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Andrés Pardo, Delegado Episcopal de Liturgia: “La reforma litúrgica del Vaticano II ha sido la más importante y amplia en la historia de la Iglesia”

El pasado 11 de octubre se cumplían 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II, que introdujo numerosos cambios y aportó novedades a la vida de la Iglesia. Uno de los aspectos renovados más visible fue el de la Sagrada Liturgia. Nuestra diócesis lo recordará los próximos días 5 al 7 de noviembre, durante el cursillo de Liturgia que se celebrará en el salón de actos del Seminario Conciliar, y que contará como ponente e invitado extraordinario a quien fuera durante muchos años Maestro de Ceremonias del Beato Juan Pablo II, Mons. Piero Marini. De la reforma litúrgica y de su aportación a la Nueva Evangelización hemos hablado con el Delegado Episcopal de Liturgia, Andrés Pardo. 

– ¿Cómo se vivía la Liturgia antes del Concilio Vaticano II?

La Liturgia ha mejorado notablemente desde el Concilio Vaticano II. Es un hecho comprobable por todos. Se ha pasado de una Liturgia en latín, en silencio, y con el celebrante de espaldas al pueblo, a una celebración en nuestra lengua, que ayuda a entender las oraciones y los textos sagrados que se proclaman, a superar la pasividad de la asamblea y promover una mayor participación.

Antes, en la Liturgia anterior al Concilio, los Misales de los fieles eran para algunos los ‘traductores manuales’ de los formularios litúrgicos y de los textos de la Sagrada Escritura que estaban en latín. Pero no eran libros de todos los que asistían a la celebración de la Misa.

Es verdad que la Misa parroquial, en algunos templos, tenía una cierta solemnidad. El celebrante cantaba los textos del Ordinario de la misa, se utilizaba el órgano y había un amplio servicio de numeroso acólitos. En muchas parroquias, en el canto de la Misa de Angelis  participaba una gran mayoría de los asistentes y también se utilizaban cantos para la comunión. Lo mismo se puede decir en la exposición vespertina con el Santísimo. Pero lo devocional estaba muy metido en la religiosidad popular, y era bastante frecuente que individualmente se rezase el Rosario u otras oraciones. En algunas Misas se predicaba durante toda la celebración; se leían las pastorales de los obispos.

– ¿Qué cambios aportó el Concilio Vaticano II a la Liturgia?

No sólo se reformó y enriqueció el Misal y los leccionarios, sino también la celebración de todos los rituales de los sacramentos, tarea que se hizo de forma progresiva: Bautismo, Matrimonio, Exequias…etc. Por ejemplo, en las celebraciones exequiales, no se valoraba su importancia por la presencia numerosa de sacerdotes y la multiplicidad de los responsorios finales por los difuntos. La predicación y los textos ayudaban a entender y profundizar en el sentido pascual de la muerte cristiana. Desaparecieron los catafalcos.

– ¿Qué otras cosas se pueden destacar de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II?

La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II ha sido la más importante y amplia en la historia de la Iglesia. Se ha conocido el Concilio Vaticano II gracias a la Liturgia más que por los documentos conciliares, teológicamente muy densos y difícilmente asequibles para el pueblo. Pero no debemos quedarnos satisfechos con la publicación de los libros litúrgicos en la lengua de la vida, del trabajo… en nuestra propia lengua. Ni tampoco es suficiente haber puesto el altar de cara al pueblo. Hay una tarea todavía pendiente: llegar a una renovación litúrgica que afecte a todo el pueblo de Dios. Una renovación interior, espiritual, y mucho más comprometida que, superando el sentido subjetivo o personal, nos empuje  a una verdadera conciencia comunitaria que nos afecta a todos. Todos somos ‘celebrantes’, no sólo el que preside. Y hay que superar la pasividad de la escucha de los textos oracionales y bíblicos, para poder llegar a una vivencia, meditación y oración que mejore nuestro testimonio creyente y nos mueva a ser testigos de la verdad que creemos, y a evangelizar, dando a conocer más a Cristo como Hijo de Dios y Salvador del hombre.

– ¿Qué puede aportar la Liturgia a la Nueva Evangelización?

La Nueva Evangelización consiste en anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios y así vivir la fe en la Iglesia. Esta es la Nueva Evangelización. Porque nuestra sociedad tan convulsa y cada vez más secularizada necesita la luz de la Verdad, que es Cristo, y el testimonio de caridad de todos los bautizados. Este es nuestro reto y compromiso pendiente.

– ¿Y a la Misión Madrid?

Misión Madrid lo que pretende es subrayar la urgencia, como dice nuestro Cardenal Arzobispo, de ser servidores y testigos de Cristo, porque vivimos en un mundo de gran confusión de valores, en el que lo ‘religioso’ no tiene para muchos buena prensa. Todos tenemos que celebrar mejor, alimentarnos más de la Palabra de Dios, tomar fuerzas renovadas de la Eucaristía… No son ‘recetismos’ de cosas puntuales lo que nos ayudará a evangelizar, sino una verdadera conversión personal para sentirnos actores y miembros vivos de la Iglesia de Cristo.

 – ¿La gente ha asimilado la renovación litúrgica del Concilio?

Es verdad que el pueblo ha percibido lo externo en la disposición de nuestros templos, del presbiterio, que tiene tres polos importantísimos: altar, mesa de la Eucaristía; el ambón, mesa de la Palabra; y la sede del celebrante, que es al mismo tiempo voz de Cristo para la Asamblea y voz de la Asamblea para Dios. Pero también es verdad que la Iglesia manifiesta su fe de la misma manera que ora y ora de la misma manera que cree. La liturgia es norma de la fe de la Iglesia.

 

– ¿Qué diferencias reales hay entre el modo de vivir la gente la liturgia antes y después del Concilio?

La liturgia nos exige siempre implicarnos y responsabilizarnos todos los bautizados en la vivencia del Misterio central de la fe que es la Muerte y Resurrección de Cristo que es nuestro Salvador.

Un buen celebrante ayudará notablemente a una mejor y más viva participación de la Asamblea de los fieles. Y una buena Asamblea ayudará también al propio celebrante, porque son como dos vasos comunicantes: pueblo y sacerdotes.

La celebración litúrgica no tiene que ser, cada domingo, un estreno mundial de ritos y textos que falsamente pretenden llamar la atención de los asistentes; esto más bien les desorienta. La Iglesia nos da las rúbricas y los textos oracionales y bíblicos decantados a lo largo de la historia, que debemos respetar. El folclore de aspectos tangenciales y la letra de algunos cantos no ayudan a celebrar la fe, sino que provocan una desorientación y sorpresa. Lo mismo que en el campo deportivo o taurino se cumple y se respeta el reglamento, así  debía acontecer en todas las celebraciones. El celebrante no es un presidente dictatorial que impone su gusto personal a una Asamblea que debe y quiere ser totalmente fiel a la Iglesia y a lo que nos ha enseñado en su Magisterio.

 Las celebraciones en la Catedral de la Almudena pueden ser un buen punto de referencia de cómo se debe celebrar y de cómo el pueblo fiel debe participar. Debemos tener siempre presente que la liturgia es confesión de fe. No puede haber verdadera evangelización sin liturgia, que es fuente y culmen de toda misión eclesial.