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La educación en el documento “La verdad del amor humano”

Vicente Morro López. Vicepresidente de FCAPA-Valencia.- La Conferencia Episcopal Española publicó el pasado mes de julio uno de sus documentos más importantes de los últimos años, tanto por su contenido concreto como por el objeto de su reflexión. La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar, fue estudiado, el pasado 26 de abril, en la reunión en Madrid de su XCIX Asamblea Plenaria. 

 

Es un texto de hondo calado antropológico, pues el amor, la familia y el matrimonio son cuestiones profundamente enraizadas en la naturaleza del ser humano. Estos conceptos forman parte esencial de la naturaleza humana, y no son por tanto ni meras costumbres, ni construcciones culturales o simples formas de organización de la convivencia: lo atestiguan tanto razonamientos de orden laico o civil como teológicos o de Fe. Que «la familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado» lo reconoce la Declaración Universal de Derechos Humanos y no un texto de doctrina o moral católica. Es importante señalar esto en tiempos en que la familia es atacada y criticada y se pretende hacerla aparecer como algo anacrónico y superado, sólo defendida y defendible desde opciones confesionales. Por supuesto que la Iglesia promueve la familia, la protege y fomenta, pero de forma absolutamente racional y razonable, no dogmáticamente. Un ejemplo de esto, hermosísimo por otra parte, es la definición del Papa Juan Pablo II, en el número 39 de la Encíclica Centesimmus Annus: «La primera estructura fundamental a favor de la “ecología humana” es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona.»

 

En un documento sobre el matrimonio y la familia no podía estar ausente la fundamental cuestión de la educación. Por su propia esencia, por su misma naturaleza, la educación de la prole es una de las tareas principales de la familia, junto con la procreación. Estos dos fines son los que establecen el importante papel social de la familia y su función en el ámbito del bien común: los hijos y su correcta educación son un bien para la sociedad, y por eso la familia es jurídicamente relevante y «merece la protección de la sociedad y del Estado», cuestión reflejada también en el artículo 39.1 de nuestra Constitución: «Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia.» No son socialmente relevantes las cuestiones de los afectos, las preferencias individuales o las relaciones interpersonales, sino los hijos que, educados y ayudados a ser personas felices y útiles para la sociedad, contribuyen a aumentar el capital humano y social de la comunidad.

 

Por eso, como apuntábamos, un documento que habla del amor, el matrimonio y la familia no podía dejar de lado la tarea educativa. En este ámbito tampoco podían faltar, y ciertamente no faltan, las referencias a la dignidad de la vida humana, de toda vida humana, y a la importancia de trabajar por su protección y defensa. Protección y defensa que también tienen que estar presentes en toda tarea educativa integral. En esa dirección apuntan diversas iniciativas, como la reciente propuesta de la Federación Católica de Asociaciones de Padres de Alumnos de Valencia (FCAPA-Valencia) para la celebración anual de un Día de la Vida en los centros escolares.

 

Las referencias al papel primordial de la familia en la educación son abundantes en el texto que comentamos. Recordemos antes, brevemente, los derechos fundamentales de la familia en este campo. La ya citada Declaración Universal de Derechos Humanos, en su artículo 26.3, establece que «los padres tienen derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos». Este derecho está también recogido, de forma similar, en el artículo 27.3 de nuestra Constitución («Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones») y en multitud de instrumentos y normas internacionales sobre derechos humanos. También lo recuerdala Santa Sede, a través del Pontificio Consejo parala Familia, en el artículo 5 dela Carta de los Derechos dela Familia promulgada el 22 de octubre de 1983: «Por el hecho de haber dado la vida a sus hijos, los padres tienen el derecho originario, primario e inalienable de educarlos; por esta razón ellos deben ser reconocidos como los primeros y principales educadores de sus hijos.»

 

El número 76 del documento episcopal proclama que «en el servicio al bien común, los poderes públicos no pueden desatender esas reclamaciones justas de los ciudadanos, especialmente de los padres y familias en relación con la educación de sus hijos. No pueden caer en la tentación de hacer una política basada en ideologías que contradicen el bien de la persona, a cuyo servicio han de ordenarse siempre la autoridad y la sociedad.» Cuando la familia reclama el ejercicio pleno de su derecho a la libertad de educación no está pidiendo privilegios, está ejercitando un derecho humano fundamental.La ConferenciaEpiscopal, al tratar la cuestión de la educación, recuerda en su documento la ya mencionada Carta de los Derechos dela Familia.

 

Si en algún ámbito el respeto a los derechos de la familia debe ser radical y especialmente escrupuloso, es en el de la educación afectiva. «Es necesario, una vez más, pedir que el papel insustituible de los padres en la educación de sus hijos sea reconocido a todos los niveles. Más, si cabe, en lo que se refiere al campo de la educación afectivo-sexual, tan relacionado con la intimidad de la persona. Es un derecho y un deber que al Estado corresponde garantizar, y que todos debemos reclamar.» (Número 75). Los obispos dedican el apartado a) del capítulo 6, “Hacia una cultura del matrimonio y de la familia”, a este grave asunto. En el número 124 se señala que «la educación afectivo-sexual, acorde con la dignidad del ser humano, no puede reducirse a una información biológica de la sexualidad humana. Tampoco debe consistir en unas orientaciones generales de comportamiento, a merced de las estadísticas del momento. Sobre la base de una “antropología adecuada”, como subrayaba el beato Juan Pablo II, la educación en esta materia debe consistir en la iluminación de las experiencias básicas que todo hombre vive y en las que encuentra el sentido de su existencia», recordando en el número siguiente que, educando correctamente en este aspecto, «se abre así a los jóvenes un camino de conocimiento de sí mismos, que, mediante la integración de las dimensiones implicadas en la sexualidad –la inclinación natural, las respuestas afectivas, la complementariedad psicológica y la decisión personal–, les llevará a apreciar el don maravilloso de la sexualidad y la exigencia moral de vivirlo en su integridad.»

 

Por último, destacaremos las referencias que se hacen a los intentos de imposición de la “ideología de género” en el ámbito educativo, violentando, especialmente, el derecho de las familias a educar a sus hijos de la forma que consideren conveniente. Ningún gobierno tiene derecho a imponer su ética particular al conjunto de la sociedad, pero menos aún a invadir el espacio educativo de la familia, especialmente en el terreno de la educación afectivo-sexual. El número 60 del documento señala que «no se detiene, sin embargo, la estrategia en la introducción de dicha ideología en el ámbito legislativo. Se busca, sobre todo, impregnar de esa ideología el ámbito educativo. Porque el objetivo será completo cuando la sociedad –los miembros que la forman– vean como “normales” los postulados que se proclaman. Eso solo se conseguirá si se educa en ella, ya desde la infancia, a las jóvenes generaciones». En el número siguiente los obispos indican que ven «con dolor, sin embargo, que las propuestas de la “ideología de género”, llevadas a la práctica en programas de supuesta educación sexual, se han agudizado y extendido recientemente; no pocas veces facilitadas, cuando no promovidas, por la autoridad competente a la que ha sido confiada la custodia y promoción del bien común.»

 

El documento La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familia merece una atenta lectura y una serena reflexión. En pocas cosas podremos invertir mejor nuestro tiempo.