La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Compasión por Rajoy y condena a los socialistas.

 Magdalena del Amo.- Mi último artículo Quejas y desencanto en el primer aniversario del Gobierno del PP causó algún que otro sarpullido entre los afectos al Partido Popular. Lo entiendo, pero sé que muchos han visto sus pensamientos reflejados en mis palabras. Gústenos o no oírlo, la realidad un año después del 20 N no paga los réditos de nuestra inversión en esperanza. Por eso les ha dolido, como me duele a mí, créanme.

Me escribe un amigo estas palabras a raíz del artículo: “Magdalena, ¿no encuentras ningún resquicio de indulgencia para este Gobierno que tanto nos está decepcionando? ¿Qué hubiera hecho Rubalcaba? Yo le reprocho muchas cosas, como su conformidad con el matrimonio homosexual, el no haber asentado el matrimonio entre hombre y mujer, con una defensa a ultranza de la familia; el dejar colgada la clase de Religión; el no haber sido mucho más firme con el separatismo catalán o con los sicarios de ETA. Pero, ¿qué alternativa tenemos en el terreno económico? Ya sé: que se hundan los bancos “malos” y, acaso, dejar de pagar las deudas pendientes para no hacer recortes, ni imponer nuevas tasas. En fin, parece que eso le gusta mucho a Rajoy”.

Mi querido amigo: Sé que Rajoy no recorta por gusto. Creo que no es ni mala persona ni masoca. Qué más quisiera él que gobernarla Españadel 96. Porque  está claro que cuando España votó masivamente en las generales, lo hacía en esa clave: la de reactivar la economía, generar empleo y acabar con el paro. Pero otro segmento importante de la población, sin despreocuparse de la economía, lo hacía en clave valores, y entre ellos me encuentro. Por eso entiendo bien sus decepciones en este ámbito. En cuanto al resquicio de indulgencia que me pide, ¿por qué razón? Tiene Rajoy indulgencia con quienes lo hemos defendido desde aquella sangrienta derrota del14 M, en medio del luto de dos centenares de inocentes y el resto de España herida de muerte. Ese mismo día empezó mi lucha, y no sabe cómo. Cada vez que Zapatero y sus ministras del esperpento del género –miren lo que dicela RealAcademiaal respecto—, seguidoras de  Beauvoir mimetizadas en Greer, Millet y Firestone, sacaban una de sus ocurrencias contra natura, o propias de las antiguas sociedades precristianas de barbarie, izábamos el estandarte de la defensa de los valores, contra los que estaban ahí “no para gobernar, sino para cambiar la sociedad, Zp dixit.

Sí, querido amigo. Fueron casi ocho años de lucha, de sufrir por aquel pacto del Tinell inmundo, aquel cordón sanitario del argentino listillo que chupa de nuestras arcas, de los de la ceja pidiendo la eutanasia y el cierre de las iglesias, de animar y defender a un Partido Popular que siempre le declaraban perdedor en los debates sobre el estado de la nación, o que su líder era de los peor valorados y distaba mucho del aprobado. Hicimos casi oídos sordos –mea culpa—en aquel congreso a la búlgara de Valencia. Y ni siquiera criticamos demasiado cuando se le dio la patada a María San Gil o los feos continuos a Mayor Oreja, porque había que “modernizar el partido”.

Y al partido llegaron las tecnócratas damas de Rajoy con el virus de la ambición sin límites. Más modernas y progresistas que las de izquierdas. Divorciadas, hijos in vitro, algunas nunca tendrían un hijo con malformaciones –porque se lo quitarían, claro—, otras presumen de no ir a misa y no estar casadas. Y para poner el broche, llega la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, y propone que se elimine de los estatutos del PP la alusión al humanismo cristiano. Presumen de aglutinar diferentes sensibilidades. Es el nuevo eufemismo para justificar la manga ancha o el vale todo.

En cuanto a valores, no crea que hay tanta diferencia entre unos y otros. Más bien creo que los socialistas son los zapadores que hacen el trabajo sucio, y luego el PP va al rebufo dejando estar las cosas. Pero hay más, querido amigo. He defendido tanto al PP, que solo me faltó pedir el voto. Y no me arrepiento porque hice lo que me parecía mejor para España. Porque creía en el programa de Mariano Rajoy. Sin embargo, ahora tengo que oír a todas horas con cierto retintín: Son los tuyos.

¿Qué me dices ahora?  ¿Dónde está la confianza? ¿Dónde está el empleo? Y claro, no voy a recordarles a cada momento aquello de la herencia, que es verdad, pero eso ya estaba descontado. Y Rajoy se tiró a lo fácil. Se está ensañando con los ciudadanos de clase media que pagan sus impuestos doblemente, y con los más desfavorecidos por edad o condición: dependencia, teleasistencia, enfermos de sida, drogadictos, sin techo, grupos de apoyo a cuidadores… en fin, no estaría de más que los tecnócratas peperos dieran un repaso a las Obras de misericordia y a las Bienaventuranzas que aprendieron de niños.

Que Cáritas se vea desbordada porque los políticos de un país desarrollado han perdido la rosa de los vientos, da vergüenza. Sobre todo porque hay mucho de donde recortar; hay mucho de donde ahorrar, sin estrangular al ciudadano. ¿Se ha dado cuenta que para la casta política no hay crisis? ¿Que ellos siguen viviendo a lo grande? Por eso no puedo ser indulgente. Amigo mío, la sociedad está enfermando de desesperanza. Y no sé si este desequilibrio se cura una vez cronificado. ¿Que qué hubiera hecho Rubalcaba? No quiero ni pensarlo, pero no es mi cosa. Jamás le he votado y solo espero que esta travesía del desierto por la que pasan dure muchos lustros. Por eso, querido amigo, no le compro la comparación.

No sé qué podríamos hacer o decir para que Rajoy reaccionase y dejase de  aguijonearnos. Haría falta un milagro o si no, un acto de magia. No sé si enLa Moncloahabrá muchas lámparas de esas de mesa que hay que limpiar frotando. Lo digo por si cabe la esperanza de que el genio de Aladino retorne y le conceda, al menos, un deseo. ¿Qué le pediría Rajoy al genio de la lámpara?