La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La clase de Religión en la nueva ley del Gobierno

Carlos Jariod. Profesor de Filosofía.- Parecen que soplan nuevos aires en la educación española. El gobierno se ha decidido variar la estructura del sistema educativo e introducir una nueva mentalidad en  docentes, familias y alumnos. Palabras tabú desde hace más de veinte años como esfuerzo, sacrificio, estudio, autoridad se escuchan ante desesperación de los miembros de la secta pedagógica, afortunada expresión de Mercedes Ruiz Paz. El mal ánimo se extiende también a aquellos que han defendido –o han acallado sus males- la LOGSE o la LOE. Son los que suelen decir que cada gobierno que entra reforma la educación desconociendo la realidad de que las únicas leyes educativas aprobadas  desde 1985 son socialistas, exceptuando la LOCE, rápidamente paralizada por Zapatero. 

Así pues, nuevos aires educativos. El anteproyecto de ley del ministerio abre una vía que sin duda va en  buena dirección. Sin embargo hay aspectos evidentemente mejorables. Asociaciones de diferentes ideologías e intereses se están reuniendo estas semanas para hacer llegar sus discrepancias e introducir lo que falta o quitar lo que sobra en el texto. Estamos, pues, en un periodo de negociación que dará un texto distinto del que conocemos.

Uno de los aspectos que el gobierno actual debe rectificar es el lugar que ocupa la clase de religión en nuestro sistema educativo. Basta hablar con los profesores de religión, con los alumnos y ver el horario de las clases para darse cuenta del incumplimiento flagrante de los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español. Según el Acuerdo en educación las clases de religión deben impartirse “en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales”. En absoluto la religión se imparte en nuestros centros “en condiciones equiparables” a la matemática, la lengua o la historia.

En la LOE la regulación de la enseñanza de la religión se determina en la disposición adicional segunda. En ella el legislador se limita a recordar el Acuerdo antes citado como marco de referencia. Es en el desarrollo de la LOE, esto es, en los Reales Decretos de primaria, secundaria y bachillerato en donde el gobierno anterior estipuló las condiciones concretas de la clase  la religión. En ellos se afirman el derecho de a los alumnos de recibir enseñanza religiosa y para quienes no lo desean tienen dos posibilidades: una materia de historia de las religiones y una hora en la que, según la normativa de secundaria, “en ningún caso comportará el aprendizaje de contenidos curriculares asociados al conocimiento del hecho religioso ni a cualquier materia de la etapa” (cursiva mía). Por tanto, en nuestros institutos existen unas horas a la semana, en horario escolar, en la que unos alumnos no tienen ningún tipo de tarea educativa, puesto que expresamente lo niega –lo negaba- el gobierno anterior. Es verdad que la normativa, de forma retórica y cínica, deja a los centros que organicen esa hora a su antojo. Yo no conozco ningún centro que haya pensado actividades “que no comporte aprendizaje”; por lo demás, ¿es posible y aconsejable?

La situación de los alumnos de religión es ciertamente heroica y es un fuerte testimonio evangélico. Las clases de religión se colocan en las últimas horas de la mañana para que quienes no cursan ninguna materia específica –los que no estudian ni religión católica ni una historia de las religiones- puedan marcharse a sus casas. Los equipos directivos suelen dejar  marchar a esos alumnos para evitar así problemas. Los profesores que, en los cursos más bajos de la ESO, se ven obligados a acompañar a esos alumnos suelen decir que son las peores de sus horas de trabajo.

Por las informaciones que tengo el gobierno no piensa tocar la regulación de la clase de religión. No lo ha hecho en el anteproyecto. Dudo seriamente si lo hará en los sucesivos reales decretos. Lo que me llama la atención es que no se haya oído las voces de los profesores de religión sobre la eliminación de esa hora de “no hacer nada”, escandalosa y antipedagógica, que hace de la religión una disciplina crepuscular en nuestros colegios e institutos. Es imprescindible que se hagan oír, no sólo para reclamar la supresión de esta indignante discriminación, sino para informar a la opinión pública de que en nuestros institutos cada vez más alumnos tienen unas horas a la semana en la que tienen rigurosamente prohibido estudiar. Y puesto que soy persona muy extravagante  y sin complejos pienso para mí que es tarea de todos los católicos  como Iglesia restituir la importancia y dignidad de la clase de religión –profesores y alumnos- que nunca debió perder.