VALORES CRISTIANOS Y RAÍCES DE EUROPA
Los valores ¿fundados en Dios…
Los valores cristianos que conformaron a Europa y que son, como hemos expuesto, valores humanos, racionales, universales “tienen su fundamento en la ley moral universal, inscrita en el corazón de todo hombre” [1] y, en último término, en Quien ha creado al hombre. El carácter absoluto con que se nos presentan las exigencias morales, axiológica, insertas en nuestra propia naturaleza remiten necesariamente al Absoluto que no puede ser sino Dios. Esta concepción, alumbrada por la propia razón humana, profundizada, elaborada, consolida, alimentada por el pensamiento cristiano constituía el soporte de todo el ordenamiento jurídico en el ámbito de la Cristiandad y en la totalidad del orbe al que tal doctrina se difunde. En esa concepción de un orden objetivo, moral, axiológico, de valor universal, con fundamento en la propia realidad constitutiva del hombre y, últimamente, en Dios, tendrá asimismo su origen y fundamento toda la elaboración del derecho de gentes, la afirmación inequívoca de la dignidad de ser humano. Ésa era la doctrina que exigía y fundamentaba toda la legislación hispana protectora de las personas con las que nos habíamos encontrado en el nuevo mundo.
…o en la naturaleza y razón humanas, etsi Deus non daretur?
Ahora bien, fragmentada religiosamente la Cristiandad, se buscará una fundamentación del orden moral y jurídico-político no vinculada confesión religiosa alguna, sino asentada en algo que resulte y permanezca indiscutiblemente común. Tal es, se piensa, la Razón, exigencia y fuente de una verdadera autonomía humana. De acuerdo con una doctrina que tiene en Hugo Grocio[2] uno de sus primeros y más esclarecidos representantes, hay un orden de exigencias morales y jurídicas que tienen su propia validez fundada de modo inmediato y suficiente en la naturaleza y razón humanas. Se trataba de afirmar la existencia de un derecho natural válido y exigible internacional, universalmente, con independencia de que se profese o no religión alguna, ésta o aquélla. Lo cual quiere decir que tales exigencias no necesitan un Dios en el que encontrar su definitivo absoluto respaldo. O dicho de otro modo (con una expresión que reflejaría suficientemente la posición de Grocio, aunque no la haya utilizado él literalmente), tales exigencias gozarían de absoluta validez, etsi Deus non daretur, es decir, aunque Dios no existiera. Esta posición, por lo demás, como ocurre en el caso del mismo Grocio, sería perfectamente compatible con la afirmación de la existencia de Dios y el reconocimiento de un derecho divino. No se trataba de negar a Dios sino de afirmar la autosuficiencia de la fundamentación del orden moral y jurídico en el hombre mismo, su naturaleza y su razón.
Del etsi al ut si… y de la “superfluidad” de Dios a la disolución del hombre (antropolisis)
Pero el caso es que, si podemos y debemos organizar nuestra vida y convivencia, en una sociedad pluralista (y, en especial, religiosamente pluralista) de acuerdo con exigencias morales y jurídicas absolutamente válidas en sí mismas, aunque (etsi) Dios no existiera (y con independencia de que confesemos o no que existe), resultará inevitable y fácil concluir que podemos en efecto vivir y organizarnos, al en el ámbito público, como si (ut si) Dios no existiera. Al establecer el orden jurídico la existencia de Dios resultará así absolutamente irrelevante tanto para quienes la afirmen como para quienes la nieguen. No puede extrañar entonces que ese supuesto de absoluta superfluidad racional pública de Dios termine por imponerse, en la órbita de una razón práctica instrumental, como “la” opción “lógica” de la razón pública y se haga absoluto el silencio público sobre Dios, silencio que no será necesario esforzarse por guardar puesto que estará tanto más asegurado cuanto ni siquiera se tendrá conciencia de él. Era inevitable pasar del etsi Deus non daretur al ut si Deus non daretur hasta el punto de que muchos no perciben distinción entre esos dos momentos y hablan sólo de ut si Deus non daretur[3] (como si fuera ésa la fórmula original de la hipótesis grociana). Será, en todo caso, la hipótesis “Dios” la que deje de ser necesaria para fundamentar un recto orden moral y jurídico. Es más: el Dios superfluo ante la auto-fundamentación autónoma del orden humano, pasará pronto a ser, en poderosas derivas secularistas, antiteístas, de la Modernidad, frente a quienes se empeñen en afirmarlo, el Dios hostil, enemigo del hombre, obstáculo de la libertad, al que no basta simplemente ignorar, sino que hay que dar muerte, eliminar de manera radical. La consecución de ese objetivo parece haber sido tan perfecta que hoy ya no cabría siquiera hablar ni aun de ateísmo puesto que parece haberse perdido hace tiempo el uso del nombre mismo de lo que se niega o… habrían de negar.