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José Luis Restán
09/10/12
“Detrás del silencio del universo, detrás de las nubes de la historia, ¿hay o no hay un Dios? Y si lo hay ¿nos conoce?, ¿tiene que ver con nosotros? ¿Es un Dios bueno y la realidad del bien tiene poder en el mundo o no?” Con estas palabras pronunciadas mirando a la cara a los padres sinodales, Benedicto XVI ha sacudido literalmente el comienzo del debate sinodal sobre la Nueva Evangelización. Estas preguntas, ha dicho el Papa, son tan actuales hoy como ayer. Quizás hoy están teñidas de una amargura plomiza como en pocos periodos de la historia. Y ante la inquietud que crece, muchos contemporáneos se atormentan: ¿por qué este Dios que nuestro corazón busca e intuye, no se deja oír?
El segundo paso lo ha designado Benedicto XVI con la palabra latina “confessio”, que va más allá de la mera profesión de la fe. Confesar la fe nos hace pensar en afirmarla delante de un tribunal, delante de los ojos del mundo, sabiendo que puede costarnos caro, más aún, que el precio puedes ser la propia vida. Pero esta confesión de la fe no es cosa de algunos momentos dramáticos, requiere un hábito que la haga visible en lo cotidiano. A esta forma visible de la fe el Papa la ha denominado “caritas”. “La caridad es la gran fuerza que debe arder en el corazón de un cristiano, la llama que alimenta el incendio del Evangelio en torno a él”. Con una intensidad que hace pensar en la predicación primera de los apóstoles, Benedicto XVI ha encendido la llama de este Sínodo apenas comenzado: “la fe debe convertirse en una llama de amor que realmente encienda nuestro ser, debe convertirse en la gran pasión de nuestro ser y así podrá encender al prójimo: esta es la esencia de la evangelización”.

















