La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Más allá de la conmemoración

L’Osservatore Romano

12/10/12

Desde que Benedicto XVI anunció el Año de la fe se comprendió que el quincuagésimo aniversario del inicio del Vaticano II no sería una simple celebración. Los signos de la liturgia y sobre todo las palabras del Papa lo han confirmado: el recuerdo de aquel día inolvidable no es nostalgia, sino memoria viva y necesaria para el camino de los cristianos en el mundo de hoy. Un recorrido difícil ―¿cuándo ha sido fácil?― que el obispo de Roma, como hizo en la homilía de la misa inaugural del pontificado, ha comparado con un itinerario en el desierto.

En estas décadas ha avanzado una desertificación espiritual, ha recordado el Papa: “Si ya en tiempos del concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor”. Una observación que podría sonar pesimista, igual que de pesimista se tachó al cardenal Joseph Ratzinger durante décadas, como si fuera uno de los profetas de desventuras de los que precisamente hace cincuenta años, abriendo el Vaticano II, disintió “resueltamente” y con plena razón Juan XXIII.

Pero nada más lejos de la realidad. Porque la mirada de Benedicto XVI se caracteriza por el  mismo realismo confiado de sus predecesores ―los Papas que el concilio habían querido, guiado, concluido y acogido―, porque “precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres”. Y el Papa Ratzinger no es el sepulturero del Vaticano II, igual que tampoco lo normalizaron ni despotenciaron ni Juan Pablo II ni Pablo VI.

Justamente desde un punto de vista histórico ―que se querría descalificar como apologético― no es difícil encontrar una coherencia sustancial y profunda entre los Papas del concilio, cada uno, por supuesto, caracterizado por su propia individualidad. El Vaticano II fue y es una gracia extraordinaria. Así como son un punto firme sus documentos, a resguardo de “los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante”, ha recordado Benedicto XVI. Está aquí, precisamente en la “letra”, el espíritu del concilio. Según la dinámica de la tradición, en obediencia al Espíritu que guía el camino de la Iglesia.