- Pero resulta –difícilmente lo hubiera imaginado Hugo Grocio– que el pensamiento racionalista e ilustrado, al margen de las intenciones y creencias de muchos de sus representantes, ha llevado desde el exaltado antropocentrismo, con escala en la cima de un ateo antropoteísmo (homo homini Deus, dirá Feuerbach), hasta la disolución del hombre mismo (antropolisis), triturado en la batidora estructuralista y reducido a mera excrecencia de la Naturaleza, sin superioridad alguna, según actuales corrientes ecologistas radicales, no ya sobre otro animal cualquiera sino aun sobre cualquier otro ser vivo.
Valores y derechos fundamentales… des-fundamentados…
Afirmar la universalidad racional de los valores, así como la de la “ley moral universal” y del “derecho natural” nos sitúa hoy frente al dogma del multiculturalismo “políticamente correcto” asentado en el más absoluto relativismo ético y el más craso positivismo jurídico…No existirían ya valores ni exigencias morales ni moral-jurídicas realmente universales válidas para todo hombre. Nos encontramos así hoy con que los valores a los que el secularismo les sustrajo su fundamento último en Dios no pueden tampoco encontrarlo en el Hombre “desaparecido” asimismo en este loco combate de torpe soberbia autonomía absoluta. Pero, si alguien dijo que los derechos humanos fueron proclamados contra la Iglesia y con la Iglesia en contra, lo cierto es, por el contrario, que esos derechos, los valores a los que responden, no pueden encontrar su más sólido fundamento y su más clara expresión sino en el humus de la afirmación cristiana de la dignidad de toda persona humana, en cuanto imagen y hechura de Dios. Arrancados de ese nutriente, los derechos humanos que consideramos “fundamentales” como bases últimas donde asentar la convivencia humana universal resultan ellos mismos paradójicamente, desprovistos de todo fundamento. Así “desfundamentados” esos valores fundamentales y con ellos los derechos humanos, en cuya proclamación y defensa quiere poner ahora su identidad la cultura europea, no se sostienen sino en virtud de una voluntarista afirmación ideológica. Y ese olvido de los fundamentos transcendentes de los mismos derechos humanos, es para la cultura europea el olvido de sus propias raíces. Este olvido explicaría que Europa parezca querer dejar de ser la que, por lo que fue, es. Sin impulso, sin renovación demográfica, sin fe, parecería que Europa acepta despedirse de la Historia…
Resistencia, pervivencia, pujanza post-secularista de lo religioso.
El hecho es, sin embargo, que las predicciones del arrogante secularismo occidental sobre la inevitable y aun pronta erradicación total y definitiva de lo religioso se han visto clamorosamente frustradas. En las mismas zonas que han integrado el mapa del secularismo y la increencia brota pujante la presencia de lo religioso. Y no sólo como consecuencia de los inmigrantes creyentes. Esa nueva incontenible emergencia pública de lo religioso se caracteriza también por una abigarrada pluralidad que parece generar confusión y conflictos, pero no logra ocultar la base común de una más o menos clara pero insobornable referencia apetente a la transcendencia. En esa pluralidad religiosa ven algunos una razón más para apelar al Estado como a instancia laica que garantice las bases de la convivencia de los diferentes… Pero no cabe duda de que esa pretensión no es ya la de que el cuerpo social mismo alcanzara una homogeneidad de raíz en cuanto integrado por personas “liberadas” de toda referencia religiosa. No es lo mismo un pueblo de indiferentes religiosos por radicalmente arreligiosos que un pueblo de fervorosos creyentes diferentes. ¿Acaso podrá ser la misma la posición laicista frente a uno y otro caso?
