La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Tomar posesión de la realidad, frente a la razón abstracta y los particularismos

 José Mª Martí Sánchez. Doctor en Derecho.- Julián Marías (España ante la historia y ante sí misma) diagnostico que la España de principios del siglo xx, vivía por debajo de su realidad. No era consciente de sus posibilidades y potencial (producción literaria y cultural, apertura a Europa, etc.). Tampoco valoró el sistema político de la Restauración y la modernización del país que se produjo. En consecuencia, no utilizó esos recursos. Se ancló en el descuido y el pesimismo. “El incremento de la posesión de una realidad histórica es a la vez un incremento de esa realidad, ya que en buena medida consiste en ser poseída”. Hay que conocer la realidad, abrirse a la verdad honestamente, para luego abrazarla y andar de su mano. También esto es importante, la vida es proyectiva, si no se propone un programa estimulante se cae en la dispersión y el marasmo. Todo se devalúa porque parece no garantizar un mañana mejor. 

 

Esta reflexión la veo muy aplicable a nuestra situación.

 

Primero, en el terreno educativo. No basta, aunque es fundamental, con conocer la verdad. La labor de transmitir el rico patrimonio de una comunidad ha de propiciar el compromiso. “el niño necesita conocer no sólo la verdad teóricamente sino vivirla” (Cardenal Rouco, I Congreso de Maestros Católicos, Análisis Digital, 16 nov. 2008).

 

Incluso los valores pueden ser cautivos de la razón abstracta y no pasar a la histórica y vital. ¿No se han cometido excesos en nombre de la justicia social y los desfavorecidos (proletariado) o, en favor, eso se decía, del pueblo?, ¿no se ha abusado del sentido patriótico, por los nacionalismos, y de la libertad, por el anarquismo y la revolución? Hay que partir de un valor absoluto que ordene los demás: “Reconocer a Dios como norma viviente y punto de relación de la existencia” (R. Guardini). Pero, además, subraya este autor, se puede “habla de valores que ya no están vivos” y, en ese caso, la frivolidad destruye los restos de su antigua experiencia.

 

Para destacar el aspecto vivencial, recurrimos a las virtudes. “La virtudno consiste, según Aristóteles, en el mero conocimiento del bien, sino en su ejercitación, en el ejercicio del bien”. De modo que, “las virtudes sólo se pueden enseñar de manera indirecta. En cambio, se pueden aprender directamente, viviéndolas” (Polaino-Lorente). Suponen, desde ambos ángulos, la toma de contacto con la realidad.

 

El consejo de atenerse a la realidad sirve también para lo religioso. No es suficiente recibir el mensaje evangélico. Necesita el complemento de la fe, es ahí dónde produce sus frutos. Si el estudio de la verdad revelada es importante, no concluye su trayecto hasta que, abrazada por el corazón, actúa una transformación total. Guardini hablaba de “entrar en las raíces de la existencia”. Esto suponen las convicciones, reflejo de una conciencia alerta dispuesta a defender la verdad allí donde o no se conoce o no es respetada. La fe comprende “conciencia de que existe la verdad, un deseo de encontrarla y un empeño de defender lo conocido”.

 

En el orden político, Marías vio en “la falta de posesión de nuestra historia o la interpretación arbitraria y deformada de ella” el factor capital que malogró los aciertos y posibilidades que existieron a principios del siglo xx. Hoy también, nos advierte, se ha atenuado el sentido de España, como tal, su proyecto histórico, efecto de la intensificación del “particularismo” y “una dosis de politización, superpuesta artificialmente a un pueblo que no está politizado”. Esto “ha puesto en cuestión la realidad española y con ello ha dificultado su posesión y utilización”: la obturación del porvenir.

 

Los nacionalismos, una forma insidiosa departicularismo, han creado una barrera de prejuicios y mitos al normal discurrir de la cultura. La proscripción del español es la medida más llamativa. Con ello han estorbado el ingreso del acervo común en el presente y su puesta a disposición de las generaciones futuras. Las notas distintivas del particularismo son: “el aislamiento de los elementos integrantes de una sociedad” y la “insolidaridad” (Marías), y su actitud constante es la descalificación completa de las otras partes del todo del que trata de disgregarse.

 

Pero Marías habla de otro particularismo: el ideológico. Existe un común denominador entre ambos particularismos —nacionalistas e ideológicos—, la negación de amplias parcelas de nuestra realidad —de su toma en consideración— y la falta de un argumento (integrador y realista) para España.

 

El epicentro del particularismo ideológico está en la Ley 52/2007, conocida como de la memoria histórica. Ésta ha forzado, con carácter imperativo y permanente, la realidad. La ha tratado de reemplazar por una elaboración ideológica. Se ha visto como un saldar cuentas con el pasado, pero la tergiversación de los hechos implica envenenar el presente y comprometer el proyecto de convivencia.

 

Con la excusa de la anacrónica condena del Franquismo, fenómeno complejo que designa un propósito de reconstrucción inspirado en la tradición y el pragmatismo, ha querido instaurar el radicalismo excluyente que desprecia al discrepante. Decía Marías, en 1996, “ahora predomina una visión tétrica y mortecina de la larga etapa transcurrida entre 1939 y 1975, pero es absolutamente falsa”.

 

La índole minoritaria de los particularismos, cuyo incremento es efecto de la dejación de políticos irresponsables, no quita peligro a los desafíos en que está sumida España. Advertía Marías de que: “En innumerables casos, es la apariencia de la fuerza la que actúa y se impone. Es lo que explica el papel que desempeñan en la historia minorías exiguas y bien organizadas, cuyo ejemplo más notorio es el terrorismo”.

 

¿Cómo se pueden fijar metas convergentes con ingredientes de odio y exclusión? El Gobierno si quiere liderar una recuperación —proponer un proyecto de España creíble— tiene antes que asumir la realidad, abandonar los complejos e inercias suicidas, para afrontar el futuro con paso firme. No podemos entretenernos en rencillas ni permitir que políticos desleales entorpezcan la marcha. La politización siempre paraliza el ritmo social (acumula demasiados recursos que luego malogra en disputas). La cohesión articulada de España es un hecho multisecular (la unidad política y espiritual de la península data del 589) con logros históricos, como el esfuerzo civilizador realizado en América, y una tensión espiritual que aún mueve a sus gentes y genera esperanza. En expresión de Marías: “El repertorio de nuestras posibilidades es inmenso, y a él hay que añadir una larga historia coherente e inteligible, inspirada por la continuidad cambiante de un proyecto”.

 

¿No sería irresponsable dilapidar ese legado o dejárnoslo arrebatar? Por eso preocupémonos por cultivarlo, individualmente, con una educación exigente abierta al espíritu, y de vivirlo comunitariamente.