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María, Pilar de la fe

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho.- Para los cristianos y, en concreto los católicos, tenemos en mucho a la Madre de Dios y la amamos de una forma por la que, muchas veces, se nos tilda de exagerados. Sin embargo, bien sabemos que todo el amor que mostremos por María, la Virgen Santísima e Inmaculada, será poco.  

 

¿Por qué hacemos esto?

 

Dijo el Beato Juan Pablo II, en su último viaje a España, al despedirse, que nuestra patria es, en efecto, “tierra de María”. Y lo es porque aquí se nos ofreció la Madre como Madre y la aceptamos como Madre al igual que hiciera el discípulo Juan al pie de la cruz.

 

Tenemos muchas razones para tener a María como pilar de la Fe que tenemos. Las mismas tienen mucho que ver con lo que aquella joven judía ha sido para millones de creyentes, es para millones de creyentes y será para millones de creyentes.

 

Por ejemplo, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium (LG), dice en su número 58, que “La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26-27)”.

 

Por tanto, la Virgen María nos antecede en la voluntad de seguir a Cristo y es, así, ejemplo de perseverancia y de sufrimiento aceptado por la gracia de Dios. Es, digamos, un espejo donde mirar lo que quien cree en el Creador puede llegar a llevar a cabo y a sentir en su corazón.

 

Pero, por su parte, el Catecismo de la Iglesia católica, nos dice que María es nuestra Madre en el orden de la gracia porque (967) “Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es ‘miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia’ (LG 53), incluso constituye ‘la figura’ [typus] de la Iglesia (LG 63).”

 

Si procuramos, pues, imitar a María haremos todo lo posible para mantener nuestra fe y creencia en Dios y para ser, con el prójimo, caritativos en extremo. Así la tomaremos como lo que es: icono de esperanza en Cristo.

 

Dice, por otra parte, Horacio Bojorge, S.J. en “La Virgen María en los Evangelios” (editado por la Fundación Gratis Date)  lo siguiente:

 

“Se comprende así lo bien fundada en la Sagrada Escritura que está la contemplación eclesial de la figura de María como nueva Eva, esposa del Mesías y Madre de una humanidad nueva de Hijos de Dios. En efecto, en la tradición de la Iglesia se ha interpretado que en el apelativo Mujer está la revelación de grandes misterios acerca de la identidad de María. Por un lado, se ha reconocido en ella a la Nueva Eva que nace del costado del Nuevo Adán, abierto en la cruz por la lanza del soldado. Como nueva Eva ella celebra a los pies de la cruz un misterioso desposorio con el Nuevo Adán, que la hace Esposa del Mesías en las Bodas del Cordero. Allí por fin, Jesús la hace y proclama Madre, parturienta por los mismos dolores de la redención que fundan su título de corredentora. Madre de una nueva humanidad, de la cual Juan será el primogénito y el representante de todos los creyentes.”

 

Vemos, pues, que María no es, con serlo, una mujer sin más sino que es la que suscita en Dios un amor tal que, por su intervención, entró la salvación al mundo al decir sí a la petición del Ángel Gabriel y, luego, al dar a luz a su Hijo Jesús. Madre, como bien dice el P. Bojorge, de una humanidad que ya no es la pecadora sino la limpia de pecado y la que hace un nuevo pacto con  Dios.

 

María es, también, mediadora como reconoció Pío XI en el número 15 de su Carta Encíclica “Miserentissimus Redemptor” (8 de mayo de 1928) al escribir que “Nos, confiados en su intercesión con Cristo, que siendo el ‘único Mediador entre Dios y los hombres’ (52), quiso asociarse a su Madre como abogada de los pecadores, dispensadora de la gracia y mediadora” o como, por ejemplo, deja dicho la Constitución citada arriba Lumen Gentium (62) cuando dice que “Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora”.

María es, pues, mediadora y como tal es pilar de una creencia que la tiene como apoyo espiritual al que dirigirse en los momentos de tribulación como muy bien nos recuerda el Santo Rosario en las Letanías que dedica a la Theotokos desde que así fuese llamada en el Concilio celebrado en Éfeso en el año de Nuestro Señor de 431.

 

María, pilar de la Fe; María, pilar de la creencia en  Dios Todopoderoso, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo, ruega por nosotros.