Se ha querido renunciar aun al mero hecho de las raíces cristianas de Occidente con el argumento de respeto a los increyentes y a los creyentes musulmanes y judíos. Es más: Occidente que fue el foco expansivo de los valores cristianos y con ellos de la fe cristiana, habría pretendido, desde la misma presunta arrogante superioridad, “liberar” al mundo de toda “alienante” creencia religiosa. Pero lo que realmente produce rechazo en los creyentes, musulmanes y judíos, no sería la confesión religiosa cristiana de Occidente sino que lo es precisamente la negación de Dios, la irreligiosidad, el ateísmo de Occidente. Y esa actitud laicista de presunta asepsia religiosa no sólo no es vista como expresión de progreso sino que constituye el mayor obstáculo para el diálogo de la cultura occidental con las demás culturas[4].
Ut si Deus daretur: la propuesta del gran experimento. Y el riego de la reseca cultura occidental laicista con el agua viva de la Nueva Evangelización.
Permítanme concluir con la consideración y propuesta que ya formulara en otra ocasión: “Si la larga experiencia occidental de pensar y vivir ut si Deus non daretur no ha llevado precisamente a ningún paraíso terrenal, en cuya ilusoria pretensión se han sacrificado, en cambio, millones de personas, se ha pisoteado y se pisotea la dignidad humana, es el momento de invitar, con todo respeto y afecto, a nuestros conciudadanos increyentes a que hagan el experimento de repensarlo todo precisamente ut si Deus daretur”[5]. ¿No les parece metodológicamente científico, fracasada aquella hipótesis, formular esta otra?
Pero no se trata sólo de proponer al persistente ateo el experimento teórico-práctico de la hipótesis “Dios”, sino que ésta es la hora, como lo son todas las de la Historia, de regar con el agua viva de la Buena Noticia, que es Cristo mismo, la “tierra reseca, agostada” de este mundo, de crisis, odio, dolor y llantos y, en especial, del pobre hostil secarral de la ridículamente arrogante laicista cultura occidental, tan claramente necesitada de Nueva Evangelización. Cuanto nos sabemos, por gracia de Dios, necesitados de evangelización hemos de sentirnos por eso mismo urgidos de modo especial a evangelizar “a tiempo y a destiempo” (2Tm 4,2) en todos los ámbitos y hacer resonar el nombre de Dios en el espacio de la vida pública, con nuestro anuncio tan valiente como humilde del único nombre en el que nos es posible alcanzar la salvación, la felicidad… Esa tierra reseca de nuestro tan aparentemente ajardinado mundo espera la Palabra como “agua de mayo”… Y debemos entender también que nos toca ser acequias vivas…
Teófilo González Vila.
[1] Juan Pablo II, Exhortación Postsinodal Ecclesia in Europa, 116.
[2] Para Hugo Grocio (1583-1645) jurista, filósofo, teólogo e historiador holandés, la validez del derecho natural encontraba suficiente fundamento en la naturaleza y la razón humanas y esto, según su expresa fórmula, “etiamsi daremus, quod sine summo scelere dari nequit, non esse Deum, aut non curari ab eo negocia humana” (De iure belli ac pacis [1625], Prolegomena, n.11).
[3] Si bien esa confusión del etsi con el ut si tiene su justificación en el proceso mental al que nos hemos referido, contribuye también a ella sin duda la ignorancia que muchos parecen padecer (aun con reconocidos títulos académicos) de la distinción entre el carácter de conjunción concesiva de etsi (o etiamsi, que es la utilizada por el propio Grocio) y el carácter modal del ut si.
[4] En esta consideración ha insistido Benedicto XVI: cf. v.c., entre otros muchos textos, su conferencia sobre Europa y la crisis de las culturas, pronunciada en Subiaco el 1 de abril de 2005, días antes de ser elegido Papa y su lección en Ratisbona, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones (12 de septiembre de 2006).
[5] “Laicidad y laicismos aquí y ahora”, en Communio, Revista Católica Internacional de Pensamiento y Cultura, Nº 3-Invierno 2006, p. 28.

















