La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El misterio de Cristo

Ernesto Juliá, en «religionconfidencial,com»

Decididamente hemos de reconocer que el Papa quiere invitarnos y ayudarnos a pensar, y está haciendo lo posible para conseguirlo. La invitación alcanza a todos, y muy especialmente a los cristianos, a los hombres y a las mujeres de Fe.

¿En qué quiere que pensemos?

En el tesoro más grande que se nos ha concedido: la Fe en Cristo, Hijo Unigénito de Dios hecho hombre. Un tesoro del que nunca alcanzaremos a apreciar toda su riqueza, toda su envergadura. Y por eso, en la intención mensual que establece para toda la Iglesia, nos invita a «profundizar en el misterio de Cristo».

No se trata solamente de escudriñar en sus enseñanzas, que bien claras están por cierto en las Bienaventuranzas, expresión clara de la conversión del corazón del hombre que sigue el mandamiento nuevo de Señor: «amaos los unos a los otros como yo os he amado». Para aprender de Él y seguirle, es preciso conocerle y creer que es Hijo de Dios hecho hombre. Sin ese asentamiento en la Fe, el hombre apenas se movería para imitar a Jesús de Nazaret.

¿Por qué se interesa tanto Benedicto XVI en invitarnos a pensar en Jesucristo?

Como tantos intelectuales antes que él, y después, y desde hace ya más de un siglo, el Papa sabve que nuestra civilización está en un profundo declive. Estamos viviendo de los restos, cada vez menos sólidos y menos fecundos, de una cultura, de una civilización, que se han alimentado de la Verdad de Cristo, de la Verdad de un Dios Creador y Padre. De la Verdad de la presencia del  Espíritu Santo en  las almas de los bautizados.

Esos fundamentos se han venido abajo, han sido despreciados, manipulados, interpretados cada uno a su manera según la ideología del manipulador. etc. Y el panorama que se presenta queda muy bien reflejado en una palabras de Olegario Gonzalez de Cardedal de hace unos días: «La melancolía no nace solo del llanto por lo temporal agotado sino sobre todo del anhelo íntimo del hombre inquieto hasta ser recogido en Aquel por quien y para quien fue creado».

Esta perspectiva de eternidad, de vida eterna, es la que muchos hombres y mujeres de la sub-cultura europea actual han quitado de su cabeza y de su corazón. La vinculación con quien y para quien fueron creado, ha desaparecido de su horizonte, porque también ha desaparecido la vinculación con un Creador.

«No somos solo el tiempo que nos queda sino también la eternidad que nos espera», reconoce de Cardedal; y lo reconoce, lógicamente, con su mente cristiana. Muchos europeos de hoy, sin embargo, apenas alcanzan a ver algo más allá de los horizontes de su propia aldea, y se inquietan solamente por sus intereses cotidianos: la eternidad, la vida eterna, ha desaparecido del horizonte de su visión.

¿Cómo recomponer la perspectiva que haga posible el renacer de los pueblos de Europa con una nueva  civilización? Es un hecho que los historiadores reconocen y aceptan, que ninguna civilización se ha puesto en marcha, ha movido el corazón de los hombres a un buen entendimiento social, político, etc, sin una perspectiva de que el hombre vive más allá de la tierra, que tiene vida eterna; que le permitirá asentarse en una «tradición», y  sacrificarse por un futuro, defendiendo la vida de sus hijos, viviendo la enriquecedora vida de la familia, luchando por su libertad y la libertad de los demás, respetando en sus vecinos la huella de su Creador, la ley natural.

Benedicto XVI invita a los católicos a «profundizar en el misterio de Cristo y testimoniar con alegría el don de la Fe». Y, ¿esto que tiene que ver con la «nueva civilización»?, se podría preguntar alguno.

El europeo descristianizado de hoy sabe, como lo sabía Stephen el personaje irlandés de Ulises cuando le preguntó Haynes si era creyente, que la única vida eterna, la única creencia en un Dios personal, para un europeo descristianizado, se asienta y se concreta en la Fe en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, nacido de María Virgen y concebido por obra y gracia del Espíritu Santo». Todo lo demás apenas es una huida ante la fragilidad y la inexorabilidad del caminar del tiempo que «huye».

Una huida del hombre con el tiempo, y en el tiempo,  en la que la frialdad del espíritu agosta la poca riqueza  melancólica que podía quedar en el alma del inquieto. La indiferencia ante la vida eterna es un sepulcro que el hombre  cava para sí mismo.

«Profundizar el misterio de Cristo» es el camino que lleva a la resurrección, y preparar los fundamentos de una posible  nueva civilización europea, amante de la vida, de la familia, de la libertad, en la que volviera a renacer la alegría de tener algo de «tradición», algo que transmitir, de  generación en generación.

ernesto.julia@gmail.com