La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Democracias: cuando una victoria es derrota

P. Fernando Pascual. Profesor en el Regina Apostolorum de Roma.- Es parte del funcionamiento de las democracias modernas: un candidato vence, otros pierden. Los partidarios del vencedor celebran los resultados. Los partidarios de los perdedores analizan, quizá lloran, su derrota.  

 

A veces la victoria de unos candidatos o de un partido se convierte en una derrota, cuando la victoria numérica lleva al poder a un grupo que va a gobernar injustamente.

 

Hay, por lo tanto, victorias democráticas que generan derrotas, y esto ocurre más veces de las que imaginamos.

 

Por mencionar algunos casos, una victoria democrática genera derrota cuando el gobernante trabaja sólo por sus seguidores y margina a los que votaron a otros partidos.

 

Una victoria democrática produce daños cuando se incumplen las promesas buenas y se ponen en marcha las promesas dañinas.

 

Una victoria democrática destruye al Estado cuando desde arriba se fomenta el odio, el desprecio, la división, la lucha de unos contra otros.

 

Una victoria democrática llega a ser derrota si lanza a un pueblo hacia guerras injustas, hacia el rearme enloquecido, hacia el imperialismo opresor, hacia el desprecio respecto de otros pueblos vecinos o lejanos.

 

Una victoria democrática corroe la vida social si legaliza el aborto, si promueve sistemas económicos que dañan a los pobres y favorecen solamente a los ricos, si debilita la unidad matrimonial, si aplasta el respeto de los derechos fundamentales de las personas.

 

A lo largo del año, la prensa o la televisión nos presentan aquí o allá plazas eufóricas de quienes aplauden a un líder vencedor en las urnas. No imaginamos que en no pocos casos esos aplausos callarán ante la derrota de la justicia, de la libertad, de la convivencia, de los sanos ideales que permiten la vida de un pueblo.

 

Sí: hay victorias democráticas que son una derrota. Evitarlas resulta casi imposible, porque para algunos lo único que decide todo en las democracias consiste en el número de votos que cada candidato recibe.

 

Ante esta situación, cualquier esfuerzo serio puesto en marcha para organizar la vida pública en el respeto de los derechos básicos por encima incluso de los resultados electorales será bienvenido, por el bien de todos los que, votantes o no votantes, conviven bajo la bandera de un Estado y esperan gobernantes buenos que trabajen por la justicia y la paz.