La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Otra vez la ducha fría de la EPA

La encuesta de población activa, publicada esta mañana por el Instituto Nacional de Estadística, ha vuelto a mostrar que todavía no ha tocado fondo el foso más profundo de la crisis económica: el paro, que ya roza la cifra récord de los seis millones de personas. El dramático dato no supone, sin embargo, ninguna novedad puesto que era, más o menos, el previsto por el Gobierno, que todavía espera que prosiga la espiral del paro como consecuencia de la reforma de la Administración Pública y de los ajustes en el sistema bancario. Lo más preocupante es que, al destruirse puestos de trabajo, que el pasado año fueron 850.000 más, disminuyen los ingresos del Estado y de la Seguridad Social, al tiempo que aumentan las prestaciones, es decir, ese círculo vicioso que se traduce en déficit y, en consecuencia, en un solidario aumento de impuestos.

Obviamente, detrás de los fríos números estadísticos están las personas que sufren en sus carnes los efectos devastadores de la crisis y que, en este caso, nos muestran que el pasado año los hogares con todos sus miembros en paro subieron hasta 1.833.700. Frente a estos datos no hay que olvidar la existencia de otras realidades que, en buena medida, quitan dramatismo a las estadísticas del paro. Por un lado está la llamada economía sumergida que, según las estimaciones de los inspectores de Hacienda, produce un 25 por ciento del Producto Interior Bruto. Por otro están los signos de confianza en España que muestran los mercados, traducidos en nuevas inversiones extranjeras de las que ayer hablaba el rey don Juan Carlos. Pero es evidente que mientras no empiece a recuperarse el empleo, ningún paliativo generará la esperanza que la sociedad necesita con urgencia.