La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Al hilo del Año de la Fe: ¿Qué pintamos los católicos en el mundo?

Toca hablar de la “nueva evangelización”, como antaño tocó hacerlo sobre los “signos de los tiempos” o el “aggiornamento”, o el “compromiso social”. Todo es lo mismo: de lo que se trata, señores cristianos, es de recuperar la fe en Cristo encarnado, muerto y resucitado, es decir, la principal seña de identidad del cristiano junto con la esperanza y la caridad, las tres inseparables virtudes teologales o cardinales, como quieran llamarlas. Y, además, demostrarlo con hechos, con obras en palabras del apóstol Santiago.

Es la eterna lucha del creyente para tener vida interior, el “yihad kebir” que dirían los musulmanes, mucho más conscientes de su responsabilidad que los cristianos aburguesados. Un santo de nuestro tiempo, San Josemaría Escrivá, lo dejó escrito, cuando las palabras todavía tenían su prístino sentido y no había entrado con la modernidad el engañoso lenguaje de lo políticamente correcto: “Estas crisis mundiales son crisis de santos”. ¿Tendríamos hoy la crisis que conocemos y sus secuelas de pobreza, paro, indigencia, infidelidad y revueltas callejeras, si hubiera fe en nuestras vidas, quiero decir, de los católicos?

No quisiera decir que apenas hay santos en el mundo y que así nos va. Pero apenas se les ve. Lo que sí está bien visible es la apostasía, la indiferencia… A ver, señores cristianos, vamos a repetirlo: ¿Dónde está esa fe que se convierte en criterio de pensamiento y de acción para cambiar el mundo, empezando por la propia vida, como la ha definido Benedicto XVI en su carta preparatoria del Año de la Fe? Hay otra pregunta más, la definitiva: ¿qué pintamos los católicos en el mundo? ¿A qué jugamos?

Se dice que nuestra situación como cristianos del siglo XXI es como la de los primeros tiempos de la evangelización. No es cierto. Hoy es mucho, muchísimo peor, porque el mundo ya ha vivido la “experiencia” de la fe y la está dejando de lado, mientras que en los primeros siglos, Cristo era la gran novedad frente a la idolatría y el politeismo. Y puede que ahí está la clave de todas las crisis de santidad que están dejando al mundo en ruinas: Cristo ha dejado de ser novedad porque los cristianos se han cansado de la cruz y se han contaminado con el virus del relativismo, la enfermedad del siglo.

¿Quién recuerda, por cierto, la Carta a Diogneto sobre los cristianos en el mundo? “Viven en la carne pero no son de la carne, viven en la tierra pero son ciudadanos del cielo, obedecen las leyes establecidas pero con su modo de vida superan esas leyes, aman a todos y todos los persiguen…” Ahora apenas nos persiguen, amigos cristianos: nos dejan “creer” porque hemos despojado la fe de toda responsabilidad. Es como si hubiésemos considerado que la fe adquirida de niños por el bautismo es de por sí un hecho consumado que no necesita ningún esfuerzo para aumentarla. Incluso hemos llegado a convencernos de lo que tantas veces nos han repetido los laicistas: que la fe es una cuestión privada, para vivirla en las sacristías y, todo lo más, los domingos en la medida hora de la Misa y se acabó.

Con las excepciones que marca la regla, la fe se vive como mera costumbre social, para los bautizos, las bodas y los funerales. Fe de pacotilla. Porque, además ¿para que sirve la fe? Mejor aún, ¿qué diablos es la fe? Si, ya sabemos que Cristo murió en la cruz y que resucitó, pero aquí nadie ha venido pare sufrir y ya veremos si resucitaremos… Aquí toca vivir y pasarlo lo mejor posible porque si la fe implica responsabilidad, esfuerzo, cruz, ya tenemos bastante dosis de sufrimiento con las contrariedades de cada día…

Pues bien, señores cristianos: si todavía nos queda un atisbo de fe, un recuerdo de que la fe implica responsabilidad, estudio, trabajo y amor a los demás, tengamos presente que este Año de la Fe propuesto por Benedicto XVI y que se inicia el día 11 de octubre, supone todo un reto a nuestra libertad, a nuestra capacidad de pensamiento, de palabra y de obra.

Si no pintamos nada en la sociedad, más vale que nos pongan una rueda de molino al cuello y nos echen al mar porque, en el colmo de nuestro ser cristianos, habremos vuelto sosa la sal. Y eso va por todos nosotros, los laicos, los que estamos aquí para ser levadura del mundo. Que los curas , los obispos y los cardenales, cumplan con su obligación de predicar y administrar los sacramentos. A nosotros los laicos nos toca saber en qué creemos para dar testimonio. ¿La nueva evangelización, dicen? Pues tomemos nota: lo que vamos a recibir en nuestra alma durante este Año de la Fe, es un zurriagazo para despertar  y, en definitiva, para reencontrar las razones por las qué creer. Razones por las que estamos obligados a ser… santos. Porque sin santidad no hay evangelización que valga.

Me permito recordar la pista que ha dado el Papa para facilitar la conversión a la fe: leer el Catecismo como primer paso para vivir el Evangelio, es decir, lo que Dios quiere para cada uno de nosotros, para que no nos despistemos y nos preguntemos qué es lo que Dios quiere de mi. Todo está dicho, casi nada está hecho…