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En una entrevista a Infocatolica

Jesús Arévalo: «Si soy escultor, es porque Dios quiere»

El escultor y pintor Jesús Arévalo Jiménez habla en esta entrevista a Infocatolica sobre el arte cristiano y la forma en la que un artista debe prepararse con la oración, estando en gracia y bebiendo de la Tradición de la Iglesia. También discute los problemas del arte moderno y su abandono de la belleza, las características de algunas de sus obras, sus colaboraciones con Kiko Argüello y con José Luis Parés o la importancia que deberían tener los obispos en el arte católico.

Jesús Arévalo Jiménez es un escultor madrileño de treinta y cuatro años. Se licenció en Bellas Artes y es el sexto de diez hermanos. Está casado, tiene una niña, otro hijo en camino y uno más en el cielo. Se dedica fundamentalmente a la escultura religiosa y sus obras y colaboraciones pueden admirarse en diversos museos, en la Catedral de la Almudena, en la Domus Galilaeae de Israel o en colecciones privadas.

– ¿En qué está trabajando ahora?

Estoy tallando un Cristo crucificado de tamaño algo mayor del natural, en talla directa, en un tronco de cedro del Líbano, para el seminario Redemptoris Mater de Madrid. El cedro es una madera que tiene un olor maravilloso, pero principalmente tiene un gran valor simbólico por tantas reseñas que tiene en la biblia por diversos motivos. En la Facultad, normalmente se enseña a tallar con maderas ensambladas. Yo empecé a tallar troncos de cedro de casualidad, en una obra en la que trabajaba de encofrador  a la vez que estudiaba,  cortaron un gran cedro me lo llevé a la Facultad por trozos y me gustó mucho el material. La dificultad que tiene es que los troncos, cuando crecen en estado salvaje, tienen nudos muy grandes y, además, con un tronco sólo hay un intento para tallarlo. Si te equivocas, no hay manera de arreglarlo. Pero tiene de genial la continuidad de la veta por toda la superficie, es muy interesante como el material “participa” con sus grietas y nudos y tu tienes que ir adaptando y contrarrestando. El resultado es una obra que más que buscarla te la vas encontrando y por lo tanto es única e irrepetible.

– ¿Cómo consiguió estos enormes troncos que utiliza?

En los jardines Del Real Sitio de La Granja, se produjo una ciclogénesis explosiva, una especie de ciclón, que se llevó por delante cientos de árboles. Me enteré, envié una carta al Director de Patrimonio Nacional con apoyo del departamento de escultura de la facultad y me cedieron estos troncos de cedros del Líbano de más de cien años para que los pudiera esculpir. Es un milagro. Encontrar un tronco de cedro de este tamaño es imposible.

– También colaboró en las esculturas de bronce del santuario de adoración perpetua de la Domus Galilaeae del Camino Neocatecumenal.

Sí. Es una técnica totalmente distinta. Primero se modela la escultura en barro. Modelar no es ir quitando, como en la talla, sino ir añadiendo. De esa escultura se saca un molde, que se recubre de cera. Se hacen pequeños ajustes y después se quita la cera en el horno para tener ya el molde que se rellenará de bronce.

Tanto Luca Santanicchia como yo ayudamos a Kiko Argüello en esa obra de la Domus Galilaeae. Kiko quería hacer una escultura para el techo de esta capilla, siguiendo una idea de Carlos de Foucauld: hacer capillas de adoración perpetua. El diseño se basa en una obra de Fra Angelico. Para mí, la escultura fue el medio por el que viví allí una serie de experiencias muy intensas, en un momento de crisis. Al final, la escultura fue una “excusa” para un encuentro muy personal con Dios. Mi vocación de escultor tiene un sentido pleno y extraordinario al servicio de la iglesia.

