La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Padres huelguistas

Carlos Jariod. Periodista.- Hay ciertos acontecimientos que para entenderlos es necesario vencer una natural repugnancia. El rechazo ante lo obsceno o inmoral es imprescindible en un cierto nivel, pero puede llevarnos a actitudes poco reflexivas y viscerales que, en un orden más elevado, entorpecen un juicio sosegado. Es el caso del crimen del aborto, la pederastia, el terrorismo, la violencia ejercida “por razones de Estado” o la tortura. La comprensión de estas perversiones humanas no quita un ápice a la repugnancia que producen –quizá la aumenta-; nos ayuda, en cambio, a reconocer la verdad de las palabras de Víctor Frankl que, cuando se preguntaba qué es el hombre en su conocido libro El hombre en busca de sentido, afirmaba que “es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con un paso firme musitando una oración”.  

Estos días hemos conocido perplejos que unos padres que desean lo mejor para sus hijos se han negado a llevar a éstos a sus centros escolares. Al calor de esa convocatoria de esos padres huelguistas, junto con un sindicato de estudiantes de extrema izquierda, unos jóvenes en Mérida han asaltado institutos de esa localidad y un colegio religioso al grito de ”¡dónde están los curas, que los vamos a quemar!”. Lo más interesante es que quienes aullaban de ese modo portaban banderas rojas con la hoz y el martillo y el perfil de Lenin reclamando libertad y democracia.

¿Cómo es posible que un padre que quiere lo mejor para su hijo se niega a llevarle al colegio o al instituto? ¿Cómo es posible que haya jóvenes en el siglo XXI que quieran quemar a curas al grito de democracia y libertad?

Jean-François Revel nos ayuda a dar una explicación a esos dos hechos repugnantes: “Al mismo tiempo que la percepción de lo real, la ideología suspende el ejercicio de la conciencia moral. Más exactamente, es la ideología la que sirve de criterio para distinguir entre el Bien y el Mal. Bajo su imperio, una baja calumnia, una injuria abyecta, resulta lícita cuando se trata de herir a un recalcitrante. El ideólogo no desea conocer la verdad, sino proteger su sistema de creencias y abolir, espiritualmente, ya que no puede hacer nada mejor, a todos los que no creen lo mismo que él. La ideología se fundamenta en una comunión en la mentira, implicando el ostracismo automático de quienquiera que rehúse compartirla. Ésa es la razón por la cual implica simultáneamente la suspensión de las facultades intelectuales y del sentido moral”.

Más adelante el mismo autor se pregunta qué es la ideología y responde: “Es una triple dispensa: dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral. La primera consiste en retener sólo los hechos favorables a la tesis que se sostiene, incluso en inventarlos totalmente, y en negar los otros, omitirlos, olvidarlos, impedir que sean conocidos. La dispensa práctica suprime el criterio de eficacia, quizá todo valor de refutación a los fracasos. Una de las funciones de las ideologías es, además, fabricar explicaciones que los excusan. (…) La dispensa moral abole toda noción de bien y de mal para los actores ideológicos, o más bien, el servicio de la ideología es el que ocupa el lugar de lo moral. Lo que es crimen o vicio para el hombre común no lo es para ellos.”

No es extraño que para Revel el enemigo actual del hombre no sea la ignorancia, sino la mentira. Me parece extraordinariamente urgente una reflexión filosófica sobre la mentira: no basta con descubrir los mecanismos psíquicos o políticos de la mentira –en gran medida ya revelados-. Si Aristóteles comenzaba su Metafísica con la lapidaria declaración de que “todos los hombres desean por naturaleza saber” quizá podamos presentir que también “todos los hombres necesitan defenderse de la verdad”. La mentira, a diferencia de la ignorancia, tiene una función de ocultamiento de una verdad que se intuye peligrosa o hiriente. La mentira, mucho más que la ignorancia, es un magnífico recurso para instalarnos cómodamente en un mundo hecho a semejanza nuestra, aunque sea en perjuicio de la realidad.

Invito a leer el documento de los padres huelguistas sobre el anteproyecto de ley de educación del gobierno, colgado en su página web. Es un documento que responde matemáticamente a las características de una ideología educativa al servicio no del bien educativo de nuestros hijos, sino al servicio de intereses políticos de grupo. Es un texto que harían suyo el Sindicato de Estudiantes, los sindicatos de izquierda, IU y PSOE. Un documento que propone recetas empíricamente fracasadas, plagados de juicios de valor y políticos. Es la radiografía de lo que debe seguir siendo la educación para la izquierda. La radiografía de un fracaso.

Por ello, no es extraño que algunos padres que quieren lo mejor para sus hijos entren en contradicción con sus deseos y se hayan negado a llevar a sus hijos al colegio. Por eso, también, la huelga de esos padres que quieren lo mejor para sus hijos ha sido aprovechada por unos jóvenes que quieren quemar curas al grito de democracia y libertad, sin que les importe que Lenin, su mentor político, convirtiera a su gran país en una inmensa cárcel de muerte

Frente a la mentira, la razón y la verdad. Aunque aparentemente no sirvan para nada. Aunque a la verdad la llamen fascista.