La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Confiar, he ahí el problema…

Hace unos días, en su mensaje navideño, el rey Juan Carlos sacó a relucir una palabra que, en sí misma, es la llave que abre todas las puertas oscuras de la gran crisis que padecemos. Esa palabra es confianza. El rey la refería a su necesidad como un estímulo para salir de la crisis y algunos exegetas aledaños al Gobierno  la cogieron al vuelo como una especie de salvavidas, en medio de un clima de deterioro social como casi nunca hemos visto antes. “Eso, hay que tener confianza en nosotros mismos, en nuestra capacidad para remontar esta situación… En definitiva, confianza en las medidas que está tomando el Gobierno…” decía, más o menos, un portavoz.

Sin embargo, cuando compareció ante la prensa el Día de los Inocentes, Mariano Rajoy no quiso apelar a la confianza de los españoles; ni siquiera nos pidió la virtud de la paciencia para esperar los resultados de su gestión, lo cual es muy de agradecer en estos momentos en que las palabras pareen haber perdido su auténtico significado por mor de la corrupción del lenguaje que nos ha aportado  progresismo para disfrazar la realidad. Sí nos ha pedido, a cambio, comprensión y solidaridad, dos palabras que, curiosamente, empiezan a recuperar parte de su valor social aunque el Gobierno no sea precisamente quien se beneficie de ellas.

El caso es que  si el rey ha pedido confianza, el jefe del Gobierno no se ha atrevido a tanto porque es consciente de la desconfianza que ha apoderado de la médula de una buena parte de la sociedad. Pero en ambos casos, el empleo de esa palabra nos remite a la génesis de la crisis, cuando unos desalmados abusaron de la confianza de los inversores, de los necesitados de vivienda, de los incautos en suma, para inflar la gran burbuja de la codicia, del dinero fácil y, en suma, de la falsedad y la mentira. Todavía no se han investigado a fondo en nuestro país las razones morales por las cuales todo un Gobierno, el presidido por Rodríguez Zapatero, no solo trató por todos los medios de ocultar la crisis económica y financiera, sino que siguió endeudándose a sabiendas ya de que no volvería al tener el poder en sus manos, llegando incluso a mentir sobre el volumen del déficit dejado como herencia a su sucesor, el pobre Mariano Rajoy. Pero es evidente que ese Gobierno abusó de la confianza de los españoles, lo mismo que los grandes bancos engañaron a sus inversores, incluidos los más incautos ahorradores y pensionistas que confiaron en las “preferentes” como instrumento para ganar un poco más de futuro.

El resultado es que se ha roto la confianza como argamasa de la convivencia social y ya se sabe que cuando la sociedad deja de confiar en sus instituciones y en sus políticos, bien puede decirse que la democracia misma empieza a tambalearse. Y así, en medio de ese clima de desconfianza, surgen políticos como Artur Mas que tratan de sacar provecho de la fragilidad supuesta en que ha caído el Estado para desafiarlo con pleno descaro. Este Mas es tan solo el paradigma de toda esa cohorte de canallas que se han dedicado al engaño sistemático como medio de supervivencia política y económica aunque luego hayan fracasado en el intento, dejando como legado el lodazal de su codicia.

Pero, en fin, bueno es que se hable ahora de confianza aunque el problema es cómo restablecerla. En cierto modo, puede hacerse un paralelismo entre la crisis –ya podría hablarse, de abismo fiscal, social y hasta cultural- iniciada con las supercherías de Lehman Brothers- y el Año de la Fe emprendido por la Iglesia de la mano de Benedicto XVI, sin duda el más lúcido de los pensadores de nuestro tiempo. El Papa pretende algo tan simple y tan urgente como pedir a los creyentes que recuperen la confianza en Dios, que piensen en qué consiste su fe para poder dar testimonio de palabra, de pensamiento y de obra como remedio para los males que afligen a la humanidad. Si la desconfianza en las instituciones políticas está diluyendo los valores de la democracia, la desconfianza en Dios es lo que está destruyendo el mundo.

Pero no es cosa de profundizar ahora en este doble espejo que refleja el desconcierto de grandes sectores de la sociedad. Lo que si me parece mucho más oportuno y necesario es recuperar el sentido de la palabra “confianza” cuya raíz es precisamente la fe, el fiarse uno del otro. ¿Qué tal un Año de la Confianza en las Instituciones? Porque no basta con pedirla: hay que reconstruirla. Y esa tarea corresponde a toda la sociedad, al Gobierno, a los partidos, a todos los “sabios” que aun conservan el hábito de pensar, desde las academias a las universidades. Y, sobre todo, a la familia, la gran escuela donde se aprende desde pequeño a confiar, a creer, a respetar, a vivir en sociedad.

Por supuesto, habría que hacer un enorme barrido de toda la basura cultural que nos ha traído la apostasía, el relativismo, la corrupción, el descreimiento… Pero justo de eso se trata. ¿Quién recoge el guante para que empecemos a confiar en la Justicia, en los políticos, en la democracia, en los gobernantes, en los profesores, en los médicos, en los sindicatos… y hasta en el registro civil?  Pidámoslo como el mejor regalo de Reyes que podamos recibir.