Dios te da el querer y el obrar. Y también te da el celo. Tú buenamente empiezas a pensar cómo hacerlo y te pones a ello, a veces con gran ansia. Es imprescindible estar en estado de gracia. Hay que rezar, confesarse. A mí me gusta mucho la música, me parece la más sublime de las artes, por eso prefiero trabajar en silencio, porque me distrae o distorsiona la percepción de lo que haces. En esta obra en la que trabajo por la mañana rezo laudes delante del santísimo en la capilla del seminario y luego vengo aquí, al cuarto que me han facilitado, a trabajar.

Yo, si soy escultor es porque Dios quiere. Eso lo tengo clarísimo. Además soy de ciencias. Le digo a Dios: si quieres que sea escultor, mándame trabajos. Yo no los busco. Y siempre voy hilando uno con otro, y el día que esto no ocurra tendré que discernir qué quiere Dios de mí. Antes de entrar a Bellas Artes pensé en estudiar biología o ingeniería técnica forestal. Mi padre me dijo desde su discernimiento y fe que yo tenia un don y una vocación a la que ser fiel y que me dedicara a ello aunque me muriera de hambre. Me dejó atónito su confianza en Dios en este sentido, aunque estuve muchas veces a punto de dejar la carrera porque no me gustaba lo que vivía en la facultad, sus palabras produjeron en mí una gran determinación.

– Es autor de una impresionante estatua de San Miguel Arcángel. ¿Cómo surgió esa obra?

Me la encargó Alejandro Sanz Peinado, que había visto otras esculturas mías y le habían gustado. La hice en bronce, con esta técnica que he explicado, modelando primero la estatua en barro. Está hecha a mano, en oración, combatiendo contra los malos pensamientos, sobre todo juicios, que, no sé muy bien por qué, te atormentan cuando te intentas concentrar y estás trabajando. Todo eso influye, no es lo mismo hacer el Camino de Santiago andando que hacerlo en coche. Tiene casi tres metros de alto,  es fuerte y atlético, porque el Arcángel es muy poderoso y  bueno y, en cierto modo, como tu hermano mayor. A mí me gusta la sensación que te produce el poder meterte bajo sus alas. Tiene una actitud equilibrada y reposada que está muy pensada, una actitud previa a la acción. Crea mucha tensión en el espacio que lo rodea: no está decorando, sino influyendo en el entorno.

– ¿Cómo se inspira para una obra así?

Me puse a leer sobre San Miguel y fui descubriendo sus atributos característicos. Su nombre, Mi – Ca – El, significa en hebreo “Quién como Dios”, porque es el jefe de las milicias celestiales. Y este fue su grito de guerra contra Satanás. También tiene la función de llevarte cuando mueres ante Cristo. Es necesario conocer a alguien para imaginártelo y esculpirlo. Todo esto se saca de la Tradición de la Iglesia. La Tradición y la sabiduría de la Iglesia son infinitamente superiores a lo que se me pueda ocurrir.

– ¿Qué otras obras escultóricas tiene?

Por ejemplo, tengo también una escultura en la Facultad de Minas e Instituto Geominero que es un torso en alabastro. En El Callao, en Perú, hay una Virgen de madera que le regalé a  José Luis del Palacio, cuando todavía no había sido nombrado obispo de aquella diócesis, porque le conmovió, es una de mis obras favoritas. También he colaborado en los relieves de José Luis Parés de la Catedral de la Almudena.

– Usted también pinta, además de esculpir.  ¿No suelen los artistas concentrarse en un solo tipo de arte?

Normalmente, el que esculpe también pinta o por lo menos dibuja. En cambio, al revés no tiene por qué ser así. En general, las reglas de armonía en cualquier arte  son las mismas. Se compensan volúmenes, sonidos, hecho y desecho, elementos… He formado parte del equipo que ayuda a Kiko Argüello desde hace unos diez años en la realización de sus iconos. Por ejemplo, en las pinturas de la Catedral de Madrid, de la parroquia madrileña de Nuestra Señora del Tránsito, de la Tienda de la Reunión de Porto San Giorgio, en Italia, o de la capilla de los seminarios Redemptoris Mater de Madrid y de Washington. Somos  un grupo de pintores y ayudantes, los que Dios ha puesto ahí. Todas esas obras van encaminadas a la conversión de las personas. De Kiko Argüello he aprendido tantísimo a todos los niveles que no sabría qué decirte ni por dónde empezar.

