
Señaló que “toda la tradición formativa de los seminarios españoles, sobre todo del último siglo, está muy marcada por los escritos, por la herencia teológica, doctrinal y espiritual que ha dejado San Juan de Ávila, y por su figura. Él fue siempre un gran predicador, un misionero en el sentido más directo de la expresión”. Por eso, y en línea con la Nueva Evangelización a la que invita el Santo Padre en este Año de la Fe que se inaugurará el próximo 11 de octubre, recordó que “para evangelizar, hay que predicar. Si no se predica, no se evangeliza. Cuando uno habla desde el corazón, cuando la boca habla de lo que uno siente en el corazón y predica desde lo que uno vive en su vida interior, personal, pastoral, evidentemente el fruto es mucho”.
Apuntó que “las vocaciones especiales, el seguimiento apostólico, la ordenación sacerdotal, la consagración, son fórmulas y modos de vivir la vocación cristiana en plenitud. Si falla ese primer dato básico de la vocación cristiana, el edificio se convierte en una tramoya y sirve para poco. A veces sirve para escandalizar, más que para edificar”, afirmó. Por eso, “ese acierto de San Juan de Ávila de llevar las almas a vivir la vocación cristiana a tope sigue teniendo mucha autoridad”.
Concluyó asegurando que “en este siglo XXI, donde seguimos superando las crisis hondas que vivimos, fijarnos en San Juan de Ávila, ser devotos suyos y conocerle bien y rezarle, nos ayudará”.

















