La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Elogio de la palabra en educación

 José Rafael Sáez March. Licenciado en Pedagogía y Máster en Investigación y Psicopedagogo de Menores y Profesor Universitario.- “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Jn 1, 1.3)  rafaelsanchezmarch

 

El origen de todo es siempre una Palabra: “Dijo Dios… Y se hizo”. Por el contrario, Dios prohíbe las imágenes en el Decálogo. “No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra” (Ex 20, 4). Dios mismo se empeña en que la mejor forma de conocerle es la Palabra y parece recelar de las representaciones plásticas e icónicas. No sólo prohíbe imágenes de las cosas del cielo, sino también de las de la tierra. Ha decidido revelarse al Hombre, no por la vista, sino a través de la Palabra. Parece que le encantan las clases magistrales.

 

Tras crear al hombre, Dios le hace pasar por delante los seres vivos que ha creado, para “ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviera el nombre que el hombre le diera” (Gn 2, 19). El creador “traspasa” al hombre su Palabra creadora de significados. Para entender esto, volvamos al Génesis. El “caos y confusión y oscuridad” (Gn 1, 2) que era la tierra se convierte en “cosmos” (orden) cuando Dios pronuncia una Palabra: “Haya luz” (Gn 1, 3). La creación se “organiza” con palabras. Dios crea “cosmos” con su Palabra y el Hombre participa en esa ordenación con la palabra.

 

La fe viene por la predicación y la predicación por la Palabra de Cristo” (Rm 10, 8). Esta relación con Dios a través de la Palabra es lo cotidiano: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón” (Sal 95). Pero sólo en esta vida, “mientras dura este hoy”, dirá también San Pablo, porque en la venidera, en la vida definitiva y eterna, pasaremos  de la palabra a la visión, a la contemplación directa de Dios. La palabra es para el hombre terrenal, la visión para el hombre celeste. El hombre fue creado “a imagen y semejanza” de Dios. Dios es también “Imagen”. Un día le “veremos” tal cual es.

 

La palabra, el lenguaje, no es un “añadido” a nuestra personalidad, sino que forma parte de ella, pues la ha conformado. Pensamos con palabras. El lenguaje genera estructuras cerebrales, redes neuronales. “Somos” en un lenguaje determinado. La palabra que puso orden (cosmos) en el caos inicial, es la que pone orden igualmente en nuestro universo interior. Un niño sin palabra no logra constituir su ser personal. Recuerden el famoso caso de Helen Keller y el milagro de Anne Sullivan. La llegada del lenguaje hizo la luz en la mente animalizada de aquella pobre niña sordomuda y ciega.

 

De ahí la enorme importancia de la palabra que, sin embargo, tiene cada vez menos prestigio y valor en nuestra cultura. “El video mató a la estrella de la radio”, decía una  canción de los 80. La imagen ha ganado la batalla. Nos hemos hecho icónicos. Hasta la palabra escrita está en crisis. Todo se ha hecho digital, virtual. Estamos en el mundo de las pantallas, que vomitan imágenes sin cesar por todas partes, incluso en lo más íntimo de los hogares familiares: televisión, ordenadores, videoconsolas, móviles de última generación… Se añaden sonidos, pero la reina es sin duda la imagen.

 

Dicen que “una imagen vale más que mil palabras”. Reivindico lo contrario: “una palabra vale más que mil imágenes”. Sólo la palabra edifica a la persona. Lo que pone orden y estructura en el caos de nuestra mente no son las imágenes, que anidan desordenadamente en la memoria visual, sino la palabra, el lenguaje articulado, que lleva consigo un orden y una estructura lógica. También en educación la palabra está  desterrada. Las “nuevas pedagogías” la desprecian. La “clase magistral”, basada en la palabra del profesor, está mal vista, suena a algo retrógrado, pasado, ineficaz.

 

No es que yo sea enemigo de las nuevas tecnologías, todo lo contrario, me apasionan. Pero rechazo que dichas tecnologías pretendan sustituir definitivamente a la palabra directa “de tú a tú” entre la persona del educador y la del educando. La desverbalización de la educación es para mí una deshumanización de la misma que ha traído y traerá aún más graves consecuencias. Puede haber “instrucción” no presencial (“on-line” se dice ahora), pero de ninguna manera “educación” integral de la persona sin que se establezca una comunicación verbal fluida y cara a cara entre maestro y discípulo.

 

Hoy preocupa mucho la proliferación de los problemas de atención, de concentración y de razonamiento en los alumnos. El TDAH está de moda. Nadie parece capaz de hallar una etiología y tratamiento definitivos. Estoy convencido de que, entre otras, una de las causas es que los niños pasan excesivo tiempo, incluso en la escuela, delante de pantallas, encharcados de imágenes y privados de la palabra oral y escrita, que construyen y ordenan la estructura mental. Trabajamos con mentes desestructuradas, sin apenas lenguaje. ¿Cómo van a atender, concentrarse o razonar?

 

Decía Teresa de Jesús que “la imaginación es la loca de la casa”. Imaginación viene de imagen. Las imágenes copan la mente y campan a sus anchas por ella, desviando la atención y dificultando la concentración. Desde hace unos años se habla de “infoxicación”, esa inundación paralizante que nos produce el torrente imparable de información que alcanza a diario nuestra mente. No creo que se trate de contenidos culturales principalmente. Lo que anega nuestro cerebro hasta un límite inaguantable son las imágenes ¿No será esto lo que les sucede a nuestros alumnos?

 

Además, el razonamiento, el pensamiento ordenado, no se realiza con imágenes, sino con palabras, con conceptos, estableciendo relaciones lógicas entre ellos. No pensamos con imágenes, aunque haya quién asegure que sí. Con imágenes sólo visualizamos,  imaginamos o soñamos, pero no pensamos, ni reflexionamos, ni deducimos, ni inferimos, ni demostramos, ni ninguna otra operación de la razón. Pensamos con palabras. Los profesores nos quejamos de que a los niños, adolescentes y jóvenes les cuesta cada vez más “pensar”. ¿No tendrá este problema la misma causa?

 

No olvidemos, por último, que toda educación que merezca tal título debe ser un acto de amor. El afecto llega al niño por la palabra de la madre. Tal es la importancia del lenguaje que se sabe que niños criados con todos los cuidados, pero sin que se les dirija la palabra, acaban enfermando y muriendo. Bajo el gobierno del Káiser Guillermo I, se hizo en Alemania un brutal experimento en un orfanato de guerra que confirmó trágicamente esta tesis. La palabra y sólo la palabra nos permite establecer ese imprescindible vínculo entre educador y educando, un vínculo de amor.