La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)
EN SU PONENCIA EN EL CONGRESO DE CATOLICOS Y VIDA PUBLICA SOBRE LA HISTORIA DE LOS ULTIMOS CINCUENTA AÑOS

Marcelino Oreja destaca el carácter constitucional de los Acuerdos entre el Estado y la Santa Sede y rinde homenaje a la labor de la Iglesia

El que fuera ministro de Asuntos Exteriores en los Gobiernos de la UCD, Marcelino Oreja Aguirre, ha desmentido rotundamente las insinuaciones que suelen hacerse desde algunos círculos políticos a propósito de una supuesta inadecuación de los acuerdos entre España y la Santa Sede a la Constitución. Con la autoridad que le confiere el hecho de que fue uno de los principales negociadores de estos acuerdos, Marcelino Oreja, que en su ponencia inaugural del XIV Congreso de Católicos y Vida Pública hizo un pormenorizado recorrido histórico sobre lo  ocurrido en las relaciones Iglesia-Estado en los últimos cincuenta años, es decir, desde la celebración del Concilio Vaticano II, hizo especial hincapié en el empeño que se puso durante la negociación de aquellos acuerdos, precisamente para acomodarlos a al texto constitucional.

Presentado por Juan Caamaño, Secretario nacional del Secretariado para la Nueva Evangelización de la ACdP, organizadora del Congreso junto a la Universidad CEU-San Pablo, Marcelino Oreja evocó en su conferencia el clima de tensión que caracterizó las relaciones de la España de la época de Franco con una Iglesia decidida a abrir sus ventanas al aire fresco del “aggiornamiento” y que, de inmediato, puso de manifiesto las contradicciones del nacional-catolicismo de entonces con el respeto de las libertades y los derechos humanos y que el Concilio desautorizó sin ambages. En su bosquejo histórico, el ex ministro, que hoy preside la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y que vivió tan de cerca la evolución de las relaciones del Estado con la Iglesia en los años sesenta y setenta, se refirió a la preocupación suscitada en el Gobierno español primero por los debates conciliares y luego con los documentos finalmente aprobados en el Concilio y que pusieron de manifiesto las profundas contradicciones del sistema político español con la doctrina de la Iglesia, especialmente en lo que se refiere a la libertad religiosa.

Recordó el conferenciante las tensas relaciones que entonces se generaron y que si bien tuvieron una primera consecuencia con la reforma del artículo 6 del Fuero de los Españoles entonces vigente, prosiguieron incluso después de la muerte de Franco,  hasta que, finalmente, el Rey don Juan Carlos decidió personalmente renunciar al derecho que esgrimía el Estado español de presentación de un listado de candidatos al obispado para que el Vaticano seleccionase una terna. Esta cuestión, que atentaba contra la autonomía de la Iglesia, agrió durante largos años la relación con la Santa Sede al extremo de que ésta última, de acuerdo con la Conferencia Episcopal, decidió dejar vacantes hasta una veintena de diócesis mientras el Gobierno de Franco amenazaba con revisar el Concordato existente. Fue entonces cuando se produjeron los casos Cirarda y Añoveros al tiempo que la diplomacia española se esforzaba por evitar la ruptura coincidente con la voluntad de Pablo VI que, ciertamente, exigía una evolución del régimen político español. A este propósito reveló que Arias Navarro, ya presidente del primer Gobierno de la monarquía, llegó a decir que el Papa odiaba a España y a los españoles, un sentimiento que se extendió en buena parte de la sociedad pero que el propio Marcelino Oreja, en una entrevista con el Santo Padre, tuvo la oportunidad de  comprobar justo todo lo contrario: el profundo amor que sentía por nuestro país.

En su detallado relato, Marcelino Oreja no dejó de rendir homenaje al trabajo desarrollado en aquella época por Fernando María Castiella como ministro de Asuntos Exteriores y Antonio Garrigues como embajador en el Vaticano y luego ministro de Justicia, así como, de manera muy especial, a quien fue presidente de las Cortes, Landelino Lavilla y así como al entonces presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Vicente Enrique Tarancón del que destacó su papel fundamental en la reconciliación de los españoles después de la dictadura.

Pasado este período de tensiones, Oreja Aguirre se centró en la negociación de los nuevos Acuerdos Iglesia-Estado que tuvieron como claves decisivas las relacionadas con la libertad religiosa como deber del Estado, el matrimonio, la enseñanza de la religión y el régimen económico de los profesores de esta materia. En esta fase, el Gobierno de Suarez quiso esperar a que se aprobase la Constitución en referéndum para que esos acuerdos estuviesen plenamente conformes con el texto. Ahí es donde puso especial énfasis en refutar las alegaciones que desde algunos medios hostiles a la Iglesia se hacen a propósito de carácter constitucional de esas acuerdos internacionales. Y precisamente a este propósito afirmó que el mejor recuerdo que guarda de su vida como diplomático y político fue justo el tiempo en el que participó en las elaboración y negociación de estos Acuerdos.

En la parte final de su conferencia, Marcelino Oreja hizo alguna referencia a las nuevas tensiones que se han registrado en relaciones con la Iglesia durante los recientes gobiernos socialistas que intentaron, incluso, reformar la ley de libertad religiosa desde una perspectiva contraria al espíritu y la letra de la Constitución y que hoy están prácticamente superadas. A este propósito apostilló que negar a la Iglesia legitimidad para su expresión es inmoral y antidemocrático” y al analizar el contexto en que los creyentes tienen que desenvolverse en la actualidad añadió que la fe se ve obligada a convivir con un clima de “increencia difusa, ateísmo explícito e ideologías con cierta pretensión religiosa”. Se trata de un ambiente que amenaza con ser disolvente para las convicciones de los propios creyentes, ya que, como consideró el ponente, es apreciable en nuestros días cómo estas concepciones han conseguido “impregnarse difusamente, alcanzando incluso la opinión vacilante de algunos católicos”.

Presentado el panorama, Oreja llamó a los católicos a la “renovación de la fe”, lo que, a su parecer, “es hoy el gran desafío de la Iglesia” si bien no se mostró del todo pesimista en la medida de que “si es cierto que existe una crisis de fe, también lo es que permanecen vivos los estratos más profundos”.

Como conclusión expresó su preocupación por la lenta secularización de la sociedad, acentuada a partir de las dos anteriores legislaturas y se refirió a la imagen parcial y simplificadora que algunos medios de comunicación se empeñan en dar de la Iglesia, razón por la cual echó de menos la existencia de periódicos católicos como el “Ya” y “El Debate dada la necesidad de introducir en el debate público referencias intelectuales y morales como contrapunto de los medios laicistas. También expresó su nostalgia a propósito de la ausencia de líderes políticos de la talla de los Adenauer, Monet o De Gasperi como fundadores de una Europa que, en esencia es cristiana aunque hoy se trate de desfigurarla. Y como colofón quiso dejar bien sentado que las doce estrellas que figuran en la bandera azul de Europa son las que figuran en la corona de la Inmaculada Concepción y cuyo diseño fue aprobado, precisamente, un 8 de diciembre, es decir, el día de su festividad. Sus últimas palabras fueron para recordar el grito de Juan Pablo II al tomar posesión de su pontificado: “No tengáis miedo”… a la intimidación del secularismo agresivo y justo a eso respo0nde el Congreso de Católicos y Vida Pública asimo el ideal de la ACdP…