La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

“Del Amalato a La Moncloa”, una insólita evocación de Tánger y de la transición

He tenido la oportunidad de presentar en Tánger un libro singular, de una autora singular: “Del Amalato a La Moncloa”, escrito por una novel llamada Paquita Saavedra. Antes de nada diré que la palabra “amalato” significa en árabe “gobierno civil” y de lo que se trata en esta obra es de los recuerdos de una mujer que trabajó como secretaria del gobernador marroquí de Tánger, allá por los años sesenta y, mucho más tarde, como secretaria en el palacio de La Moncloa, de quienes fueron los más cercanos colaboradores de dos presidentes del Gobierno español, Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González. Fueron sus jefes, por tanto, Luis Sánchez Merlo y Julio Feo.

¿Y qué nos puede contar una secretaria, prácticamente desconocida por la inmensa mayoría de la gente, pero que estuvo en puestos clave en años clave también de la decadencia de Tánger como zona internacional y de la transición española a la democracia, por la que pasaron mil y un secretos que por su profesión no puede revelar?

Cuando se escriben unas memorias no suelen faltar ajustes de cuentas o revelaciones más o menos sensacionales. Pero de los recuerdos de Paquita no hay nada de eso porque se trata, como digo, de una persona singular que, a sus setenta y dos años de hoy, sigue fiel a su vocación irrenunciable de cristiana de a pie, lo cual lo puede decir todo. Lo que Paquita hace a lo largo de las quinientas y pico de páginas de evocaciones es un homenaje su Tánger natal y, sobre todo, un canto a la amistad o, más diría, a las múltiples amistades que ha hecho a lo largo de su densa vida. Se trata, por tanto, de un libro anticrisis que nos sugiere entre sonrisas, algunas lágrimas y múltiples anécdotas laborales y personales, que nada de lo que hoy nos ocurre hubiera sido realidad de haberse producido en nuestras vidas una premisa esencialmente cristiana: hacer bien las cosas ordinarias que nos toca hacer, tal como Dios manda…

Pero volviendo al origen del libro, “del Amalato…”, me preguntaba en la presentación qué tiene Tánger –o qué ha tenido, diría con más propiedad, porque hoy es otra cosa- que tanto ha seducido a lo largo de décadas a una pléyade inmensa de personajes procedentes de los cuatro rincones del mundo, desde pintores, escritores, nobles y millonarios a exiliados políticos y aventureros de toda laya, además de convertirse en un nido de espías durante la II Guerra Mundial y en un antro de contrabandistas internacionales.

La leyenda sitúa a Tánger en el corazón de los luchas míticas entre el gigante Anteo y el héroe griego Hércules que se disputaban el amor de Tingis, la esposa del primero en cuyo nombre fue fundada la ciudad. Pero esa historia fantástica que también acerca las costas tangerinas al no menos mítico Jardín de las Hespérides, no cuenta para nada en esta otra historia de seducción que se inicia mucho antes de que el 18 de diciembre de 1923 las grandes potencias le otorgasen su estatuto internacional. Así se mantuvo hasta el año 1956, fecha de la independencia de Marruecos aunque gozó durante cuatro años más de una especie de prórroga con su Carta Real que hizo soñar a más de uno en que se convertiría en un principado como el de Mónaco.

Aquel fue el Tánger cosmopolita que atrajo a artistas de todo género, a pintores como Delacroix, Fortuny, Bertuchi, Tapiró, Fuentes, Ramis, oApperley; a novelistas como John Keruac, Jane y Paul Bowles o Carmen Laforet; historiadores como Herbert Southworth; actores como Luis Escobar; princesas como la de Rúspoli; nobles como el duque de Tovar o los marqueses de Casa Riera que dejaron una estela de generosidad todavía visible en forma de hospitales y escuelas; millonarias como Barbara Hutton a la que tuve la oportunidad de entrevistar en Sidi Hosni, en plena Alcazaba, su fastuoso palacio de las mil y una terrazas, después de una fastuosa fiesta que contó con la presencia de Cary Grant, uno de sus muchos maridos.

Y cómo no recordar entre estos seducidos al propio don Juan de Borbón que cada verano, a bordo de su yate “Saltillo” acudía con su familia a saludar a los monárquicos que soñaban con la restauración de la corona y el fin de la dictadura de Franco… Por cierto que en una de esas visits sufrió un ataque de peritonitis el jovencísimo príncipe Juan Carlos, operado de urgencia en el Hospital Español por el cirujano de guardia, un urólogo de campanillas llamado Armando Amselem…

La evocación puede hacerse interminable pero solo citaré por la influencia que tuvieron en la pequeña historia de Tánger a Gregorio Corrochano, fundador junto a Juan Beigbeder del Diario “España”, un periódico donde me inicié como redactor local y que me cupo el honor de dirigir en su última etapa como sucesor de Manolo Cerezales y de Eduardo Haro Tecglen…

Y para qué seguir. Había, claro está, muchos Tánger alejados de las intrigas diplomáticas, del exilio, de la brillantez social o de la atracción que tanto estimulaba la fantasía de los buscadores de sexo libre, que también eso ha sido Tánger. Pero lo que me importa resaltar es el Tánger de la libertad religiosa, el de las mezquitas, las iglesias, las sinagogas; el de los grandes centros docentes internacionales… Pues bien, Paquita Saavedra vivió ese Tánger multirracial, multiétnico, multirreligioso que, entre otras múltiples facetas ofreció la oportunidad a muchos cristianos, de conocer la autenticidad de un Islam tolerante y respetuoso con las demás creencias y que nada tiene que ver con ese fanatismo vandálico de tantos sectarios que, por ignorancia, han extirpado del Corán todo su espíritu para quedarse con la espinosa letra del odio. Aquellos musulmanes tangerinos, con los que convivimos en paz y armonía, hicieron florecer -¡oh paradoja!-, muchas vocaciones cristianas al contrastar la piedad sincera de aquellos con la hipocresía de quienes empezaban a perder sus referencias.

Todo esto y mucho más evoca Paquita Saavedra en su libro, escrito a caballo entre la decadencia de aquel Tánger que nunca volverá y la llegada de la democracia a España. Sin caer en la nostalgia de su Tánger natal, ni en la tentación de revelar alguno de los muchos secretos que pasaron por sus ojos, Paquita provoca en el lector, sobre todo si vivió alguna vez en Tánger, toda una cascada de recuerdos de los que sobresalen las curiosas afinidades afectivas que, en algún momento, hicieron exclamar a Luis Sánchez Merlo, entre divertido y asombrado, que los tangerinos éramos como una “mafia”…

Y puede que tenga razón: una mafia de recuerdos comunes, de sentimientos comunes y, sobre todo, de amistad sin retorno, de la que mueve a ser solidario con el necesitado… En este sentido imagino que los primeros en sentirse miembros de esa “mafia” fueron los jefes con los que trabajó Paquita y a los cuales se dedicó a poner bajo sus pies el algodón de su corazón para que pisaran blando.