– ¿Qué es lo característico del arte cristiano?

El arte cristiano, igual que la liturgia, los sacramentos, las ordenes religiosas… va encaminado a un encuentro personal con Dios. Todo empieza en la Encarnación de Cristo, cuando se hace hombre. Desde entonces, las imágenes han tenido una importancia teológica y sacramental en la Iglesia de oriente y antiguamente, antes del Renacimiento sobre todo, también en occidente. Después, principalmente con el barroco, el arte comenzó a ser más devocional y sentimental, que también tiene su importancia, mostrando también la cercanía de Dios. Esto tiene su reflejo en los diversos estilos, algunos son más catequéticos y otros muestran más la teoría de la religión católica.

Es más fácil rezar ante una imagen. Las imágenes bizantinas, los iconos, son una catequesis. También las imágenes pueden tener una función de empatía, como en el Barroco castellano, que a mí me gusta mucho. Ante una imagen de la Virgen sufriendo porque ha muerto su Hijo, una mujer que tiene hijos puede sentir un vínculo íntimo hacia ella. O estás viviendo un sufrimiento grande y puedes sentirte partícipe con Cristo sufriente y humano. La Iglesia no tiene un estilo artístico propio, sino que ha ido haciendo suyos los distintos estilos, originales hasta que llegó la Revolución Francesa y se produjo una cierta decadencia del arte empezando los neos: neoclásico, neogótico, neobarroco… que la iglesia también asimiló, como también ha intentado asimilar las vanguardias y el arte contemporáneo.

Personalmente también creo que hay una gran cantidad de obras paganas que finalmente te conducen a interrogarte si existe un sentido a las cosas y, por lo tanto, qué hay de Dios, por los interrogantes que te puedan suscitar, o los anhelos y deseos que puedan provocarte, por ejemplo ¨El Grito¨ de Munch y algunos púgiles en bronce que he visto de la antigua Grecia. El ¨Galo Herido¨ me ha recordado siempre a Jacob cuando lucha con el ángel y descubre su debilidad, porque puede verse también a un hombre asimilando su muerte cuando ya llega inminentemente.

– En el arte moderno, ¿por qué existe ese feísmo?

Hay una idea de la belleza como un lastre academicista, que hay que superar. Se hace el razonamiento simplón de que, si la obra no busca la belleza, has superado los condicionamientos de la academia, te has liberado. Es una actitud que va abocada al fracaso, porque desde que nacemos estamos necesitados de belleza, aunque hay mucha gente que ya se haya acostumbrado a vivir sin ella. Yo, en mis obras, intento encontrar una belleza atemporal, me da igual si es clásica o moderna. Me gusta mucho Fidias, también me gustan el gótico alemán y flamenco o el barroco más castellano de Gregorio Fernández y Velázquez, los expresionistas alemanes… Son estilos que no tienen nada que ver, pero que van más allá del tiempo en que fueron creados.

En el caso de la escultura religiosa, el camino es el encuentro con Jesucristo, con el arte como una vocación. El objetivo es que una escultura sirva para que los espectadores y el escultor se encuentren con Dios. No se trata de superar nada, sino lo que Dios quiera que salga. Por supuesto, tienes que esforzarte, tienes que saber arte y escultura, tienes que tener nociones de equilibrio, de belleza…

– ¿Por qué está actualmente en decadencia el arte religioso?

Un profesor que tuve me decía que la escultura, la pintura y el arte religioso en general de la Iglesia ahora están desprestigiados. Y es verdad que buena parte del arte religioso que se hace ahora es bastante malo o se encarga a artistas que o no son católicos, o no entienden el tema. Esto es como hacer un poema sobre tu madre. ¿Quién puede hacer el poema mejor que su propio hijo? Bueno, pero es posible que el hijo sea un pésimo poeta y lo que le salga sea un churro. Entonces, se lo encargas a un gran poeta, que hace un poema muy bueno pero la madre que aparece no es tu madre, porque a tu madre no la conoce nadie como tú. ¿Cuál es la combinación ideal? Que sea un gran artista y que sea católico. No basta informarse sobre el cristianismo, porque el cristianismo supone una experiencia de vida y si no la tienes, estás trabajando sobre algo que no conoces.

