La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Un capital ilimitado

 Max Silva Abbott. Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad San Sebastián (Chile).– Hace poco han concluido las pruebas para instalar en nuestra región la primera planta geotérmica de Sudamérica, que se espera esté operativa en 2014. Como se sabe, esta es una fuente de energía limpia que aprovecha el calor producido por la Tierra, razón por la cual el desarrollo de este tipo de iniciativas es una prioridad para el actual gobierno.  

La situación descrita no es más que una de las muchas muestras de lo que puede lograr el ingenio humano, que es capaz de descubrir riqueza prácticamente a partir de cualquier cosa. De ahí que a nivel mundial, además del ya conocido desarrollo de las energías solar y eólica, hoy se estén realizando variados y sorprendentes estudios para producir combustible, por ejemplo, a partir de bacterias, algas, hongos e incluso la orina, además del nuevo y prometedor horizonte que abre la energía geomagmática.

Lo anterior hace que debamos repensar, y no poco, qué debemos entender por “recursos naturales”. En efecto, de acuerdo a la visión tradicional, de clara inspiración maltusiana, los recursos naturales son concebidos como si tuvieran una existencia predeterminada y en unas cantidades fijas, razón por la cual, frecuentemente se hacen llamados más o menos alarmistas, advirtiendo sobre su eventual agotamiento.

Sin embargo, si lo pensamos más detenidamente, se puede decir, aunque resulte a primera vista una afirmación bastante fuerte, que buena parte de los llamados “recursos naturales”, en realidad no existen. Así de claro: “no existen”.

Me explico: en muchísimos casos, no son las sustancias de la naturaleza las que poseen un valor en sí mismas, sino que es el hombre quien descubre, con su inteligencia, el modo de sacarles provecho. Es por eso que elementos que antes no representaban ninguna utilidad, ahora se han convertido en una auténtica mina de oro (piénsese en el petróleo) y al revés, sustancias otrora muy apreciadas, hoy casi no valen nada (como el aluminio). Además, como el hombre puede mejorar el rendimiento que obtiene de las diversas sustancias, el stock de los “recursos naturales” es también un término bastante relativo.

Todo esto significa que el principal recurso del planeta no son los tradicionales “recursos naturales”, sino nosotros mismos, el hombre, lo que se ha llamado acertadamente “capital humano”, en la nomenclatura que han hecho famosa Solow, Schultz y Becker. En consecuencia, la riqueza fundamental de los países es su población, a condición, claro, que se encuentre bien formada, que reciba una educación de calidad, no sólo con el fin de adquirir una serie de habilidades o aptitudes para desempeñarse en las más diversas áreas, sino –más importante– una formación humana adecuada (valores y actitudes) indispensable para tener ciudadanos de calidad, lo cual va muchísimo más allá del ámbito meramente económico. Y dado lo anterior, puede comprenderse fácilmente el papel crucial que en esto desempeña la familia y la educación, incluida la superior.

Por tanto, somos nosotros, y no las sustancias de la naturaleza el principal recurso del planeta: un recurso no sólo valiosísimo, sino virtualmente, si queremos, inagotable.