ancianos. Muchos estaban recluidos en centros especializados pero a otros los arrancaban de sus hogares a la fuerza. Según los juicios de Nuremberg, el doctor Friedrich Mennecke, director médico del Hospital Psiquiátrico de Eichberg, prohibía alimentar a los enfermos por sonda y lo justificaba así: “Quien no puede alimentarse solo, tampoco necesita vivir”. En la actualidad, en algunos hospitales de Estados Unidos y del Reino Unido, a los recién nacidos que padecen alguna malformación se les coloca un cartel con la leyenda “Nothing by mouth” (No alimentar), y se les deja morir. En Holanda se recomienda no colocar marcapasos a los mayores de 65 años aunque lo soliciten, y tienen la consigna de no reanimar a los dementes. En nuestra España, a los enfermos de cáncer mayores de 70 años no se les prescriben los medicamentos más modernos y eficaces, con menos efectos secundarios, con el fin de ahorrar.

En 1941 la eutanasia en Alemania era algo rutinario en los hospitales. Pero hay que decir que si bien no existía la objeción de conciencia oficialmente, los médicos que no deseaban participar en las “matanzas” podían inhibirse y no eran represaliados. Quienes lo hacían era de manera voluntaria.

Según los protocolos nazis, quien padeciera alguna enfermedad hereditaria debía ser esterilizado mediante intervención quirúrgica, cuando según los criterios de la ciencia médica se pudiera esperar que su descendencia heredase sus defectos físicos o psíquicos. En los artículos 1.2 y 1.3 de la ley se determina cuáles son estas enfermedades, de acuerdo a sus criterios y se enumeran nueve: imbecilidad congénita, esquizofrenia, demencia maníaco-depresiva, epilepsia hereditaria, baile de san Vito, ceguera hereditaria, sordera hereditaria, malformaciones físicas graves y alcoholismo crónico. También contemplaban la esterilización de los delincuentes. Así, hasta el fin de la guerra fueron esterilizados, esquizofrénicos, alcohólicos, epilépticos, ciegos, sordos y aquejados de otras minusvalías, hasta un número de 400.000. En los hombres se utilizaba la vasectomía; en las mujeres, la ligadura de trompas.

El nazismo prohibió los matrimonios entre personas sanas y las que padecían alguna anomalía como las citadas, en virtud de la “Ley de salud marital”. Se trataba de eliminar los genes que podían suponer una amenaza biológica. En este periodo, tener hijos se consideró como un deber nacional. La “Ley para la Protección de la Sangre” prohibía los matrimonios entre alemanes judíos y no judíos. También se promulgaron leyes contra la homosexualidad y el aborto. El aborto no se prohibió por una razón moral, por respeto a la vida. Se prohibió porque las mujeres sanas eran utilizadas como hembras parideras, y los hombres sanos como sementales. Tener hijos era una cuestión de Estado. Había que fortalecer el “cuerpo nacional”. Había leyes para todo. El sistema de control era total.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el escándalo nazi se desbordó. Tras celebrarse los juicios de Nuremberg, en la sociedad se extendió la idea de que los responsables de tan atroces crímenes habían sido condenados. Sin embargo, no fue así. Muchos de los médicos que habían trabajado voluntariamente para el Reich en los programas de exterminio, así como los ideólogos que los habían inspirado, ni siquiera fueron imputados.

Durante un par de décadas nadie se atrevió a hablar de eugenesia y eutanasia. No era ni política ni socialmente correcto porque se corría el riesgo de sacar del archivo el asunto nazi. Pero se seguía trabajando en silencio, y a finales de los años sesenta, una suerte de inmundicia empezó a desparramarse, y los grupos mal llamados progresistas pusieron en marcha el agitprop para reivindicar la eugenesia, el aborto y la eutanasia. Era el renacer del nazismo —que nunca se había erradicado ideológicamente— y empezaba a pisar fuerte, en esta ocasión con el apoyo de los estados, bajo denominaciones políticamente correctas como planificación familiar, control de la población, control de la natalidad, biología social, genética terapéutica o derecho a decidir. De celebrarse hoy los juicios de Nuremberg, los médicos asesinos y amorales que fueron condenados, me atrevo a decir que saldrían absueltos, en virtud de la pérdida de sacralidad de la vida humana y la ambigüedad de nuestros códigos de justicia. Valga como ejemplo la absolución, hace unos días, del doctor Morín, el del escándalo de los abortos tardíos de siete y ocho meses que despedazaba en la trituradora. ¿En que se han basado para absolverlo? Vuelvo a preguntar: ¿Condenamos el nazismo en su amplitud? ¿También de iure?