La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)
SOBRE LA UNIDAD DE ESPAÑA (IV de V).

Nacionalismo y proyecto político totalitario

Si pertenecemos “biológico-socioculturalmente” a una nación, el amor a esa nación es una forma o expresión de la piedad, virtud que asimismo se manifiesta y ejerce en el amoroso agradecimiento a los propios padres biológicos, fuente nutricia, a la familia en su sentido más amplio y a la patria misma como tierra en la que nacemos, donde nos formamos, arraigan nuestros orígenes humanos, descansan nuestros antepasados[1]. Es éste un amor natural fundado y alimentado en nuestra naturaleza y en nuestro nacer, en nuestra nación en el sentido más originario: somos tales o cuales “de nación”, por nacimiento, a nativitate. “Nación” son los nacidos en un determinado territorio y de él procedentes, según el sentido en que se hablaba de las “naciones” presentes en determinadas instituciones y acontecimientos medievales y modernos. Ese amor a la nación es plenamente natural, en cuanto se funda en la naturaleza y asimismo, obviamente, en el sentido en que lo natural es lo normal, lo usual, lo lógico, lo que cabe esperar

Si alguien quiere llamar nacionalismo al ejercicio y expresión de ese amor, ese, digamos, sano nacionalismo o nacionalismo bueno vendrá a coincidir con lo que llamamos también patriotismo, término más libre de connotaciones cuestionables. En el sano patriotismo, el amor a la nación o a la patria no excluye el amor a los otros, ni la pertenencia a “mi” nación impide ulteriores pertenencias, sino que lleva a ellas, por integración en grupos humanos cada vez más amplios hasta llegar al nosotros de la entera familia humana. Es, en cambio, esencial al nacionalismo malignizado convertir la pertenencia nacional en un quiste que fosiliza en su fase fetal[2] a la persona y le impide salir a la luz de un mundo en creciente expansión mediante la integración de graduales compatibles pertenencias[3].

De hecho el término nacionalismo parece hoy referido, preferentemente, a posiciones que han de considerarse merecedoras de graves reparos, cuando no de abierta condena desde muy diversas perspectivas y, por supuesto, desde la moral. Pero, en todo caso, no deja de ser significativo que al criticar el nacionalismo parezca obligado advertir, como quien señala una excepción, que no todo nacionalismo es censurable, que hay un nacionalismo bueno, ese que asimilábamos al patriotismo y que algunos, sin embargo, entenderían que queda rebajado con tal identificación[4]. Habrá, en efecto, quienes partan justamente de considerar que el nacionalismo es algo más o mucho más que patriotismo y que es de suyo, por su propia naturaleza, bueno. El nacionalismo malo vendría a ser una degeneración del nacionalismo sin más, de suyo bueno. Para caracterizar a ese nacionalismo malo se recurrirá a adjetivos descalificadores como los de exacerbado, excluyente, exasperado, radical, agresivo, totalitario,… Como se ve, la mayoría de estos términos apuntan, al menos también cuando no preferentemente, a las actitudes (algo subjetivo) de quienes defienden ese tipo de nacionalismo malignizado, si bien tales actitudes se corresponden, a la vez, con elementos objetivos: por ejemplo, el dogma de la superioridad innata del propio grupo nacional, racial, sobre todos los demás, el supuesto derecho a eliminar o subyugar a grupos étnicos “inferiores” o a expulsarlos del territorio “nacional”, etc…

Ahora bien, la caracterización de los nacionalismos “malos” mediante esos términos negativos no deja de resultar, en todo caso, imprecisa, escurridiza y lleva a pensar que lo malo o lo bueno de los nacionalismos está simplemente en el talante, en las actitudes, en los modos de los correspondientes nacionalistas Por eso es importante identificar el nacionalismo condenable mediante una nota diferencial objetiva en atención a la cual haya de definirse el nacionalismo malo, p.e., como régimen político cuya esencial pretensión es la de imponer mediante el poder, por la fuerza, a todos en un determinado territorio como única, exclusiva y excluyente, una concreta particular cultura nacional (lengua, concepción de la vida y destino de un pueblo, símbolos, rituales etc.).

