La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Una aguda crisis que pide un cambio de actitud y valores

José Mª Martí Sánchez. Doctor en Derecho.- Fechas atrás (“Al sumidero de la historia”, ABC, 11 septiembre 2012), Hermann Tertsch retrataba la falta de respuestas del Partido Socialista a los retos actuales. Trajo una crisis de todo tipo —moral, política y económica—, y ahora, desde la oposición, aplica la misma receta: destrucción de la sociedad —familia, enseñanza y tradición—, y del Estado —cesión al terrorismo, los secesionistas y determinados grupos de presión (sindicatos, feminismo radical, actores, etc.)—. El zapaterismo y sus cómplices han arrasado los fundamentos espirituales y materiales de la convivencia.  

 

El socialismo tiene la grave responsabilidad de haber puesto a España a la cabeza del ataque a la familia: confusión de roles sexuales —en la legislación, la enseñanza y los medios de comunicación—, fomento de la inestabilidad, abortismo y anticoncepción. Frecuentemente se ha servido de la coartada del feminismo, ¡cómo si la maternidad no fuese, para la mujer, el honor de formar una nueva vida y el matrimonio, el mejor ambiente para el desarrollo de ambos!

 

Tras la inmersión en el relativismo, que nos ha dejado exhaustos, Rubalcaba no tiene proyecto. Como pollo sin cabeza, de la mano de los sindicatos, va a la deriva, guiado por la inercia. El socialismo ha degenerado en lo que Russell Kirk pronóstico hace tiempo:

 

“El socialismo —con la ayuda de una existencia desarraigada y proletaria vivida por muy numerosos miembros de la clase trabajadora a la que intelectuales igualmente desarraigados le han dado un aspecto agradable…— se preocupa menos por los intereses de las masas que por los de esos intelectuales, quienes de hecho pueden aspirar a ver realizado su deseo de disponer de un abundante surtido de cargos de poder por el estado socialista” (Qué significa ser conservador, Ciudadela, Madrid, 2009).

 

El destino errático del socialismo, sin referencias nacionales, argumentos o liderazgo, debería ser una preocupación menor para los españoles, una vez desalojados del poder. Sin embargo, el mal se ha generalizado. Para Isabel San Sebastián, “todo ha cambiado en las urnas para que todo siga como estaba en los despachos” (“La herencia ideológica se enquista”, ABC, 6 septiembre 2012). El Partido Popular, hoy en el Gobierno, a pesar de su amplia mayoría absoluta, efecto de la esperanza de cambio, ha caído en la atonía continuista. Ha fallado en lo que era fundamental para remontar la situación: un sólido discurso cultural y moral (cf. Editorial, Análisis Digital, 2 octubre 2012).

 

Gabriela Bustelo lo describe así: “los ciudadanos inocentes, ¡ay!, creen ahora haber sido víctimas de una inocentada al contemplar cómo el Gobierno que votaron para salvar España sufre una zapaterización que les hace plantearse si bajo la barba entrecana de Rajoy no estará agazapado José Luis Rodríguez Zapatero” (Blog de 27 septiembre 2012, en Intereconomía).

 

Efectivamente no se ha puesto remedio al desfondamiento moral —ahí está la descomposición de la familia, el desinterés por la defensa de la vida y la formación de los jóvenes—, ni a la crisis de convivencia. ¿Se ha hecho honor al compromiso electoral y a los valores en juego, frente al chantaje terrorista y del secesionismo? Y, por contraste, ¿cómo entender los elogios a Carrillo, símbolo del revisionismo histórico, y la defensa de la pro islámista Alianza de Civilizaciones? Sin juicio claro, un sentido de las cosas, es imposible vencer las dificultades.

 

Mas si la postración socialista se explica, por sus muchos errores, ¿a qué se debe la del Partido Popular? Quizá a desviar la atención y fingir un estado de normalidad social y política que el anterior Gobierno hizo imposible.

 

Julián Marías se pronunciaba sobre el problema de “politización y despolitización” para decir que, cuando los presupuestos para el ejercicio normal de la política no se dan, “hay que crear las condiciones para que llegue a haberla”. Esto es, hay que preparar una opinión pública que se implique en la cosa común y asuma las propias responsabilidades. Pero la clandestinidad lo hace inviable. Quienes la cultivan, decía aquél, “probablemente aspiran a suceder a los que ejercen el poder, en forma muy parecida, y no a sustituir su mandato por una política verdadera, con curiosa psicología de «herederos»”.

 

¿No es ocultismo lo que sufrimos desde aquel, así se calificó por Jorge Fernández Díaz, “ejemplar traspaso de poderes”, que luego tapaba una manipulación del déficit real? ¿Cómo explicar sino la progresiva penetración del terrorismo, en la política vasca, o la complacencia con estructuras burocráticas, grupos de presión o medios de comunicación, responsables de la ruina de España?

 

Parece que hemos entrado en un juego cortesano en el que se turnan los gestores, pero sin cambiar —o precisamente para que no cambie— el guión. ¿No revela esta práctica la parálisis en que ha vivido España estos meses? Un activismo huero, sin propósito más allá de reuniones interminables y medidas improvisadas. Quizá lo único contundente hayan sido las subidas de impuestos y algunos recortes. En su momento, me hice la pregunta por la verdadera voluntad del Gobierno de cambiar de política (“Principios, fidelidad y componendas, en Análisis Digital, 9 enero, 2012). Desgraciadamente, a pesar de que la tarea era urgente y de contar con los medios necesarios, el tiempo me ha desengañado, aquél no ha respondido a las expectativas creadas.

 

Al Gobierno se le acaba el margen de error, tiene que liderar un nuevo tiempo de ilusión, ejemplaridad y servicio al bien común. Que se desengañe, lo heredado no vale, ya nos ha costado mucho, y creerse atado a su legado —personas e ideas— es defraudar a sus electores.