La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Encíclicas del Beato Juan Pablo II: Laborem exercens

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Cuando se cumplieron 90 años de la Encíclica Rerum Novarum, de León XIII, el Beato Juan Pablo II dio a la luz pública (14 de septiembre de 1981) su carta encíclica, tercera de las suyas, “Laborem exercens” que, relativa al trabajo humano, tiene en cuenta que el hombre ”Hecho a imagen y semejanza de Dios en el mundo visible y puesto en él para que dominase la tierra, el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo. El trabajo es una de las características que distinguen al hombre del resto de las criaturas, cuya actividad, relacionada con el mantenimiento de la vida, no puede llamarse trabajo; solamente el hombre es capaz de trabajar, solamente él puede llevarlo a cabo, llenando a la vez con el trabajo su existencia sobre la tierra. De este modo el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza” (Introducción).  ELEUTERIO

El hombre, por lo tanto, y el trabajo, no son realidades que se excluyan mutuamente sino que, al contrario, cuando se dice que el segundo dignifica al primero se hace con la intención de determinar que el hombre trabaja porque está hecho para llevar a cabo una labor determinada durante el tiempo que Dios le otorgue de estar en la tierra. Así, “La Iglesia está convencida de que el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra. Ella se confirma en esta convicción considerando también todo el patrimonio de las diversas ciencias dedicadas al estudio del hombre: la antropología, la paleontología, la historia, la sociología, la sicología, etc.; todas parecen testimoniar de manera irrefutable esta realidad” (Le 4), porque todo apunta hacia la relación hombre-trabajo y todo, pues, ha de ser considerado como importante.

Además, “Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los distintos Países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo. Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso de hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la «Iglesia de los pobres». Y los «pobres» se encuentran bajo diversas formas; aparecen en diversos lugares y en diversos momentos; aparecen en muchos casos come resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo —es decir por la plaga del desempleo—, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia” (Le 8).

Sobre los pobres, como siempre, recae el punto de mira de la Iglesia que Cristo fundó y que pastorea, ahora mismo, Benedicto XVI. Sin los pobres no se entiende la labora que la misma lleva a cabo siendo, en el campo del trabajo, donde ha de poner un énfasis especial en evitación de los abusos que se pueda cometer sobre los mismos aprovechándose de su precaria situación económica.

Por otra parte, en materia laboral, es muy conocida la posición que algunos pensadores de la izquierda han manifestado acerca de que buena cosa sería, para la solución de los problemas económicos que en el mundo se pueden apreciar, que desapareciera la propiedad privada (¿?). A esto responde el Beato Juan Pablo II cuando dice, poniendo un punto muy importante de claridad mental y de verdad, que “si la posición del «rígido» capitalismo debe ser sometida continuamente a revisión con vistas a una reforma bajo el aspecto de los derechos del hombre, entendidos en el sentido más amplio y en conexión con su trabajo, entonces se debe afirmar, bajo el mismo punto de vista, que estas múltiples y tan deseadas reformas no pueden llevarse a cabo mediante la eliminación apriorística de la propiedad privada de los medios de producción. En efecto, hay que tener presente que la simple substracción de esos medios de producción (el capital) de las manos de sus propietarios privados, no es suficiente para socializarlos de modo satisfactorio. Los medios de producción dejan de ser propiedad de un determinado grupo social, o sea de propietarios privados, para pasar a ser propiedad de la sociedad organizada, quedando sometidos a la administración y al control directo de otro grupo de personas, es decir, de aquellas que, aunque no tengan su propiedad por más que ejerzan el poder dentro de la sociedad, disponen de ellos a escala de la entera economía nacional, o bien de la economía local” (Le 14).

No todo, pues, es tan sencillo, como lo que muchas veces se propone sin tener en cuenta que, seguramente, como suele decirse, el remedio sería peor que la enfermedad.

Y, sin embargo, un aspecto muy importante que demasiadas veces se olvida es el que manifiesta lo espiritual con relación al mundo del trabajo. El Beato Juan Pablo II sabe que no pueden separarse de tal forma que no tengan relación alguna lo que supone para la salvación de la humanidad el hecho mismo de trabajar y, por lo tanto, que no es posible entender ambos ámbitos como si nada tuvieran que ver uno con el otro.

Por eso dice que “Si la Iglesia considera como deber suyo pronunciarse sobre el trabajo bajo el punto de vista de su valor humano y del orden moral, en el cual se encuadra, reconociendo en esto una tarea específica importante en el servicio que hace al mensaje evangélico completo, contemporáneamente ella ve un deber suyo particular en la formación de una espiritualidad del trabajo, que ayude a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo, y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo, asumiendo mediante la fe una viva participación en su triple misión de Sacerdote, Profeta y Rey, tal como lo enseña con expresiones admirables el Concilio Vaticano II.”

Esto lo dice el autor de Laborem exercens en el número 24 de la misma porque, en verdad no tener en cuenta la realidad espiritual en el mundo del trabajo y alejar a Dios, en tal sentido, del mismo, sólo puede traer, como fácilmente puede apreciarse hoy día, malas consecuencias, precisamente, para el propio trabajador.