Ese nacionalismo impuesto, obligatorio, lleva consigo, “por definición”, la violación de derechos de las personas que no comulguen con el ideal nacional-nacionalista de los que mandan y quieran, en ejercicio de sus derechos fundamentales, hablar otra lengua, pensar de otro modo, expresar sus discrepancias… Ciertamente, un sistema político al que le es esencial imponer y mantener como exclusiva una determinada cultura nacional en un determinado territorio no puede realizarse ni sostenerse si admite siquiera la posibilidad de que en ese mismo territorio se fragüen, cultiven, defiendan y propaguen otros proyectos culturales y políticos de democrática convivencia pluralista. Por eso, el nacionalismo como régimen político tiene que someter a todos por fuerza y a la fuerza a la correspondiente confesión nacionalista y, si le es preciso, eliminar o expulsar a los disidentes y no admitir la incorporación de otros que lo sean, esto es, que no participen en la obligatoria comunión nacionalista. Un régimen político nacionalista es, pues, esencialmente antidemocrático, dictatorial, totalitario. Sin duda una organización soberana estatal no-nacionalista puede ser dictatorial, totalitaria, pero no parece posible que no lo sea una organización política soberana nacionalista, en cuanto no es posible realizar y mantener el proyecto político nacionalista sin pasar por la imposición dictatorial, totalitaria, del nacionalismo obligatorio y, por lo mismo, sin anteponer los presuntos derechos de la Nación, idolátricamente hipostasiada, a los derechos fundamentales de las personas.

En el supuesto de una población cuyos componentes todos participaran en la identidad nacional determinante y libremente profesaran el nacionalismo con que se construyera un nuevo estado, la pervivencia de ese proyecto nacionalista sólo sería posible mediante el cierre de esa comunidad a la entrada de cualesquiera “extraños” o la restricción / violación de los derechos personales de éstos, ya que respetar, según una clara exigencia moral, los derechos de las personas disidentes de semejante proyecto sería dejarlo, en último término, expuesto a su frustración y reducido a una loable forma de patriotismo plenamente moral, por cierto. Y si el nacionalista político sostuviera que en su soñado estado nacionalista los extraños podrán cultivar también plenamente sus diferencias, aparte de resultar inconsistente, no podría negar a priori la posibilidad de que él cultive plenamente las suyas propias dentro de un Estado distinto del correspondiente en exclusiva a su nación y se privaría con esto de un argumento-clave para reclamar la constitución de un estado nacional propio exclusivo.

El nacionalismo como defensa de la necesidad de la nación en cuanto fuente de identidad y condición misma de posibilidad de desarrollo de las personas no ofrece reparo moral alguno y en realidad es expresión de amor a esa fuente parental de alimentación cultural. Pero el nacionalismo político, aun el que no presenta prima facie rasgos totalitarios, no resulta conciliable con la democracia, que dice libertad y pluralidad, pues su pretensión constitutiva lleva consigo la implantación de una homogenización total-totalitaria con la que queda laminada toda posibilidad de libertad y pluralidad. De que es así nos han ofrecido recientemente pruebas inequívocas desde determinadas tierras españolas quienes, frente a proyectos normativos que pretenden garantizar la libertad y la pluralidad lingüística y educativa en toda España, se han alzado enfurecidos por considerar que esto constituye “un ataque frontal a la unidad civil del pueblo…”. Esa unidad, por lo que se ve, no es la unidad de una sociedad democrática en la que el ejercicio de la libertad está garantizado y se respeta la pluralidad que de esta libertad deriva, sino la pétrea unidad blindada sin resquicio de un único obligatorio monocorde balido.

No deja de ser donoso fenómeno: el nacionalismo, que invoca las diferencias para defender la suya, su “hecho diferencial”, como base y justificación de su pretensión soberanista, no admitirá diferencia alguna en el panorama homogéneo de su correspondiente proyecto político, sino que impondrá dictatorialmente la homogeneidad de su particular identitaria diferencia dentro del ámbito donde logre realizarse político-estatalmente, en el que no consentirá, sino que reprimirá sin contemplaciones, el cultivo y aun la más ligera presencia de otra diferencia. En suma: el gran defensor de las diferencias extra-contra-grupales es el más absoluto homogeneizador intragrupal.

