La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La división como algo destructivo

 César Valdeolmillos Alonso. Periodista.- 

“Lo que hace que Estados Unidos sea excepcional son los lazos que mantienen unida a la nación más variada del mundo”

 Barack Obama

Presidente de los Estados Unidos.

Tal día como hoy, hace 508 años, la Reina Isabel la Católica dejaba este mundo en el castillo de La Mota, en Medina del Campo, en Valladolid, a los 53 años de edad.  

No podemos decir que quien logró restituir la unidad de España, uno los países más antiguos del mundo y por supuesto el más antiguo de Europa, tuviera una vida demasiado feliz. Perdió a su padre, el Rey Juan II de Castilla, cuando tenía poco más de tres años, siendo educada en Arévalo por su madre, Isabel de Portugal, piadosamente y con desvelo, lo que no fue obstáculo para que a los 13 años, su hermanastro, el maquiavélico Rey Enrique IV, la separase de su madre junto a su hermano Alfonso, con el pretexto de completar su educación, cuando el motivo real era tener a ambos hermanos bajo su control y exponerlos a un desprestigio premeditado ante los nobles de la corte, que eran en realidad quienes ostentaban el verdadero poder.

No obstante, yo diría que la Reina Isabel, fue la primera defensora de los derechos de la mujer que contempla la Historia de España, pues teniendo en cuenta el sometimiento que en aquella época la mujer tenía al varón, fundamentado en una estructura patriarcal de la sociedad, ella se mantuvo muy firme en contra de las reiteradas maniobras de su hermanastro el Rey, para casarla con Carlos, príncipe de Viana; el Rey Alfonso V de Portugal; con don Pedro Girón, Maestre de Calatrava y hermano de don Juan Pacheco o el duque de Guyena, hermano de Luis XI de Francia, para alejarla de Castilla y evitar de este modo su pretensión de ser la heredera legítima al trono de Castilla. Sin embargo, Isabel, con no más de dieciséis años, hizo valer en todo momento su derecho a casar con la persona que libremente eligiera. Pocas mujeres en aquella época se hubieran atrevido a contradecir a sus mayores en este tema y muchísimo menos a su Rey y señor.

Otra de las circunstancias en las que defendió con firmeza, su legitimidad en cuanto al gobierno de sus dominios se refiere, fue en las capitulaciones que impuso para que se celebrase su boda con su primo segundo, Fernando de Aragón. Ambos deberían mantener igual autoridad, un principio que quedó patentemente reflejado en el lema, «Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”. Algo que iba muy en contra de lo usos de la época, en los que habiendo Rey, la Reina se limitaba al papel únicamente necesario para asegurar la continuidad de la dinastía, pero que en la práctica carecía del menor poder, al estar sometida al de su esposo y Rey.

La unión de Isabel y Fernando, supuso, además de la unidad de España —la misma que ahora, 500 años después, una serie de traidores a su patria pretenden destruir— convertir al país en el Estado más moderno de Europa, pues entre las medidas que tomaron fueron las de reducir el poder de los nobles, quienes habían adquirido una posición casi independiente de la corona, haciendo poco menos que imposible el buen gobierno. Algo muy similar a lo que hoy ocurre con las autonomías y sus presidentes.

Entre las medidas que tomaron, podrían mencionarse brevemente, el establecimiento de la Santa Hermandad, una fuerza militar permanente y perfectamente organizada, destinada a proteger a personas y propiedades, contra la violencia de los nobles, algo que en nuestros días volvería a ser muy necesario para luchar contra la corrupción rampante de los poderes autonómicos.

Otro de los aspectos decisivos en esa modernización de España que fue ejemplo a tomar en otros muchos reinos, tuvo por objetivo la renovación y adecuado ordenamiento de la Justicia, llevando a cabo una organización sensata de los tribunales, y estableciendo el Tribunal en Valladolid, que era como el Tribunal Supremo de hoy, pero sin politizar. Hoy, 500 años después, esto es algo por lo que sigue clamando España.

Una revolucionaria medida tomada por Isabel y Fernando, fue la abolición del derecho de los nobles de acuñar moneda, lo que impulsó la prosperidad del país al facilitar el libre comercio. Todo lo contrario de lo que dificulta hoy la inversión, al existir diecisiete legislaciones diferentes.

No fue de menor importancia la revocación de privilegios extravagantes hechos a ciertos nobles durante el reinado de los últimos monarcas: Algo muy similar a lo que ha sucedido en los últimos 34 años con los dirigentes nacionalistas. La eliminación de dichos privilegios, llevó aparejada la demolición de sus castillos, los cuales constituían una amenaza a la paz pública, al tiempo que revertían a la corona, la superioridad de las órdenes militares.

Soy consciente de que lo que voy a decir es anatema para los interesados y serviles seguidores de lo políticamente correcto, pero como se puede apreciar, muchas de las avanzadas e innovadoras medidas que constituyeron hace 500 años, la base de la grandeza y el poderío de España en el mundo, nos hemos dedicado después a destruirlas por medio de nuestras luchas cainitas, al extremo de haber posibilitado con la instauración de las autonomías, a que surjan nuevamente aquellos reyezuelos de taifas que usaban de los privilegios concedidos por reyes débiles y faltos de autoridad, como ahora les pasa a los distintos gobiernos centrales de la nación, al objeto de obtener su apoyo para ceñir una corona, que entonces, al igual que ahora, tenía cada vez menor poder en la gobernación del reino.

¿Cómo hemos llegado a la falta de conciencia del sentimiento que deberíamos experimentar cómo país? Quizá hace tiempo que nos falta ese objetivo común al que se refería Ortega y Gasset cuando dijo: “Los hombres no viven juntos porque sí, sino para acometer juntos grandes empresas”.