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El arzobispo de Madrid recuerda que “con la declaración de Doctor Universal de san Juan de Ávila, llega a un momento culminante la recuperación de una figura de valor y trascendencia universal”

El pasado domingo, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, concelebró en la Eucaristía que presidió el Santo Padre Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro, con la que inauguraba el Sínodo de los Obispos que se va a celebrar durante este mes en Roma, y en la que proclamaba Doctores de la Iglesia Católica Universal a San Juan de Ávila y a Santa Hildegarda de Bingen. 

Para el Cardenal, el Doctorado de San Juan de Ávila es la “culminación de un proceso espiritual, también teológico, incluso se puede decir cultural y humano, de reconocimiento de una figura del siglo más prodigioso de la historia española, que es el XVI, que había permanecido en siglos posteriores un poco en la penumbra, ante la luz esplendorosa de otras figuras más conocidas y populares, como san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz etc…”. Además, significa “reconocer que él fue uno de los aspectos más importantes de lo que fue el siglo XVI español”.

San Juan de Ávila “fue un joven que tuvo un proceso de conversión vivido en su juventud. Después de estudiar leyes en Salamanca se fue a estudiar Teología a Alcalá de Henares, que era una universidad nueva que estaba abriendo caminos a la Sagrada Escritura, en la que las corrientes, como el renacimiento humanista o el humanismo renacentista, encontraban eco. Él decide cambiar de estilo de vida, pide ser sacerdote, y se hace sacerdote. Y cuando quería ir de misionero a América, ilusionado por la gran aventura de llevar el Evangelio y a Cristo a América, el entonces Arzobispo de Sevilla le dice que lo mejor es que lo haga en Andalucía. Y ahí se queda”.

El nuevo Doctor de la Iglesia Católica Universal “fue un gran apóstol de la predicación”, que tuvo sus frutos de conversión, como “san Francisco de Borja y san Juan de Dios”, pero también el renuevo de almas como “doña María Carrillo de Sevilla, a la que le dedica la Vigilia, esa gran obra suya, coronación de su obra teológica”.

En cuanto a su obra, de San Juan de Ávila “escribe obras de vida espiritual y de teología extraordinaria, donde se dedica mucho a la formación del clero; también abre colegios, que pronto fueron Universidades, como la de Baeza… Es decir, fue un hombre prodigioso, de una gran estatura humana y espiritual para la historia”.

“El clero español, sobre todo el secular -porque él era sacerdote secular- lo empezó a considerar a partir de los años 40 del siglo pasado. Su figura, su obra, su doctrina, muchos de los caminos y muchas de sus líneas de orientación de los sacerdotes españoles, de toda España, antes del Vaticano II y también después del Vaticano II. Todo este descubrimiento y actualización de su figura fue un fruto también de la iniciativa y del estudio de la Iglesia, de teólogos, de obispos, de sacerdotes directores espirituales, que acuden a san Juan de Ávila en la preocupación del Episcopado Español porque fuese canonizado, porque era beato solamente”.

Recordó que Pablo VI canonizó a san Juan de Ávila en 1970, “un año muy clave en la cuestión de la comprensión del sacerdocio” donde “la crisis sacerdotal se había planteado muy dolorosamente”. Después, los obispos españoles prosiguen con su preocupación porque “se le reconociese como Doctor de la Iglesia Universal, ya que sus obras y doctrinas habían inspirado a muchos teólogos, y corrientes de la Teología espiritual y sacerdotal, la escuela francesa, por ejemplo, del siglo XVII”.

“Con la declaración de Doctor Universal de san Juan de Ávila, llega a un momento culminante la recuperación de una figura de la historia de la Iglesia y de la historia de España, de valor y trascendencia universal”, asegura.