Juan Pablo II, a quien, junto a su suprema autoridad doctrinal, no puede negársele una intensa vivencia personal del sentimiento nacional y la más decidida defensa de la nación como comunidad, como gran familia cultural, necesaria para la persona, no dudó en advertir: “La historia ha mostrado que del nacionalismo se pasa muy rápidamente al totalitarismo … De esta manera, se anula la solidaridad natural entre los pueblos, se pervierte el sentido de las proporciones y se desprecia el principio de la unidad del género humano”[5]. Y advertía el riesgo grave de que la soberanía fundamental, soberanía cultural, de la nación se convierta en “presa de cualquier interés político o económico”, en “víctima de totalitarismos, imperialismos o hegemonías para los que el hombre no cuenta sino como objeto de dominación y no como sujeto de su propia existencia humana. Incluso la nación —su propia nación o las demás— no cuenta para ellos más que como objeto de dominación y cebo de intereses diversos, y no como sujeto…” [6].

Asimismo, al considerar la catolicidad de la Iglesia, señalaba Juan Pablo II que ésta “no se identifica nunca con una comunidad nacional particular, sino que acoge en su seno a todas las naciones, todas las razas y todas las culturas”. “Por eso, –sentenciaba– cada vez que el cristianismo, sea en su tradición occidental, sea en la oriental, se transforma en instrumento de un nacionalismo, recibe una herida en su mismo corazón y se vuelve estéril”[7]. Para reprobar enérgicamente semejante desviación, recurrirá a palabras de Pío XI en la encíclica (Mit brennender Sorge) con la que éste condenaba el nazismo: «Todo el que tome la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma determinada del Estado, o los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana […] y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios» [8].

¿Quiere todo esto decir acaso que un grupo nacional, una nación, no puede pretender dotarse de una organización estatal, coronar su natural y fundamental soberanía cultural con la soberanía política estatal, aun cuando el logro de ese objetivo suponga desgajarse del estado en el que se encuentra integrada tal vez desde hace muchos siglos? ¿No tiene en ningún caso derecho a decidir esa secesión? ¿Qué es el derecho de autodeterminación? ¿Se puede hablar y juzgar de la bondad moral, de la licitud, de la existencia misma de un derecho a decidir sin considerar “qué” es lo que constituye el objeto, el término, de ese decidir? No pueden eludirse estas cuestiones y habrá que intentar darles una respuesta fundada… Teófilo González Vila.


[1] Cf. Sto. Tomás, S. th. II-II 101, 1.

[2] La imagen del estancamiento fetal producida por el nacionalismo patológico la tomo de Aparicio, Guillermo, Divagaciones socio-psicológico-lingüísticas sobre la tolerancia, conferencia impartida en agosto de 1995, en San Sebastián, con motivo del Año de la Tolerancia de la UNESCO (texto mecanografiado)

[3] Se habla ahora de glocalización: “El contrapunto a la globalización lo pone el término “glocalización”, que es la resultante de un neologismo inglés “think global, act local” –es decir, pensar global y actuar localmente– que resulta de unir las palabras globalización y localización. Con ello se quiere demostrar que la dimensión local y la global no se excluyen… (Corral Salvador, Carlos, El blog de Carlos Corral [BLOG 311]: http://blogs.periodistadigital.com/carloscorral.php/2012/12/03/la-iglesia-entre-la-globlalizacion-y-la-#comments). Recordemos: “El problema de las nacionalidades se sitúa hoy en un nuevo horizonte mundial, caracterizado por una fuerte “movilidad”, que hace los mismos confines étnico-culturales de los diversos pueblos cada vez menos definidos, debido al impulso de múltiples dinamismos como las migraciones, los medios de comunicación social y la mundialización de la economía. Sin embargo, en este horizonte de universalidad vemos precisamente surgir con fuerza la acción de los particularismos étnico-culturales, casi como una necesidad impetuosa de identidad y de supervivencia, una especie de contrapeso a las tendencias homologadoras. Es un dato que no se debe infravalorar, como si fuera un simple residuo del pasado, éste requiere más bien ser analizado, para una reflexión profunda a nivel antropológico y ético-jurídico. Esta tensión entre particular y universal se puede considerar inmanente al ser humano.” (Juan Pablo II, Discurso a la 50ª Asamblea General de las Naciones Unidas, 5 de octubre de 1995, n.7)

[4] “El nacionalismo, especialmente en sus expresiones más radicales, se opone por tanto al verdadero patriotismo, y hoy debemos empeñarnos en hacer que el nacionalismo exacerbado no continúe proponiendo con formas nuevas las aberraciones del totalitarismo…” (Juan Pablo II, e.l., n.11)

[5] Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático, 15 de enero de 1994, 7.

[6] Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, 02.06.1980, n.15.

[7] Juan Pablo II, Discurso al Cuerpo Diplomático, 15 de enero de 1994, 7.

[8] Ibidem.