Antiguamente, desde el arte paleocristiano, todo estaba supeditado al obispo, que discernía si eso que se representaba era fiel imagen de Dios, de la Virgen o de los Santos. A una de las pastorcitas de Fátima le enseñaron varias imágenes y le preguntaron cuál se parecía más a la Virgen. Y ella señaló un icono de cientos de años de antigüedad. Es decir, lo había pintado un monje, que había estado rezando mientras lo pintaba, junto con toda su comunidad, y luego había sido llevado ante un obispo que lo había aprobado en nombre de la Iglesia.

La función catequética del arte, la espiritualidad y trascendencia que transmitían los códigos antiguos, sufrió una gran decadencia a partir del Renacimiento y el barroco principalmente, aunque anteriormente también pasara en algunos casos. La Iglesia, que seguía siendo la gran mecenas y escogía a los mejores artistas, abanderó un arte que dejó de tener un fin primordialmente catequético concediéndose mayor importancia a lo estético y anecdótico, a lo propagandístico también, relegando en muchos casos el mensaje a una mera excusa para desarrollar técnica y virtuosismo. De un arte más catequético, se pasó a un arte más de temática religiosa, aunque esto está también lleno de excepciones que producen una fuerte experiencia espiritual en el espectador.

Ahora, el problema es que, igual que decíamos de la belleza, parece que el contenido también es un lastre academicista, se busca “el arte por el arte”, que es como comer por comer, hacer las cosas sin mayor intención y a la vez nos perdemos en un mar de infinitas justificaciones, motivos y tendencias. Hacia el contenido religioso hay un tremendo rechazo por prejuicios, complejos y por el escándalo que produce el arte religioso (a veces muy justificado, porque es malísimo cada vez en más casos) y eso ya desde  la facultad. Tiene mucho que ver con la sociedad en que vivimos, que es una sociedad que sufre de muerte óntica, de muerte del ser, un gran nihilismo, una búsqueda desde el rechazo de que somos, una sociedad con bases cristianas, y por eso el arte que se hace es, por ejemplo, expresionismo abstracto, que no deja de parecerme muy interesante, o un hiperrealismo frío y cadavérico, instalaciones, performances…, arte efímero, erudición sin arte… muchos prejuicios y justificaciones entre infinitas tendencias que dan como resultado arte de mucha y de muy poca calidad sin criterios claros.

La iglesia frente a esto se refugia muchas veces en refritos, que dejan un rancio sabor de boca.

O distorsiona el mensaje por querer trasmitirlo con códigos vanguardistas incomprensibles o que no se adaptan al fin catequético, resultando un quiero y no puedo, un quiero ser moderno y no lo consigo convincentemente. La iglesia también se acompleja frente a la presunción de elitismo del artista. Y el artista no reconoce la autoridad de la iglesia.

Sería muy bueno que los artistas católicos obedeciésemos de nuevo al obispo y que el obispo se sintiera con autoridad, desde el discernimiento y conocimiento de Dios que le otorga el Espíritu Santo, como una de sus gracias de estado, como para decir “esta obra ha costado cincuenta millones de euros, pero no vale; hay que quitarla, porque no es Cristo o no es el amor de Dios”. Tiene que haber una guía, un discernimiento guiado por el Espíritu Santo, porque el arte en las iglesias y en la liturgia es algo inspirado por Dios, de vital importancia.

También conviene y mucho que este obispo tenga sensibilidad artística, eso se puede educar, o por lo menos despertar una consciencia y ser consecuente después.

– ¿Qué obra le gustaría hacer?

Lo que Dios me vaya poniendo en el camino, sirviendo a la Iglesia, que para mí es un honor inmenso totalmente inmerecido. Lo que quiero es no ser un obstáculo.