La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Preguntas en la Fiesta de la Familia

Las preguntas aleteaban en medio de la alegría que se reflejaba en los rostros de los millares de personas concentradas en la Plaza de Colón de Madrid: ¿Cómo es posible que el mundo más desarrollado y más rico, trate de impedir el progreso de la humanidad mediante la destrucción de su mismo núcleo social, la familia? ¿Qué clase de odio suicida ha anidado en la mente –imposible en el corazón- de tanta gente influyente, y supuestamente bienpensante, para que se hayan elaborado y aceptado leyes que impiden el crecimiento humano?

Racionalmente no hay respuestas a estas y otras preguntas, que no se remitan a la maldad y la ceguera de las conciencias como seña de identidad del egoísmo de una sociedad que busca el propio placer de cada día, antes que la asumir su responsabilidad histórica ante el futuro: “Après moi, le deluge…” que dijo quien se creyó el amo del mundo, rodeado del fasto del trono de Francia. En fin, ese futuro, esa esperanza en el mañana, está justo al otro lado del “muro de la vergüenza” levantado por el egoísmo humano: está en la familia cristiana, es decir, en la familia que acepta con gozo el mandato divino de “creced y multiplicaos” y que, por lo tanto, asume a los hijos, los educa, los prepara para servir a la sociedad.

¿Y quien protege a esa familia responsable, que crece según el principio supremo de la sabiduría, es decir, en el temor –amor, claro- de Dios? Pues resulta evidente: la Iglesia, la que nutre espiritualmente a sus hijos desde que nacen hasta que mueren, con los sacramentos y la doctrina que nos trajo Jesucristo. ¿Es por eso odiada por esa parte de la sociedad hedonista y atea? Por supuesto que sí. Pero el hecho es que ahí está la Iglesia en su más amplia acepción, los fieles que no han perdido la esperanza en la felicidad eterna. Y su respuesta la vemos en concentraciones como las de este día de Fiesta de la Sagrada Familia, al aire libre, en un testimonio tan claro y firme de fe como el de participar en la Santa Misa.

Resulta en cierto modo increíble que la familia, como institución humana universal que se remonta al principio de los tiempos, se esté convirtiendo en nuestro mundo civilizado en un reducto de la fe cristiana, salvedad hecha de otras civilizaciones, creyentes o no, que aún defienden la ley natural sin conocer la Palabra que se hizo carne. Aquí, los ataques contra esa institución, vienen de los poderosos o, simplemente, de quienes pretenden serlo o se creen a sí mismos diosecillos, ídolos de su sombra. Y para eso se inventan otras “familias”, otras coyundas y llegan al summum del suicidio social con la legalización del aborto, convertido en instrumento de “civilización” y “progreso” ¡Qué contradicción!.

¿Para cuando un presidente europeo o norteamericano, que venga a despertar a esa sociedad prepotente de ese letargo cívico y recoja lo que nos dice la Iglesia sobre la auténtica naturaleza humana y su destino? Lo que tantas veces dice el Papa, lo que reiteran los obispos –y ayer lo repetía con el corazón en la mano Rouco Varela- lo ha recogido con toda precisión un judío, el gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, citado días atrás por Benedicto XVI que bien podría haber citado a decenas de doctores de la Iglesia. Dice este rabino que con el atentado contra la familia, es decir, el matrimonio compuesto por padre, madre e hijos, lo que está en juego es la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombre y que empezó a dinamitar la engendradora de la  ideología de género, esa diosa del laicismo llamada Simone de Beauvoir, cuando sentenció que la mujer no nace, se hace. Y recordaba el Papa: “Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente… La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella, es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear…”

O sea: que eso que se narra en el Génesis sobre la creación del hombre y la mujer y que pertenece a la esencia de la criatura humana, es lo que se impugna y, en consecuencia, para los legisladores modernos adoradores de la Beauvoir, ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación sino que ha sido la sociedad la que lo ha determinado así… Y añadía Benedicto XVI con la cita del rabino Bernheim: “En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre”.

Más claro, el agua clara. Y quien no defiende a Dios ni al hombre, es decir, a la humanidad, se inventa el género como elección. Y para destruir más aún la “herencia cultural” que hoy defiende la Iglesia, se ataca a la Iglesia, se fomenta el adulterio y divorcio, se legaliza el aborto y pronto veremos “familias” polígamas e incestuosas plenamente legalizadas, por no citar a los animales como compañeros de cama y perdón por el desvarío…  Porque no lo olvidemos: en España, nuestro país, ya se ha un paso definitivo al eliminar del vocabulario oficial, el que establece el Código Civil reformado por un Gobierno adicto a la filosofía del género, la noción de padre y madre, marido y mujer, esposa y esposa…

Pero, en fin, ahí estamos los cristianos que creemos en la familia, que nos comprometemos con la historia, que amamos a Dios y que aceptamos sus mandatos. A eso obedece la celebración festiva del día de la Sagrada Familia. Y Rouco Varela así lo ha visto y nos recordaba esta mañana que “solo la familia concebida y vivida en plenitud de su verdad, como lo enseña el lenguaje inequívoco e indestructible de la naturaleza humana, despeja el horizonte de la esperanza para el hombre y la sociedad de nuestro tiempo”. Y del futuro, claro. Y sobran ya las palabras. Así hemos celebrado la Fiesta de la Familia, o lo que es lo mismo, la Fiesta de la Esperanza, la Fiesta de la Confianza, la Fiesta de la Alegría, la Fiesta de la Responsabilidad, la Fiesta del Amor…