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Jesús Ortiz: “El Año de la Fe es una ocasión de oro para mostrar al mundo y a los mismos creyentes la alegría de la fe”

Elena Cabrera.- ¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Pueden los hombres levantar su paraíso al margen de Dios? ¿Es razonable tener fe en la resurrección? Estas y otras muchas cuestiones las responde en el libro “Mapas de la vida eterna” el sacerdote Jesús Ortiz López, doctor en Pedagogía y en Derecho Canónico, con una amplia experiencia en el ámbito de la docencia.  Sobre su nuevo libro y cuestiones como la eternidad, la santidad y la esperanza nos habla a continuación.  

– Su libro “Mapas de la vida eterna” trata de responder a las preguntas que todo ser humano se hace alguna vez en su vida como, por ejemplo, qué hay más allá de la muerte. Curiosamente, dentro de ese clima de apostasía que se extiende por la sociedad, se está dando el caso de muchos cristianos que no creen en la eternidad, en la otra vida. ¿Cómo explica un teólogo como usted la eternidad?

– En un encuentro de Benedicto XVI con los jóvenes en Roma una chica le mostró su perplejidad ante la vida eterna que no podía imaginar. El Papa le respondió con sinceridad y cariño que él tampoco la podía imaginar porque es tan grande, tan de Dios lo que ha preparado para los que le aman, que en esta tierra fracasan nuestras ideas. Sin embargo -añadía- la fe en Cristo resucitado es un hecho real acerca de su triunfo sobre la muerte. Suelo explicar en clases y disertaciones que la eternidad no es un tiempo infinito sino lo contrario al tiempo: es la vida de Dios en relación continua de conocimiento y amor.

El escritor agnóstico Borges, siempre inquieto con la trascendencia, decía que no quería el Cielo porque ya en la tierra estaba cansado de ser Borges y sería una tortura seguir siempre así. Caía en el error de imaginar el Cielo como un tiempo indefinido, y no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios, Salvador de todos los hombres.

En este “Mapa de la Vida Eterna“ menciono un documento de los obispos españoles que aborda el tema de la reencarnación para rechazarla por ser un mal sucedáneo del Purgatorio. Dicen que las modernas teorías reencarnacionistas no dejan lugar para la gracia de Dios, la única que puede redimir al pecador y purificar al justo, porque son incompatibles de raíz con la fe en que el mundo y el hombre son creación de Dios en Cristo; “por eso ni una ni mil reencarnaciones bastaría de por sí para conducirle a su plenitud“.

– Mucho se ha hablado últimamente –y a ello contribuyen bastantes predicadores- de que no existe ni el infierno ni el purgatorio, lo cual ha devaluado el esfuerzo que exige tener fe… ¿Qué pasa con el castigo y el premio que ha sido siempre fundamental en la enseñanza de la doctrina cristiana? ¿Es tan “barato” el cielo como algunos sugieren dada la inmensa misericordia divina?

– El Catecismo enseña explícitamente la existencia del Cielo como vida plena de felicidad en Dios, y el infierno como estado de condenación por resistirse obstinadamente a las gracias de Dios. Mientras en el Cielo todo es amor y felicidad, en el infierno todo es odio e infelicidad: es el fracaso definitivo de la persona y lo ve con una claridad pasmosa.

Incluso quienes no han conocido a Jesucristo, como Platón, suponen la existencia de una felicidad trascendente y de una condenación; por eso el gran filósofo griego afirma que al final de esta vida no se sentarán en la misma mesa del banquete las víctimas y sus verdugos, como cita Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza cristiana.

No hay que olvidar que la misericordia de Dios se identifica con su justicia. Al mundano le interesa esconderse en la misericordia de Dios viniendo a negar su justicia. En cambio, la lucha espiritual por crecer en las virtudes, sobre todo la caridad con Dios y con el prójimo, pasa por querer la Voluntad de Dios por encima de las propias conveniencias. El Cielo no es barato ni caro, es el premio a la fidelidad, al amor y la fe que permiten al Espíritu Santo configurarnos con Cristo.

-¿Es compatible la misericordia de Dios con el “aburguesamiento” de la fe?

– Aunque me parece haber respondido antes puedo añadir que este Año de la Fe es buena ocasión para redescubrir la fe como la respuesta vital de cada cristiano por corresponder con generosidad a los dones de Dios. Al riesgo que Dios ha corrido al hacernos libres, no marionetas, responde el riesgo de la fe formada que se fía de Dios, de Jesucristo y de quienes son sus ministros en la Iglesia.

Un expediente muy cómodo y cobarde es el del agnosticismo que suspende la respuesta a la cuestión sobre Dios y se cruza de brazos en la indefinición. O también de quienes se amparan en las miserias de los eclesiásticos y de otros cristianos para descalificar a la Iglesia como instrumento de salvación.

Corren el riesgo de pasarse la vida teorizando pero sin comprometerse en la acción caritativa, en contraste con la Iglesia desde su origen. Ahora, en la crisis que padecemos por causa de la inmoralidad insolidaria de unos pocos, se descubre más la acción de “Caritas“ y otras labores asistenciales de la Iglesia, es decir, de los creyentes que arriman el hombro para remediar el hambre del mundo.

En realidad, ¿qué se nos exige a los católicos para alcanzar una felicidad eterna? ¿Es fácil ser santo?

– Ser santo no es fácil ni difícil, pues el que más se parece a Cristo ese es más santo, más de Dios, solía decir San Josemaría. Es una cuestión de fidelidad, de compromiso fuerte, apoyado en la gracia del Espíritu Santo más que en las fuerzas humanas. Las acciones caritativas, de enseñanza y de orientación de la Iglesia desde sus comienzos, relatadas en los Hechos de los Apóstoles -libro muy oportuno para releer en este Año de la Fe-, todo eso representa la dimensión social de la fe. Por eso resulta ridículo el laicismo trasnochado forzando a los creyentes para que no se pronuncien sobre el derecho a la vida en el Congreso, a la libertad religiosa vivida en la calles, a manifestarse por la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos, etc. Precisamente porque creemos en la vida eterna, por eso mismo nos arremangamos y aplicamos a trabajar como el que más en todos los ámbitos de la sociedad para humanizarlos y defender la dignidad de los hombres.

-En definitiva, ¿en qué consiste la esperanza cristiana?

-Vuelvo a recordar que este Año de la Fe es una ocasión de oro para mostrar al mundo y a los mismos creyentes, la alegría de la fe, como dice Benedicto XVI. Esto hemos visto siempre en la JMJ en Madrid y antes en Roma, Colonia, o Australia,  y lo veremos en Río de Janeiro. Ninguna institución tiene la misma capacidad de convocatoria con los jóvenes, con las familias y con los educadores, aunque a veces nos fijemos más en los datos negativos.

Hay que recordar además que la Iglesia no vive de la sociología -no lo hizo Jesús ni los Apóstoles-  sino de la teología, que es el conocimiento del Dios vivo y de su compromiso de salvación con los hombres. Los creyentes no vivimos solo de las pequeñas esperanzas humanas sino de la gran esperanza en Cristo Resucitado, somos más ambiciosos que los mundanos. Solo con conformamos con Dios.