La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Esto es lo que pasa: miedo a la pobreza

 

Las elecciones en Galicia y País Vasco han dejado bien claro lo que las encuestas sociológicas vienen mostrando de un tiempo a esta parte: una creciente decepción de la sociedad ante la aparente incapacidad de los políticos para sacar a España de su marasmo económico. Pero esta conclusión puede resultar demasiado simplista. Lo que subyace en la sociedad es algo más profundo que debiera exigir por parte de nuestros “sabios” si es que aún los hay -no, por favor, los tertulianos de turno, tan expertos en marear la perdiz- una reflexión pública alejada de lo políticamente correcto. Lo que nos pasa a los españoles, quizá con más intensidad que a los demás europeos, es que tenemos miedo… a la pobreza.

Enredados como están los políticos en sus cuitas ideológicas y en los reproches sobre la herencia recibida o la herencia legada, se está perdiendo de vista que todas las movilizaciones sindicales y parasindicales, todas las protestas por los recortes y ajustes que tan necesarios parecen para equilibrar las cuentas públicas, tienen su origen en ese miedo cerval a la austeridad, es decir, a ser hoy más pobres que ayer.

Los políticos que nos gobiernan no han atinado todavía a decir a los españoles toda la verdad de la situación; se han conformado con acusar a sus antecesores de malgastar los fondos públicos y de haber engañado al país, como gran argumento para para recortar los presupuestos y, al mismo tiempo, prometer que las cosas mejorarán en un futuro más o menos próximo. Pero eso es una media verdad que oculta una realidad mucho más cruda… que sí percibe la sociedad. Lo que nos está ocurriendo es que estamos en el fin de un ciclo histórico caracterizado por el bienestar social.

Nos habíamos acostumbrado a unos servicios sociales “gratis total” que ya son imposibles de mantener. Todo cuesta dinero y todo hay que pagarlo. Pero esta verdad de Perogrullo la ocultó un Estado del Bienestar que se ocupó, sobre todo, de mantener bien vivo el mensaje del “carpe diem” tan alejado de los tiempos en que se nos transmitía la necesidad de ahorrar y trabajar para que el futuro fuese mejor. En cierto modo, lo que ha ocurrido es que hemos adelantado casi un siglo ese futuro, sin haber consolidado la cultura del ahorro y del esfuerzo como fundamento.

En otras palabras: la realidad se ha encargado de cortarnos las alas cuando empezábamos a acostumbrarnos a volar sin esfuerzo. Así, a medida que el Estado gastaba y gastaba con el dinero que nos llegaba prestado de ahorradores que, a su vez, buscaban una pingue rentabilidad, como si el ciclo del bienestar no tuviese fin, crecía entre la gente la sensación de que el consumo a crédito era interminable. Pero eso no ha sido todo. Junto a esa falsa sensación que alimentaban las hipotecas basura, los créditos basura, el bienestar basura, se han ido relajando las costumbres basadas en las virtudes humanas, desde la fidelidad a la palabra dada, hasta el honor que antaño nos hacía cumplir con nuestros compromisos vitales: la solidez del matrimonio y de las familias, la educación de los hijos y, sobre todo, la vieja costumbre de pagar lo que se gastaba…

Eso se ha acabado ya, al menos para una larga temporada. Pero los políticos que militan en la izquierda y los sindicatos, se ocupan febrilmente de ponerlo en tela de juicio por la sencilla razón de que le ha tocado gobernar a unos liberal-conservadores a los que echan todas las culpas del fin del sueño socialista: comamos y bebamos que mañana moriremos.. y no hay nada detrás de la muerte. Carpe diem. Se añade a ello otra circunstancia letal que la izquierda se encarga de azuzar mediante estímulos mediáticos de indudable eficacia, algaradas, manifestaciones y huelgas: que los ricos siguen viviendo como ricos y que a ellos no les afecta la crisis. Mantienen así la ficción de que la lucha de clases es todavía una necesidad social y que sin esfuerzo se puede vivir muy bien.

En este sentido me encantaría preguntar a los sindicalistas que han convocado su segunda huelga general en menos de un año, qué harán después del 14-N. Les adelanto la respuesta: después de la huelga general… otra huelga general. Y después, otra huelga más. Por supuesto, el objetivo de estas huelgas, inevitablemente acompañadas de violencia, no es otro que desgastar al Gobierno liberal-conservador, desesperarlo para que arroje la toalla. Y en esta batalla se está encontrando con la alianza de los que tienen miedo a ser pobres que, a su vez, no se dan cuenta de que la izquierda solo puede vender humo en la medida que no hay dinero para pagas extraordinarias, para becas a gogó, para revalorizar pensiones, para la sanidad y educación gratis total…

¿Para cuando un discurso que nos diga a los españoles que nuestra única esperanza está en el sudor del esfuerzo y en las lágrimas de la austeridad y el ahorro? Ni rescates ni bajadas de primas de riesgo: nuestro futuro depende de hacer bien nuestro propio trabajo -el que lo tiene- y de exigir a quien más tiene que no se preocupe de evadir impuestos ni de huir a paraísos fiscales porque, al final, les pillará también el toro de la crisis. Eso y que el Gobierno siga por la senda de acabar con la economía sumergida, como ha hecho con ese operación que ha mostrado al mundo el espacio que ocupan unos pocos millones de euros. ¿Cuantas cajas fuertes y almacenes harían falta para guardar los 90.000 millones de euros que Zapatero nos legó como deuda añadida? Se lo voy a decir: un tren de mercancías sería insuficiente para transportarlos…